Vendo tiliches

Fotografía por IvanEB, bajo licencia CC Fotografía por IvanEB, bajo licencia CC

D esde que tengo memoria los tiliches me han acompañado. Estaban por todos lados, en mi cuarto, en la cocina, en mi ropero, en mi vida. Debo confesarlo, mi familia es tilichenta a morir. Cualquier cosa que dure más de tres días, se convierte en parte de esa masa de triques sin uso. No importa que sea: un libro de arte o una caja vacía -no la tires porque la necesitamos, sin no nos dan garantía-, un paquete de calcetines que no le quedan a nadie, el suéter de color horrible, la alfombra de la bisabuela, una silla con la pata mocha –la voy a mandar arreglar dirá mi madre quince años después, cuando intento arrojarla a la basura-.

En algún momento del difícil arte de convertirme en adulto (supongo que es algo así como responsable de lo que hago y vivir con las consecuencias de todo), me di cuenta de que viviendo solo y con poquísimas cosas, era un tilichento. Debo confesarlo, vivir con cosas viejas, me hacía sentir bien, como en casa. Yo, hijo de la electrónica, la era espacial, del plástico, amaba sin remedio al polvo, el olor a viejo, los platos despostillados, la manchita y todo lo que pudiera amontonar en pilas de más de un metro.

Un amor sucio

468256502_3149da21d8_mClaro ese era un amor inconfesable, sucio, siniestro y peligroso. Amenazaba con llenar mi casa de muebles viejos, de ropa que nadie usa, de libros que aburren y matan, herramientas medio rotas y ese larguísimo etcétera que acostumbra mudarse a los rincones, sótanos y huecos de las escaleras, que poco a poco va tomando vida y conciencia, en la conciencia de todos los sueños que no has logrado y que sigues cargando. Sueños que se van tragando los espacios y los años.

Me sentía incapaz de tirar nada y todo aceptaba, un horno eléctrico de segunda mano y poca vida, los libros polvorientos que mi tía no podía tener en su habitación, el jarrón “casi” nuevo que encontré en la esquina, el angelito sin un ala que apareció en un montón de tirado en la esquina(1).

La religión del tiliche

Parece que la misión de todo tilichento, es algo más que una religión, es un modo de vida, es convertir a otros en tilichentos, porque lo que regala un tilichento –primera regla de su fe- no puede ser vendido, donado, destruido, modificado o intercambiado. No señor, lo que te regala tu señora madre, tu tía la viejita, la madrina del pueblo, don Carlos el de la vuelta, es para que permanezca contigo por los siglos de los siglos, amén. Y si es posible que lo heredes a tus hijos, amigos, nietos, ahijados en las mismas condiciones.

Cualquier parecido a traumas psicológicos, neurosis, locuras de familia o similares, no es real, repito no es real. Claro, el feng shui dice lo contrario, ¿pero quien va a hacerle caso a esas extrañas ideas chinas, y que además son “New Age”?

Confesar limpia el alma pero enoja a mamá

3243669439_fe74d3434c_mConfesarme así me duele, pues descubro la pasión morbosa de mi familia materna: tíos, primos, hermanos, e incluso cuñados y tíos políticos tienen la marca de la bestia (cualquier conexión con Edipo es mera coincidencia). Acumular cosas sin importancia, amontonarlas y darles el valor de un recuerdo insustituible, valiosísimo. Como si la emoción de un niño de cinco años ante su regalo de navidad, estuviera impreso a sangre y fuego en la caja en que venía ¿? ¿Cómo defenderme ante esto? Mi madre aún guarda la primera vajilla que compro con sus ahorro (hace treinta y tantos años), y no les digo que es de un plástico duro, azul, mugroso y percudido (amo esa palabra que no respeta edad ni condición, pero que marca y denuncia al tilichento). No saben la que se armo el día que ose desaparece a uno de los integrantes, un plato que estaba “ligeramente doblado” de un lado. Un día dejaron ese plato al lado de una olla recién apagado y el calor lo doblo. Mi madre montón en cólera, como si de un dragón de batalla fuese, y me corrió de la casa (lo bueno es que yo ya vivía fuera).

Hoy en día me siento otro, voy a rehabilitación una vez a la semana. En la segunda parte les contare como pude superar mi adicción.

1) Recuerdo como una navidad, hace unos diez años, en que descubrí como las cajas viejas de regalos eran rehusadas, una y otra vez, sin importar edad, tamaño ni condición. En una de ellas había seis nombres escritos por la parte de abajo. Y es que una de las razones secretas y mórbidas del tilichento es su sentido de pobreza –pero esa es otra historia que contare más delante-. Mis primos y yo descubrimos que mi madre y mi tía se pusieron de acuerdo para guardar y enviarse una y otra vez las cajas de regalos.

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Lector curioso, amigo de las bromas y dueño de un humor rampante y ácido. Coleccionista de anécdotas de ingenio, crimen y locura, que son el ingrediente para el éxito de toda la comedia humana. En sus ratos libres es editor de extravía, responsable de las moscas a las que llamamos acentos y puntos, y padre de cuatro niños.

8 Responses to “Vendo tiliches” Subscribe

  1. Fafahrd 22 julio, 2009 at 10:39 am #

    Diablos… soy tilichento de grado bajo… creo. Lo cierto es que adoro ese olor a viejo y ése objeto “inútil”, como no sea para guardar un recuerdo. Reconsiderando eso… ¿Que los tiliches no funcionan como depositos de memoria? Sin tiliches un hogar es un hotel.

  2. De la Sota 22 julio, 2009 at 2:01 pm #

    El tiliche no solo es físico, se esparce al ámbito mental de igual manera pues guardamos ideologas vetustas, amores pasados por agua y gelidos ayeres que en honor a la verdad ni son nuestros ni tan siquiera existen ya.

    Me declaro Tilichento.

    • arbolrojo 22 julio, 2009 at 3:29 pm #

      Estimados lectores:
      Lector fafhard, el problema con los depósitos físicos de lo intangible, es que son una contradicción. Y el asunto es como esas cargas no te permiten evolucionar. Y mucho de lo que no ves pero ocupa un lugar en tu espacio, pertenece a otros, no a ti en realidad. Muchos de los actos de la psicomagia jodorowskyana son una especie de limpieza psíquica.

      Letor Sota, muchas gracias por tu apoyo contra los tiliches, nuestros padres fueron educados para no tirar nada. Mi abuela paterna en específico, hacía trapeadores de la ropa vieja, esa que tiras y olvidas.

  3. Adolfo Tavizón 24 julio, 2009 at 1:27 am #

    Creo que soy el primero en declararme enemigo de los tiliches, es tradición familiar tirar cualquier cosa que no se utilice por más de media hora, el polvo es detestable y la ropa vieja sinónimo de flojera, el lema familiar es “si no sirve a la chingada”

    • arbolrojo 24 julio, 2009 at 8:51 am #

      Bueno, no se trata de tirar todo lo que tiene diez minutos pero si de vivir lo más ligero del pasado. JR

  4. Fafahrd 24 julio, 2009 at 11:20 am #

    Yep, de acuerdo con eliminar la basura, mmmh igual malinterprete un “souvenir” -aunque no sea de viaje-, con un tiliche… pero es que aveces coinciden.
    Por otra parte, donde la amnesia es liberadora, los recuerdos duros también están atados a enseñanzas. Por ello me gusta la perspectiva de limpiarles su “carga emocional”, pero no estoy de acuerdo con desecharlos.

    • arbolrojo 24 julio, 2009 at 7:41 pm #

      una de las características que permiten discriminar los tiliches de los objetos utilitarios, es como diría, Buda: la verdad es útil. Aquello que tiene una función en nuestra vida debe tener un espacio. Quizá me he vuelto enemigo de guardar las fotos viejas, la música que quisieras oír y que lo haz hecho, los libros que parecen interesantes pero que no terminan de gustarte, en fin.

      José R.

  5. Rafael Vargas 29 julio, 2009 at 6:07 pm #

    Decía Confucio que una persona solo puede cargar con un máximo de 27 (ignoro como llego a ese número tan chulo) antes de verse obligado a dejar car una para poder avanzar, de no hacerlo se detendrá a hacer malabares.
    Me pareció ad oc la cita.

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