Cada tiliche que acumulas, es como un trozo de alma que destaza el carnicero del infierno, pues donde debería haber un hueco por el que el aliento aéreo penetrara, hay basura. Y donde debería haber un sólido cuerpo fantasma, capaz de soportar rigores, pesares, penumbras, dolores y partos, pues nada, que solo trapacería se halla.
Explorando motivos
¿Hay una religión del tilichento? ¿Existirá un dios que admita vivir en semejante paraíso? De perdida un demonio menor. Quiero explorar esa dimensión en la que los objetos inútiles se vuelven pedazos de locura. Creo poder demostrar que el amontonarlos revela una faceta insana de la historia familiar. Creo que muchos de esos telebrejos esconden heridas emocionales, perturbadoras carencias de padres, abuelos, tíos, etc., y que cuando la energía de vida (en gran parte por la edad) ya no puede mantener a raya esa dinámica enloquecedora, cuando alguien se queda si fuerzas para limpiar, y deja que vayan invadiendo pasillos y sillas, cuartos y mesas, baño, sala y comedor (perdón por la rima pero creo que agrega ese sonsonete de los enajenados mentales), poco queda por hacer.
Y ese podría llegar a ser un gran conflicto, uno mayúsculo para los hijos que desearían ver a sus padres pasar sus últimos años, y poco a poco se topan con la realidad: sus padres dejan de ser adultos y se convierten en niños.
Bueno, basta ya de poesía, o lo que sea. Estoy aquí para denunciar la locura y manía contumaz. La he padecido y se que allá afuera hay miles que luchan contra las aberraciones psicológicas de padres, madres, abuelos, tíos y todos esos engendros a los que la naturaleza le dio poner en nuestras ramas genealógicas.
Para sostener mi punto de vista, y demostrar lo peligroso de los tiliches, voy a demostrar que son mortales, y que representan la más clara huella de la locura.
Los hermanos Collyer
En 1947, en la ciudad de New York, la tan ejemplar ciudad, la que parece marcar el rumbo y evolución de la humanidad, fue testigo de cómo la mitad del departamento de bomberos y otro montón de policías intentaron entrar a la casa de los hermano Collyer. Tras agujerar el techo –la puerta se hallaba bloqueada por un derrumbe de periódicos- los bomberos lograron entrar (y que bueno que no lo hicieron, porque los hermanos habían llenado de trampas bastante peligrosas los sitios por donde podía “entrarse), y en algo así como seis horas de pasearse por intrincados laberintos de periódicos, libros, discos y cuanto desperdicio acumularon esos locos, lograron llegar a hasta donde se encontraba Homer, quien ciego y paralítico, había muerto de hambre y sed (terrible destino pero que se podría esperar de alguien que acumula tanta locura). Y eso fue una suerte, ya que el departamento de limpieza tuvo que entrarle al quite, y a los dieciocho días, encontraron el segundo cadáver: Langley había fallecido en un derrumbe ¡de periódicos! El señor había comprado durante treinta y cinco años los quince periódicos que circulaban por la ciudad (más o menos se retiraron 13 toneladas de la casa). Algún vecino que le pregunto porque compraba tantos, Langley contesto que eran para su hermano ciego, ya que quería que se pusiera al día cuando recuperara la vista. Él nunca dudo de la curación y para ello le daba 100 naranjas a la semana.
De entre lo que se recupero se encontraron: diez pianos de cola, municiones de artillería, una máquina de rayos-x, automóviles y miles de objetos más, incluyendo colecciones completas de discos.
El día en que la policía entro, más de 600 curiosos de la zona se avecinaron para ver las riquezas sin cuento que suponían ocultas en la mansión. ¡Ali baba y los cuartena ladrones!
Una de las curiosidades del caso es que los vecinos y chismosos del barrio pensaban que el par de excéntricos, eran riquísimos, y varias veces ladrones trataron de entrar a su casa. Y bueno, los jóvenes camorristas del vecindario convirtieron en hábito el quebrar ventanas. Habría que precisar que la casa se encontraba en Harlem. Construida por el padre, con el paso de los años se volvió un vecindario de pobres y segregados, es decir de negros, como ocurría en ese entonces país madre de las libertades.
Al tiempo, las deudas con las compañías del teléfono, agua, gas y electricidad en 1939, hicieron se iniciara un pleito judicial para cobrarlas, cuando los abogados lograron llevar a la policía y se presentaron en el domicilio para realizar un embargo. Homer, sin decir media palabra escribió un cheque y pago. A partir de entonces los hermanos vivieran usando solamente keroseno.
Langley, tenía habilidades de ingeniero y se dedico a llenar la casa de trampas para evitar a los ladrones que en entraron en varias ocasiones. Años después, ese miedo al otro, la visión del extraño como amenaza, causa de su muerte.
Una de las curiosidades, es que entre los telebrejos y chunches que encontró la policía cuando registro la casa, fue una libreta en la que se registraban claves bancarias, y en esas cuentas había 3 000 dólares (recordemos que era el 47, y que una familia podía vivir con 10 o 15 a la semana). Aquí insertaría otro dato, poco después del intento de embargo de las compañías de servicios, el ayuntamiento busco cobrarse las deudas por impuesto (el equivalente a nuestro predial), a lo que Homer respondió con un airado: “como no tengo ingresos no puedo pagar impuestos”.
Otras de las extrañas historias es que la silla donde murió el hermano Homer, fue adquirida por un coleccionista y paso de una manos a otras, hasta que se convirtió en parte del “museum Hubert Dime” –tenían que ser gringos-. Pero en 1955 fue retirada de exhibición, con la fama de silla maldita, y varios de sus sucesivos dueños, afirmaron que se deshacían de ella sus infortunios. En la actualidad es posesión de una Babette Bombshell, de Orlando, Florida.
Hoy en día, el lugar que ocupo su casa, con toda justicia, es un parque público.
Todo esto es bonito, como para platicarlo en un viaje por carretera, en una noche alcohólica de disertaciones filosófica (no somos nada hermano, bbrrrp).
Pero quisiera invitar al atrevido a mirar con otros ojos a estos dos tipejos, la risa y el morbo son sencillos. Pero ¿de dónde nació tanta locura? Porque a mí eso de excentricidad no me la pegan. Estaban locos, aunque era funcionales. Quizá me meta en camisa de once varas, como decían en el rancho, pero no puedo darles otro adjetivo, a quien por su propia voluntad atenta tan claramente contra su vida y su cordura.
De entre las pocas cosas que logre saber del papa, es que este señor trabajaba como médico partero en un hospital de New York, al que en ocasiones llegaba, de manera extraña, en canoa. Creo que las manías se heredan. Esta pareja de hermanos se crió en un barrio residencial (aunque no lo crean Harlem comenzó así) y que con el paso del tiempo se convirtió en un guetto, un lugar de mala muerte, llena de vecindades, prostitutas, drogos, malhechores, vendedores de lotería -de hecho creo que Harlem sigue má o menos así hoy en día.
Quizá la respuesta a las preguntas psíquicas de los hermanos, estén enterrados en el desván de los antepasados, quizá el comportamiento del papá tiene un origen remoto, en la infancia del abuelo, o tal vez un poco más atrás. A mí no me queda la menor duda de que esa vida enajenada, sin mujeres (o sexo, como se le quiera ver), la obsesión por acumular, tienen que ver con el lado oscuro de EU: el temor al hambre, la huida de la pobreza, con la que tantos inmigrantes llegaron a la Isla Ellis. Acumular, amontonar, comprar para no usar en como escapar de la falta, de la ausencia, pero sin poder dejarla atrás. ¿Cuántas historias así conoces? ¿Cuántos de tu historia familiar descubres?
P.D. creo recordar una frase de una terapeuta chingona: amar es dar lo mejor de ti, lo que tengas, lo que haya en ese momento: ira, enojo frustración, codicia., y según C.G. Jung, el mal no es hacer, es no saber, no darse cuenta, no tener conciencia de lo que haces. Todo depende de como plantees la pregunta para poder llegar a iluminar este pasillo oscuro de la humanidad.












