
Nacionalidad es una palabra extraña. Podría tratarse simplemente de cuál país expidió tu pasaporte, pero la realidad no es tan simple. Es un concepto más escurridizo, todos tienen una idea de qué es, pero esas ideas normalmente no coinciden del todo. La nacionalidad tiene un peso especial porque forma una parte importante de eso que nadie ha visto pero todo el mundo defiende, la identidad.
Cuando empecé a escribir este artículo quería decir algo así como es difícil como inmigrante trabajar en un ambiente multicultural y mantenerse al margen de los prejuicios de nacionalidad. Pero me di cuenta que desde antes de que mi vida enloqueciera, cuando estudiaba en Guadalajara y no había salido del país, ya tenía ideas raras de cómo era la gente allá afuera (sin haber visto más que un par de esporádicas muestras) y, peor aún, de cómo somos los mexicanos (aún cuando los estaba viendo). Así que me limitaría a decir: Es difícil mantenerse al margen de los prejuicios de nacionalidad. Los prejuicios sólo sirven para darnos una falsa sensación de seguridad y son niebla en nustros ojos. Nos impiden ver cuáles son las verdaderas diferencias culturales y también nos impiden ver quienes somos.
En lo que respecta a la nacionalidad propia, siempre he sentido que nos pasamos de autocríticos. Es particularmente refrescante toparme con casos de ineficiencia gringa o europea y ver cómo lidian con el problema sin hacer el pancho de “por eso no avanzamos”, “siempre es lo mismo con esta gente” y demás palabrería que sólo opaca lo opuesto. La exageración deforma nuestra visión y nos impide avanzar, ocultando tras su estridencia las fortalezas de nuestro presente, único punto de partida válido.
La identidad mexicana afortunadamente no sólo está ligada a la ineficiencia, la corrupción y demás quejas. Contamos entre nuestros tesoros con un vibrante abanico cultural. ¿Podrían ustedes creer que alguien sepa cocinar mole, tinga, tamales, pozole, hable español con mentadas y albures, y cante decenas de canciones de mariachi sin tener un pasaporte mexicano y ni una gota de sangre latina? Ése es el caso de Diana López, eslovaca, casada con Adolfo López. Juntos tienen un mariachi y el mejor restaurante mexicano de Viena. Para que Diana pueda tener un pasaporte mexicano tiene que vivir cinco años en México, cosa que probablemente nunca suceda. Esta mujer desorienta incluso a los mismos compatriotas, que le preguntan si es de Zacatecas o de Puebla. Sólo se hace evidente su origen cuando hace cuentas en voz alta… en eslovaco por supuesto.
Ahora, hablando de la nacionalidad ajena, quizá mi experiencia más cercana ha sido con los italianos. Tanto mi período en Estados Unidos como el tiempo en Graz han, Austria estado acompañados de estas víctimas del prejuicio. Mi idea inicial era que se trataba de unos tipos guapos, gritones, bien vestidos, de moral flexible y muy apegados a su familia. El primer desencanto es que no todos son guapos. Y por supuesto, los hay gritones, silenciosos, ligadores, fieles, conservadores, alternativos y demás. Poco a poco he ido deshechando cada una de las partes del estereotipo.
Al mismo tiempo he descubierto qué tan cerrada y nacionalista es la educación italiana y cómo mis pobres amigos la padecieron. Pierluigi me cuenta que su clase de química orgánica fue una oda al aceite de oliva, que el 80% de su clase de historia fue sobre el Imperio Romano (y el otro 20% sobre el Renacimiento), que en los tres años de bachillerato científico se tuvo que chutar una hora a la semana de La Divina Comedia. O sea, un año de paraíso, uno de purgatorio y otro de infierno.
La cultura italiana es tremendamente ensimismada y su educación es un claro reflejo. Pero alto. Antes de sacar el plumón de aceite para actualizar la etiqueta de estos muchachos, permítanme decir que esta realidad escolar que todos comparten causa las más diversas reacciones. Así como hay los italianos arrogantes, llenos de este orgullo nacional, ignorantes del valor de cualquier otra cultura, hay a los que, a causa de este hueco, les entró curiosidad por el resto del mundo y han hecho el debido esfuerzo para informarse, conocer y satisfacer este anhelo.
Todo esto está trillado, parece obvio y lugar común, pero si revisamos concientemente el lenguaje cotidiano que utilizamos veremos que muchas de las ideas que rondan nuestra cabecita son tan chafas y artificiales que parecen sacadas de la caja de cereales. Y el hábito es más veloz que la luz, es difícil vigilar el habla de un pensamiento caótico y dominado por condicionamientos. Hasta ahora todo parece chiste, pero deja de serlo cuando se pasa al terreno peligroso de los prejuicios de nacionalidad, la xenofobia y el racismo.
Quizá los más discriminados en materia de racismo en Austria son los turcos. Son el segundo grupo más grande de inmigrantes, pero el primero son los alemanes y ni quién se vaya a meter con ellos. Ciertamente las dos únicas veces que vi golpes en la calle en Viena había turcos implicados. A algunas personas les parece de mal gusto que diga esto, pero así fue y tan tan. El haberlo visto no hizo crecer un muro de miedo en mi mente ni pienso que todos son iguales. Honestamente debo decir que también los identifico con los mexicanos en EEUU y esto alienta mi no-prejuicio.
A algunos austriacos no les gusta ver sus calles llenas de estos morenazos. Su preciado silencio se ve alterado con la música que proviene del estéreo de lujo en un auto de segunda y que canta algo de una tal habibi. Algunos hablan mal alemán y existen personas tan incrustadas en su propia red social que nunca aprenden a decir ni danke1.
Puedo entender la molestia de algunos austriacos respecto a la falta de voluntad de integración de ciertos grupos, pero es alarmante cuando esta molestia o miedo se sale de dimensión y suceden cosas como la que le pasó a mi amigo Sercan, que cuando habló por teléfono a un lote de autos seminuevos le dijeron “no queremos tu sucio dinero”. Sercan, un colega mío que creo paga más de €800 mensuales de impuestos a Austria.
Crissi, una amiga local, hizo el experimento de ir de compras usando el kopftuch, este velo que usan las musulmanas para cubrir la cabellera. Aplaudo este esfuerzo, lo considero un paso hacia el verdadero entendimiento de la posición del discriminado. Pero cuando le conté esto a Andreas, otro colega local, se molestó muchísimo y me dijo que “eso era provocativo, no se deben usar esos trapos, ¿qué tienen estas chicas qué ocultar?”. Perdón, pero no puedo tomar esto simplemente como una opinión. El caso de Andreas es la punta del iceberg que termina en cosas como esta (http://www.amnesty.org/en/library/info/EUR13/002/2009/en)
En fin, los prejuicios de nacionalidad son tela larga de cortar, tienen distintos matices, me parecen todos tremendamente deshechables y llevados al extremo resultan en tóxinas sociales. Exhorto a los lectores a hacer una detallada revisión de los suyos, sobre todo los que tienen que ver con cómo somos los mexicanos. Ya todo mundo aquí sabe que la mente modela la realidad, ¿no?
Para cerrar me permito citar a Galeano: Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.
Para saber quién eres no me basta saber de dónde vienes, dime a dónde vas.
1 N.E. Gracias en alemán












Taparnos un ojo hace que perdamos parte de nuestra concepción del mundo, si ves con la mitad de tus capacidades ves completo el panorama, el ángulo es prácticamente el mismo, pero sin embargo pierdes de golpe la profundidad de las cosas y los espacios. Lo mismo ocurre si el sonido estereofónico pierde parte de su información, se deja de lado el sentido de espacio, localización.
Los estereotipos comparten no sólo la raíz etimológica con los dos fenómenos anteriores, sino que además tienen la función de crear una imagen dura y dimensionada de una realidad; sin ellos sería imposible apreciar el sin número de matices que conforman las culturas.
Un placer leerte tatiana!
Creo que en muchos casos, asuntos como el velo de tu amiga o la incapacidad o desgana de aprender otro idioma, son sólo pretextos de quienes no quieren un nuevo vecino para rechazarle.
Hay excepciones, quizá una alemana no puede ir por Dubai en minifalda, pero al menos a ella le dijeron, eso no se puede hacer aquí y las razones tienen un trasfondo cultural. Me pareció denigrante cuando quisieron hacer algo por el estilo en Francia, prohibiendo el uso de esos velos y creo que tambien de turbantes. ¿No es mas fácil educar a la gente?
De los italianos… búscate un francés con el que te apetezca alegar y pregúntale quien ganó la Batalla de Puebla.
La intolerancia es un estigma de la humanidad, mas allá de fronteras… a veces sin salir de nosotros mismos ¿Podemos tolerarnos? Ironicamente tambien la tolerancia tiene límites.
Cachalote: Un estereotipo es una caricaturización tipo Disney. Como lo expuse, tenía un ridículo punto de partida para relacionarme con los italianos, pero desde el principio sabía que no me lo podía tomar en serio y que la realidad es mucho más interesante y rica.
No me parece mal tener en la cabeza el estereotipo de un tailandés, sobre todo si jamás te has topado con uno. Lo que me parece dramático es dejar de ver la realidad por tener ideas demasiado fijas sobre, por ejemplo, tus compatriotas.
Fafardh!!!
El debate sobre la educación en Francia ya lo tuve en Lyon hace un par de años. Yo, como tú, pienso que para relacionarnos no necesitamos (ni podemos) ser iguales, pero podemos apreciarnos también a partir de nuestras diferencias. El prohibir los símbolos religiosos de cualquier índole en las escuelas francesas me parece una lección de intolerancia y no de integración.
Hola, he visto tu blog. Me gustaria saber cual es el nombre del restaurante mexicano en Vienna que mencionas.
Saludos!
Hola Lex!
Se llama Tacos López y está en Praterstraße 55.
Maaaahhhlzeit!!