Miren que he conocido gente fuera de lo común en este mundo. Grandes lamas, defensores de derechos humanos en exilio, artistas, tarólogos, inmigrantes ilegales, trotamundos, yoguis, científicos y otro montón de gente que aunque no tengan una etiqueta “especial” me muestran con frescura la magnífica diversidad de fascetas que tiene el ser humano. Y aunque el multiverso siga su ininterrumpida danza hay temporadas, odio reconocerlo, en que pierdo ese sentimiento de sorpresa y maravilla. “Ah, otro acróbata, simón. Como te iba diciendo, qué pereza me da el frío”.
En uno de estos períodos de entumecimiento mental, como de vez en cuando lo hago, fui a ayudar a la restauración de una vieja granja. El sábado en la mañana todavía no me había tomado ni un café cuando veo en el comedor a dos personajes como sacados de libro de Alejandro Dumas. ¿Hum? Aquí no es raro ver todo tipo de monjes tibetanos, pero a este par se les perdió la fiesta de Halloween. Como después de dos cafés todavía seguían ahí decidí que eran reales.
¿Y estos de la ropa chistosa? Son carpinteros. Oh. Ahí dejé la primer conversación porque en Austria frecuentemente la gente viste su ropa típica, sobre todo los fines de semana muchas familias se ponen sus lederhosen y sus dirndls (pantalones de piel y vestidos, ver foto) para darse un paseo en la plaza. (Sí, los domingos esto es Hobbiton). Y aunque este traje no lo conocía, como extranjera me queda claro que aún hay mucho por descubrir.
Después me dí cuenta de que estaban trabajando con el vestuario completo, corbatita incluida. El domingo seguían vestidos así y a las tres semanas que regresé seguían vestidos así. Mi curiosidad no podía más. Una pregunta por aquí y otra por allá (en alemán soy una persona tímida y reservada) y poco a poco fui entendiendo que Pascal y Mario habían hecho una escuela normal de carpintería en Alemania y que después se habían incorporado a un gremio bastante particular.
Es una tradición que tiene más de doscientos años y que consiste en que los carpinteros recién egresados se van a caminar lejos de sus pueblos por tres años y un día, trabajando y aprendiendo en el viaje. Pertenecer al gremio significa apegarse a un estricto reglamento parcialmente secreto. De las cosas que pude averiguar es que siempre tienen que andar a pie o de aventón, no pueden simplemente pagar un tren. No se pueden acercar a 50 km a la redonda de su pueblo natal ni en Navidad. No pueden permanecer más de seis meses en un lugar ni dejar de trabajar por más de cuatro. El gremio sólo admite solteros. Su ropa siempre tiene que verse bien y les ahorra un montón de explicaciones a la hora de buscar trabajo, aunque genera miles de preguntas en inmigrantes curiosos como yo.
“¿Y por qué los dos traen un arete igual del mismo lado, es parte del uniforme?” “Sí, es de oro y es para pagar nuestro entierro si morimos en el camino. El hoyito nos lo hicieron con un martillo y un clavo.” Auch!
También tienen maneras raras de tomar cerveza. Ir con ellos al bar de la aldea es pedir un tarrotote de tres litros (que causaría complejo de inferioridad en cualquier cervezucha de a litro del Oktoberfest) y beberlo entre todos los que estén en la mesa. Un trago y lo pasas. No sé si es para mantener ecualizado el nivel de borrachera del grupo o qué, todo tiene una razón escondida que posiblemente ya no opere en tiempos modernos, como lo del arete y el entierro. Pero así es y afortunadamente cuando lo hicimos nadie tenía gripe.
Volviendo al tema, su tradición me parece fantástica y como ellos mismos dicen “si no hubiera viejas tradiciones tendríamos que inventar nuevas”. Y qué bonito tener un oficio útil y ser bienvenido en muchas partes! La caminata de los carpinteros me parece un excelente medio para desarrollar pericia, enriquecer la técnica, abrir la mente y expandir la visión, toda una experiencia. Según me dicen hay otros 300 como ellos así que el gremio está bastante nutrido, ojalá que dure muchos años más.
Pascal y Mario no sólo hicieron un trabajo fantástico en el centro, también volvieron a sacarme esa sonrisa de “vivo en un mundo maravilloso lleno de cosas raras”. ¡Gracias chicos y buen viaje!










wow, me encantó lo del arete de oro, pero lo asombroso es que morros sigan tradiciones tan suigeneris, me parece genial y si, me arrancó una sonrisa
Saludos Alois! Sí, la mismita impresión me dieron a mí. Y eso de ver las cosas como niños… está cañón. Nada es “igual igual” y de todos modos no nos interesan los detalles, no?
Y qué chido, Adolfo, que te hicieron sonreir. Sí, estos chavos están bien clavados. Incluso el Pascal tiene tatuado en el brazo el símbolo del gremio, lástima que no tengo foto.
“en alemán soy una persona tímida y reservada” – antes si, ahora no. Ahora solo reservada
Hola Tatiana,
Mira, resulta que estoy en una cooperativa de vivienda y necesitamos contactar con la escuela de carpinteros alemana de la que hablas en éste post, pero no consigo encontrar su página web o datos de contacto.
Tu me podrias ayudar?
Muchas gracias de antemano.
Hola pregunta,
Creo que te puedo conseguir un contacto, pero veo a las personas de la granja de la que hablo en el artículo hasta dentro de dos semanas. Puedes esperar ese tiempo? A dónde te mando los datos?
Saludos
he conocido aqui en el norte de España a dos de estos carpinteros errantes,uno tiene correo P.haberkorn arroba gmail.com
¡Fantástico! De repente me recordaron los juegos de D& D.
Y bueno, siempre es necesario recordar como suelen ver las cosas los niños, con una mezcla de sorpresa y admiración,aunque las cosas que veamos se repitan continuamente, como una puesta de sol.
Saludos Tatiana