La órbita del planeta Cloto, por ejemplo, se aproxima a la del planeta Juno hasta la distancia de doscientas sesenta leguas…¡Qué hermosa solidaridad reinará en esa República ultra-marciana…, qué maravilloso concierto de señales, a las cuales, algo análogo a las ondas hertzianas llevará el pensamiento de uno a otro mundo!
Amado Nervo.
Abrió los ojos al nuevo día. Su despertador estaba conectado al ipod y los acordes de “destination unknown” lo sacaron del sopor. Sonrió. Hoy era su cumpleaños y adoraba sus cumpleaños. Tenía tantas cosas que hacer. Llamadas a sus amigos, un facial, corte de pelo y…trabajar. ¡Al carajo el trabajo! Si De la Peña no podía declararse enfermo en su cumpleaños entonces estaba en el trabajo equivocado. Y De la Peña no estaba equivocado.
A Asmod los minutos le parecían eternos mientras esperaba a que las pantallas opacas terminaran de cargarse al 100%. Nunca entendió la necesidad de ocultarse de posibles observadores en uno de los lejanos planetas que estaban en la parte interna del sistema solar o, como la mayor parte de la colmena los llamaba con algo de aprehensión, “Los Solaritas”. De existir semejante cosa ya Los Soberanos, Rojo y Blanco, habrían ordenado una expedición a esos gigantescos pedazos de piedra de colores extraños para establecer contacto con sus habitantes e integrarlos a la Federación.
Los días desde su llegada habían pasado tediosos, lentos, eternos, llenos de “delicadas damas” que no paraban de parlotear y ventilar entre ellas sus banales y tediosas aventurillas, que juraban hacían palidecer a Romeo y Julieta, de presumir a los diablillos que tenían como hijos y sobretodo de las nuevas modas que venían de ultramar y de las cuales ellas se suponían en-te-ra-dí-si-mas.
- Eeee.
Para pasar el tiempo sacó una pipa de su cinturón la llenó de polvo para fumar, sabía que estaba prohibido fumar antes de que iniciara el despegue pero él era el capitán y único pasajero, decidió que podía omitir mencionarlo en la bitácora de viaje. El cargamento que transportaba desde Cloto hasta Tutatis era espora de alta concentración proteica y polvo de fumar (eso sin contar con el contrabando de líquido de sueños que escondía en su camarote y que probablemente valía más que toda la demás carga junta).
Para soportar el paso de ese tiempo cuasi-eterno recordaba versos de Bequer, hilaba rimas cual si fueran tejidos de Bellavista, que no de Francia, pues odiaba tener que despachar esos lienzos, esos géneros que por fuerza de necesidad le obligaban a estar ahí en ese pueblito que estaba muerto, de 10 cuadras por 15, y que se acababa al salir de la tienda. Definitivamente tenía que salir de ahí. Escribir, tenía que escribir.
- Eee.
El sonido del panel de control avisándole que la carga de las pantallas estaba al 100% lo encontró disfrutando de bocanadas de polvo de fumar y flotando en la gravedad cero pre-despegue. Inmediatamente flotó hasta los mandos y comenzó la secuencia para el desacoplamiento. Sus manos pasaron frente a las proyecciones de trayectoria y los constructos holográficos de masas menores empezaron a flotar en torno a Asmod indicándole las velocidades aproximadas en relación con la nave. Todo parecía en orden y ninguna de las alarmas estaba encendida así que, tomando una última bocanada de polvo, se conectó directamente al simulador y dejó que la nave se fuera convirtiendo en parte de él.
El camino a su casa era corto, demasiado corto. Nada le parecía real sino hasta que llegaba a su casa y tomaba la pluma. Tomar la pluma era ser el dueño de su destino, el protagonista trágico de su propia historia, ser al final de todo, alguien.
A un impulso de sus piernas la nave se desconectó del sistema de alimentación de Cloto y suavemente inició su viaje hacia Tutatis que a los ojos de Asmod se presentaba como un brillo intermitente entre la aparente nube de los demás asteroides de la confederación, que estaban coloreados por la computadora en rojo y que en las regiones exteriores se encontraba teñida de azul simbolizando su proximidad al planeta Gaia. Con un contenido movimiento de sus brazos se desplazó entre los asteroides más cercanos y comenzó a ganar velocidad mientras con sus dedos indicaba su situación y destino a las demás naves (que no eran muchas)
Las palabras fluían y tenían vida propia, aunque se parecían a las palabras de alguien más, tomaba prestadas frases que había escuchado en sus días de seminario, en sus días más felices. Cuando escribía, sus horizontes se ampliaban. Tenía ante sí el mundo entero y seria suyo si tan solo alguien más supiera las inmensidades, los universos que tenia dentro.
En cuanto llevaba algunas Unidades Astronómicas recorridas se dio cuenta del porque de la prohibición de fumar, sentía que su cabeza explotaba y sus piernas se movían incontrolablemente, los instrumentos se encargaron de que no chocara contra nada pero no sabía cuál era su ubicación y cualquier intento por enfocar la mirada hacia que la nave empezara a dar de tumbos incontrolablemente. Con creciente pavor se dio cuenta de que la única opción era cerrar los ojos y desconectarse.
Esa noche nada salía ni de la pluma ni del tintero. Cuatro, cinco, seis veces se le secó la tinta en la pluma levantada dejando la hoja blanca y su alma sintiéndose más negra que la noche, negra de sentimientos, de anhelos y a causa de o como causa de la esterilidad de su pluma, de resentimientos.
Nunca antes se había desconectado en plena trayectoria y no sabía en donde terminaría así que mando un mensaje antes de cortar el contacto: “Asmod fuera de curso… ¡Ayuda! Curso no se puede determinar.” Con el corazón acelerado, jadeando y aferrándose a lo que le quedaba de conciencia arrancó la conexión y elevó una pequeña plegaria a los Soberanos: ¡perdónenme!
Arrojó la pluma a una de las esquinas y volcó el tintero de un manazo. Desesperado salió a la calle, jadeante. Un trotecillo que lo llevó, al poco tiempo, a la ribera del rio que ya a esa hora avanzada de la noche hacia que la temperatura bajara tanto que el frio le calaba bajo la sencilla camisa. Tropezó y soltó un llanto tan profundo, tan sincero que todo el mundo se volvió negro y tan solo supo que seguía despierto porque las lágrimas le empapaban el rostro.
Cuando volvió en sí, la nave entera se estremecía y una presión increíble lo mantenía inmóvil. Abrió los ojos para encontrarse con que se acercaba a una mancha de colores azul y café que abarcaba todo su campo visual. Todas las alarmas sonaban al mismo tiempo y la conexión a la nave estaba a un lado de su mano. Trató de asirla pero le fue imposible moverse, en un primer impluso. Solo después de un esfuerzo titánico logró acercar sus dedos a la conexión y al aferrarla supo que estaba en problemas.
Las lagrimas se le secaron de los ojos y cuando volteó hacia el cielo vio lo infinitamente pequeño que era. Recordó a su madre, a su hermano y las noches en la azotea. Había olvidado la fascinación ante lo eterno, lo infinito de cara a lo inmediato, lo tangible. Su falta de recursos, la desgracia de volver al terruño derrotado le habían arrebatado el control de su vida. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y los mocos con la camisa. Nunca más sería presa de la desesperación.
La nave caía hacia un planeta y ya estaba entrando en la atmosfera por lo que comenzaron a incendiarse por la fricción las pantallas opacas que giraban alrededor de la nave. Movió los dedos con dificultad hacia su pecho y se conectó directamente a la nave. De inmediato sus piernas apuntaron hacia el planeta que ente la gravedad se sentía como abajo y sus manos se extendieron tratando de frenar la caída al convertir la energía cinética de la caída en energía agravitacional. Su caída se convirtió en simple vuelo, pero la fricción siguió, y se vio a si mismo envuelto en fuego, un círculo de fuego que atravesaba la atmosfera y que rasgaba las nubes a su paso. No pudo frenar la caída inmediatamente, pues la inercia lo hubiera aplastado, por lo que empezó a descender en una trayectoria tangencial que lo llevaría tocar el planeta con la menor fuerza posible.
Regresó cansado y aterido de frío a su casa. Levantó el tintero, tomó otra pluma y comenzó a escribir, al principio penosamente, dolorosamente lento pero fue tomando velocidad hasta que lo sorprendió el amanecer escribiendo.
Asmod supo en ese momento que había llegado a donde ningún otro había llegado antes, Tierra-Gaia. La nave estaba en mal pero no destruida, necesitaría muchas reparaciones (que no estaba seguro de poder hacer). Los sensores externos habían quedado destruidos en el impacto y no sabía nada de Tierra-Gaia pues era conocimiento prohibido para toda la federación por los Soberanos. La nave podía sustentarlo durante diez ciclos vitales pero Asmod estaba acabado de cualquier manera, si lograba sobrevivir y lo encontraban sólo le esperaba ser detenido, interrogado y por último desintegrado por los Soberanos. En lugar de esperar por la aniquilación optó por invitarla. Apagó todos los sistemas y desdobló la nave.
Fue, así sin bañarse ni cambiarse, manchado de pasto y las rodillas del pantalón rasgadas, a su trabajo, a su martirio, a la tienda. Esperó como sonámbulo, los ojos aun rojos e hinchados, a que llegara el patrón. Pasaba la gente, veían a aquel joven, y se alejaban murmurando: ¡pobre!, tan joven y ya tirado al vicio.
Asmod emergió de entre la nave conteniendo el aliento, con los ojos cerrados, preparado para morir al contacto con la atmosfera y con los gases venenosos de que seguramente estaba recubierta esa enorme bola de piedra en la que había chocado y que se convertiría en su tumba. Sintió una explosión en sus oídos al abrirse la nave, cuando las diferencias de presión entre la nave y el planeta se encontraron. emitió un grito desgarrador y los pulmones se le llenaron de aire terrestre.
No había pensado realmente que le diría al dueño ni que haría después pero no podía seguir en ese pueblito donde seguramente moriría sin pena ni gloria. Cuando por fin llegó el patrón le soltó una perorata acerca de cómo necesitaba salir de ahí, necesitaba vivir y sobre todo necesitaba escribir. Al final cerró los ojos y tomó una bocanada de aire. Esperando lo peor.
- Nada pasó. Seguía siendo la onda.
- Nada pasó. Seguía vivo.
- Nada pasó. Seguía vivo.
Estaba ante un cráter de volcán lleno, casi hasta el borde, por agua, agua suficiente para llenar varios asteroides! El cielo comenzaba a clarear revelando vegetación. Los animales despertaban y llenaban el aire con sus sonidos. Sin poder evitarlo avanzó hacia el agua, bañándose en ella. Estaba helada. Bebió. Era más deliciosa que cualquier néctar opreparado que hubiera probado nunca. Se dio la vuelta y veía a su nave relativamente intacta, con solo un poco de trabajo podría volver en poco tiempo y contarles de las cosas maravillosas que se encontraban en ese paraíso. No sabía cómo reaccionarían los Soberanos ni le importaba, estaba vivo hoy. Lo que trajera el futuro nadie lo sabía. Quizá empezaría una nueva moda de visitar ese cráter inundado para pasar las vacaciones.
Amado abrió los ojos y se encontró con la sonrisa del que hasta hacia unos segundos había sido su patrón. Este le dijo que sabía que ese no era lugar para él, que se había dado cuenta y que sus distracciones ya habían suscitado algunas quejas. El patrón le dijo que tenía conocidos en Mazatlán y podía recomendarlo, ¿Quién sabe? Quizá algún día llegaría a ser alguien importante.












señor Don Arbol: creo que la segunda version de este cuento estaba mucho mejor. cheque a ver si la tiene por ahi y si no se la mando.
Mi estimado, como obvio es, publique lo que tenía a la mano, así que montela en la página y la ponemos en la red. Mucho me gustaría que cerraras el final con fuerza, una frase contundente y madreadora.
Y.