Hidalgo, el padre de la patria, a quien se le entonan loas y alabanzas sin par cada año, también fue hombre, y más divertido que muchos.
Amante del teatro y del francés, leía a los autores prohibidos, montaba obras de teatro y se dedicaba a la buena vida. Se dice que hablaba italiano, latín, puerpecha, otomí.
Cuando perdió la rectoría del colegio de San Nicolás -unos dicen que por sus ideas, otros que por su vida disipada-, ya que se le atribuía el amancebamiento con una mujer que le dio dos hijas. Aquello esta perdido en la Historia, pero de que el padre si fue padre, cierto es. Hoy en día encontramos en diversos lugares de México descendientes directos del Libertador. Y de hecho al pasar con su ejército por Salamanca, se detuvo para dictar su testamento a favor de dos de sus hijas.
Otras de las historias divertidas o debería decir tragicómicas, es que en la Batalla de Puente de Calderón, al mejor estilo de las tragedias griegas, pelearon tres hermanos. Bueno, en realidad solo uno. Miguel y Joaquín, éste nombrado por su hermano tesorero de la rebelión y encargado de pagar la “soldada” a los miles de indígenas (hecho muy olvidado por los historiadores serios), pelearon de lejos, Miguel junto al Capitán Allende, mirando el combate desde una posición estratégica ¿o debería decir segura?, y Joaquín cuidando los pesos; mientras del otro lado, se encontraba el tercer hermano, quien al momento de la rebelión se encontraba sirviendo en un batallón en San Luis Potosí, a las ordenes de Calleja, el verdugo de los insurgentes.
Otra de las cosas que se nos suele olvidar, es que Don Miguel se levanta en armas a mediados de Septiembre y para la quincena del siguiente enero, pierde su última batalla, la decisiva. Si contamos bien, en apenas cuatro meses, Hidalgo y compañía estuvieron a punto de tomar la capital y casi terminar con el régimen español. Que no el colonial, ya que la propuesta inicial era más parecida a una autonomía, que dejaba intacta la estructura económica y social, manteniendo la segregación de la gran mayoría de los súbitos, a los que se les llamaban “castas”.
Regresando, la idea inicial de Allende, quien era el conspirados más activo y comprometido (al parecer Hidalgo, asistía de oyente y no se declaraba claramente a favor de una rebelión), fue la acudir a la feria de San Juan de los Lagos, y allí, reunido con sus muchos amigos oficiales –criollos la mayoría-, declarar la rebelión e irse en marcha contra la capital, obligar al virrey a firmar la independencia del reino (así querían que permaneciera) y poner en el trono a Fernando.
Miguel, conocido de antaño como “el zorro”, decidió o se topo con algo más, con el deseo reprimido del populacho, la plebe, el vulgo o como quieran llamársele al pueblo corriente, de liberarse de los españoles –algo que pocos dicen es que los españoles eran de dos tipos: los europeos y los americanos o criollos; y que había los muy ricos y los pobres-, de los españoles que estaban en la cumbre del poder colonial: los mineros y comerciantes, los que se rodeaban de murallas imposibles de traspasar pues su sangre y sus títulos les daban el derecho divino de gobernar y disponer lo que unos lejanos antepasados conquistadores (o guerreros de la reconquista ibérica que los ennoblecieron).
Y la suerte se sello en Guanajuato, una de las ciudades más grandes y más ricas de toda las Américas, sitio donde las fortunas increíbles habían levantado palacios, y llenado de trabajadores los túneles de las minas. Cuando el Intendente Riaño –viejo amigo de Hidalgo, al que le prestaba libros- se decidió por encerrarse en el almacén de granos (eso es una alhóndiga), obligo a los novatos militares y a la “bola” que los seguía a arrojarse contra paredes de más de cuatro metros de alto. Después de una mañana de muertes inútiles –cientos de rebeldes- lograron romper la puerta principal, y una vez adentro, los campesinos, mineros y demás se desquitaron y masacraron a todos: mujeres, niños, viejos. Con esa matanza se cerró cualquier posibilidad de una marcha tranquila hacia la capital, a la que se unieran más y más. La Nueva España estuvo a punto de ser gobernada por el padre Hidalgo. Sería interesante imaginar que hubiese pasado si gana en Puente de Calderón y su “alteza serenísima” –en los últimos tiempos le tomo afición a ese título y al parecer ya no pensaba en poner a Fernando en el trono. Extraño, pues los Hidalgo y los Iturbide eran parientes lejanos, y lo que empezó Miguel, terminó Agustín, quien si se volvió Emperador, aunque este muriera después, fusilado por volver a la patria, su descendencia se extinguió, ya que el otro Emperador Maximiliano, intento nombrar a un Iturbide heredero.
Muchas cosas que rodean a los Hidalgo están envueltas en la niebla del tiempo, y otras más, en las de la ignorancia. Lo que si, el nacimiento es origen, y mucho de lo que paso, casualidad o no, nos da forma y espejo para saber hacia donde encaminar los pasos en este nuevo siglo, en los que el petróleo dejara de ser la llave de la economía y la política mundial.
¿Bueno o malo? ¿diablo, villano o mártir? ¿amigo o un simple pretexto para dar un grito que a nada sabe ya?




Ya no recuerdo bien de donde obtuve la anécdota, pero si no mal recuerdo Hidalgo toca la célebre campana por desesperación. Soldados del imperio iban a arrestar a los conspiradores pero estos alcanzaron a recibir aviso, no a tiempo para huir, pero si para crear una “diversion” sacando a la gente a las calles.
Se podría hacer una versión de cine comercial con anécdotas reales y muchos dirían que sólo quieres ensuciar el nombre del Padre Hidalgo.
¿Sus intenciones o las de cualquier otro? Sólo recuerdo que la masonería tuvo mucho que ver en la Independencia, pero por sus intereses en Europa.
Bueno, esa parte de la historia es divertida y conmovedora, pero muchos datos necesito para contestarte, así que prometo publicar un artículo el fin de semana hablando de masones y mujeres embarazadas, de equívocos y torpezas coloniales, mismas que permitieron que la marcha se convirtiera en revuelta.
J.