Visiones desde el cuerpo de un basurero arrepentido. 
Cuando me cuestione si el mundo se iba a acabar, y yo con él, parado en una gran pila de mierda, ahogado en basura, me di cuenta de lo poco que me importaba si las ballenas dejan de cantar –nunca las he visto ni oído-, ni que pasaría con los millones de paisanos que viven en los puertos y costas de todo el planeta –vivo a muchos kilómetros-; lo que si me importó son los árboles, que son para mí mensajeros de una eternidad, que aunque lejana y distante, está allí para todos, y principalmente para mí.
Caminar por entre la hojarasca de una arboleda sombría y hambrienta de tarde, oír el crujir delicado de ramitas y de las yerbas secas, mis pies resbalando por entre piedras musgosas, la sorpresa mutua cuando me topo con insectos de camino a casa, me llena ese hueco que algunos llaman alma, y otros miedo a la muerte. Lo que sea pero defender a los bosques, si que me parece trascendental y obligatorio, como si ser humano se compusiera y acompañara de los actos hacia otras especies.
Si de bosques se trata, me sumo a los plantones, a las huelgas y manifesaciones.
Y comencé a cuestionarme la cantidad de papel que usamos para imprimir periódicos, libros, revistas, amén de la cantidad enorme de hojas desperdiciadas en oficinas, archivos e instituciones de gobierno, en tareas e investigaciones. Vaya estupidez, que para decir te amo, te despido o acepto su solicitud, matamos. 
Si miras cualquier documental sobre el tema veras las imágenes recurrentes, obvias, clichés: grandes árboles cayendo, igual que majestuosos castillos rompiéndose en palabras y desierto; montañas de papel que se convierten en basura, en pedazos de nada, en mierda embarrada.
Qué se joda el jaguar y la noche que habita, qué se mueran los pavos reales y sus amos los tigres, qué mil pobres más se vuelvan huesos y emigren a una ciudad mugrienta.
Después de todo, los humanos tenemos el futuro que merecemos, y hemos ganado a conciencia y a profundidad, la enorme bola de desechos tóxicos que habitan los linderos de las ciudades.
Pronto sus aromas penetraran nuestras fosas nasales, sus jugos nuestras tuberías y baños, sus hijos: ratas, cucarachas, virus y bacterias antropófagas vendrán a comerse la cara de las hermosas modelos que habitan la televisión, a devorar al entrenador de “spining” y al karateca mejor pagado.
No esperes piedad, ellos son el resultado de nuestro antinatural coito inniterrumpido con la máquina. 
Hemos creído que nuestro cráneo guarda todos los secretos del universo, sin entender que no es más que una entre tantas brujúlas, una flor de caminos que indica hacia un norte lejano, disperso, fantasmal, donde habitan nuestros demonios… y nuestros ángeles.











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