El edicto real decía así:
El señor del reino convoca a valientes guerreros para difícil rescate. Se ofrece: la mitad del reino y la mano de la princesa Carolina, famosa por su belleza, siempre que le sea devuelta sana y salva a su atribulado padre. Fue vista por última vez dirigiéndose al Valle Profundo, por lo que pudo haber sido capturada por el temible dragón que ahí mora.
La valentía y el coraje hallaran recompensa.
Firma:
Vladimiro, señor del reino.
Llegaron montados en vistosos corceles, con pulidas armaduras que lanzaban destellos de plata, afiladas espadas y semblantes serios y orgullosos.
Eran seis, reunidos por primera vez desde diversas partes del mundo, los mas grandes, los que tenían nombres que habían hecho leyenda.
No tuvieron que explicarles dos veces el camino al valle; jugaron carreras para ver quien llegaba primero y no hubo vencedor porque los seis llegaron al mismo tiempo.
La princesa los miro acercarse desde la roca frente a la cueva, donde tomaba el sol.
Se veía triste y sus manos jugueteaban con el dobladillo de su vestido.
- ¡Tus angustias han terminado!- gritó uno de ellos, gallardamente.- Yo, Eric el Intrépido, he venido a rescatarte.
Carolina levantó la cara y una lágrima brillo en sus bellos ojos. Sonrió.
- ¡Oh, noble caballero!- empezó a decir, pero fue interrumpida por otra voz tan fuerte como la primera.
- No gastes tus palabras, gentil dama- dijo este- y tú, detén tu ímpetu, jovenzuelo, y abre paso a la experiencia, pues no por nada me llaman Corsar el Temido, vencedor de mil batallas y a quien un pobre dragón no hará más que cosquillas.
- Caballeros…- empezó otra vez Carolina.
- No creo dejar nada para que te diviertas- repuso el tercero,- Abdul el Sanguinario no necesita ayuda en esta empresa.
Se escucharon varios carraspeos y en seguida todos se pusieron a hablar al mismo tiempo. La discusión, sin embargo, no duro mucho, ya que de pronto el suelo empezó a vibrar y los caballeros tuvieron que contener a sus encabritadas monturas cuando lentamente de la cueva salió el dragón.
Era una ejemplar magnifico, de unos quince metros de largo, con piel verde iridiscente y ojos amarillos. Desplegó sus alas perezosamente y después de estirarse como un gato, acomodó su corpachón junto a la princesa, rodeándola protectoramente con la cola.
- ¡Ah, bestia inmunda!- grito un caballero,- ¡prepárate a morir a manos de…!
Aquí gritó su nombre, lo malo es que los otros cinco también lo hicieron y no se entendió nada.
Como una coreografía muy bien organizada, todos los guerreros sacaron su arma al mismo tiempo, pero con tan mala fortuna que Eric el Intrépido le pego al caballo se Salim el Astuto. Éste enfurecido, lanzo un mandoble que golpeo a Casir el Bravo, que al caer derribo a Voltar el Poderoso y como piezas de domino enfurecidas, los caballeros la emprendieron entre ellos.
A los gritos de ¡Yo soy el mejor!, ¡Muérete infiel! Y lindezas por el estilo, uno por uno los valientes guerreros mordieron el polvo.
La princesa y el dragón se miraron.
- Mmm, fue interesante- comento el reptil,- A propósito, ¿Cuánto tiempo más piensas seguir enojada con tu papá?
- ¡Oh, no lo sé- respondió Carolina haciendo un gracioso mohín,-Ya vez, todavía le da por jugar bromas pesadas- añadió, señalando al sangriento revoltijo que formaban caballos y guerreros,- Creo que me quedaré otra semana mas ¿Te molesta?
- Pero para nada querida; ya sabes, mi cueva es tu cueva- el dragón sonrió-.Bueno, ¿Qué te parece una partidita de ajedrez?
La princesa lo meditó unos segundos.
- Está bien, pero yo escojo las blancas, y nada de reglas nuevas ¿eh?
Después se levanto, se sacudió el polvo y entró en la cueva.




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