Cuatro son los rumbos del universo, y cuatro tus extremidades. Cuatro nuestro abuelos.
Cuatro ojos tenía el gato garabato.
Cuatro son los elementos, que según los griegos (que no se llamaban a si mismos así, si no helenos, ellos fueron bautizados así por los bárbaros e incultos romanos), agua, tierra, fuego y aire.
Cuatro son los días que espera un alma de un difunto para irse.
Cuatro son las manos necesarias para una boda. Y cuatro hombros para marchar a un funeral.
Al cuarto día el Dios del antiguo testamento (si quiere llamarlo Jehová o Yahvé, esta bien) creo al sol y a la luna. En la antigua Súmer (el país de donde los errates pastores hebreos importaron su cultura), que es hoy un país de muerte, había un Dios de la luna, Sin.
Y ¿a dónde van las almas de los muertos? ¿tienen alma o espíritu? ¿el alma es creada y finita, así como el espíritu es increado e inmortal?
En México la muerte se viste de seda, sale a pasear de la mano de un niño gordo, desnuda su pie para pasar un charco, y contempla la vanidad de luchar contra el tiempo, uno de sus amantes. La muerte nos canta, nos arrulla, nos invita o nos rechaza. ¿Cuantos de nosotros podríamos vivir más de mil años?
La muerte es la luna, es la nave de los heridos, el barco del fin del mundo, la muerte es canción, y dolor, es todo aquello que perdemos para no encontrar nuca más. Muerte es el abandono, la mano fría de una madre, la mirada ausente del padre, el vacío que siente el borracho al despertar. Muerte, calaca, doña, catrina, justiciera, igualadora, amiga. No me lleves todavía.





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