EL BOSQUE DE NAT
Lo más importante de la vida, es lo más fácil de olvidar. Tú y yo nos vamos a morir, un buen día, nos falla el corazón, dejamos de respirar, y listo. Somos historia. Y claro, como la mayoría de nosotros nunca quisimos pensar en ello, pues nos sucede de manera inesperada. Más dentro de nosotros hay algo que siempre nos recuerda quienes somos: máquinas biológicas, diseñadas para funcionar un rato y luego apagarse. Ese es el origen de los miedos que sustentan a la cultura –por lo menos a la gran mayoría de sus manifestaciones-, la huida ante lo inevitable y el dolor por no poder dominar, como sea y al costo que sea, nuestro cuerpo, que con el paso de un par de décadas, deja de funcionar tan bien como acostumbraba. Y ello es uno de los extraños juegos de manos al que nos somete la naturaleza: olvidamos al cuerpo, y éste, sometido al estrés, al descuido, afectado por emociones infantiles de supremacía mental, del “yo todo lo puedo” (hermosa fantasía del superhéroe que esconde al niño olvidado y vejado por el autoritarismo feraz y sevicio del padre y la madre), pues comienza a perder la presión, los sistemas y órganos comienza a hacer ruido y humo, y nuestro intento de correr lejos de nosotros mismos, se convierte en tumba, en locura, en prisión (el miedo a la muerte nos vuelve excelentes fotocopias de nuestros padres y de sus creencias).
Y entonces, lo que pudo ser un trayecto de vida interesante, lleno de color y luz, creador de sonidos y armonías, se torna en viejo actor que sale por la puerta de servicio, cargando bultos de ropa sucia (cuando muera podré decir si hay que lavarla y colgarla, o alguien se hace cargo de ella –nuestros descendientes por ejemplo-).
Qué hacer frente a la muerte. Es obvio que el cuerpo no quiere disolverse, esta hecho para gozar del sol y el aire, para unirse con su pareja, pues aceptar que la mente y sus ideas no son refugio, ni estancia barata. Es claro que una mala idea puede ser desechada de inmediato, pero mil y una argucias tiene la mente para no moverse de donde esta. Así que respira, lento, profundo, intenso, una, dos, tres veces. Hay quien dice que series de doce, tres a la mañana, a la tarde y a la noche, durante tres semanas exactas, crean un hábito o patrón nuevo que ha transforma la conducta, las sensaciones, y hasta la manera de pensar. La respiración es la llave de nuestros estados internos, ¡usala!











A lo mejor ando un poco nihilista, pero es a la luz de lo finito que todo tiene relevancia. A la luz de la muerte es que apreciamos lo que dimos por quienes lo merecían en cada momento.
Es una ambivalencia lo finito. Lo mismo te da idea de un “plazo” donde cumplir expectativas (propias o ajenas), que te puede permitir el crímen ecológico de dejar a las generaciones futuras tu ropa sucia (cambio climático, pues).
Ver de cerca la muerte te limpia la visión para que veas de nuevo los colores de la vida.
La muerte es mucho más amigable de lo que podemos pensar, de hecho es la única fuerza democrática del universo.