L uis tenía todo completamente preparado. Acababa de salir del baño y ya tenía su ropa planchada y extendida sobre la cama. Se arregló el pelo y se puso gel. Aplico desodorante y perfume (… por si me besa, por si me abraza, por si se pasa…) mientras se ponía frente al ventilador para secarse (le gustaba sentir el aire en su espalda). Mandó un mensaje de texto por el celular y escribió lo mismo en el facebook:
Luis Sta nch to k.
Solo le quedaba un obstáculo: su abuelita.
Cuando era niño (ya no lo era, ya tenía 18 años) había visto todas las películas de los Hermanos Almada, del Santo y las tres películas de Misión Imposible. Pensó en lanzarse por la ventana pero desde siempre había estado clausurada por sendos barrotes que los protegían de los ladrones y robachicos. Solo le quedaba escabullirse mientras ella veía la telenovela de las nueve o, de plano, sacar un cuerno de chivo y dar por terminado el asunto.
Optó por escabullirse.
Su plan casi da resultado hasta que, al girar la perilla de la puerta que daba a la calle, su abuelita le grito desde la sala: -¡Miguelitoooo! (le chocaba que le dijeran Miguelito. Su Mamá era fanática de Luis Miguel y lo pasó a perjudicar). ¿Por qué te pones tanto perfume chamaco? ¡Las vas a “mariar”! ven acá M´ijo-. Pinche suerte, eso le pasaba por ser tan galán.
Debí escoger el cuerno de chivo.
La abuela de Luis era un amor de señora: cabecita blanca, lentes y chal. Si no la habían puesto como anuncio de barras de chocolate era por pura modestia de la anciana. Estaba acurrucada en el sillón más mullido de la sala, un sillón que era tan viejo como la mamá de Luis y por lo visto mucho más aguantador porque se veía casi nuevo. – M´ijito ¿vas a salir hoy?- le preguntó con ese tono de inocencia fingida que les sale naturalito a las abuelitas. – No salgas hoy Miguelito. Quédate conmigo a ver la tele-. Le dijo mientras palmeaba el lugar a un lado suyo en el sillón.-El Pedrito y la Itatí ya se están empezando a ver con buenos ojos.-
Luis no sabía que responder a eso y le partía el corazón tener que decirle que no a la viejita, pero un hombre tenía que hacer lo que un hombre tenía que hacer. – no Abue, a mi no me gustan las novelas. Ya quede con mis compas para ir al Antro. – ¡Jesús, María y José! ¿Vas´ir a un antro? chamaco pelado este ¿pues que te enseñamos en esta casa?- estaba a punto de levantarse cuando Luis la detuvo.- No Abue. Así se le dice a un lugar para ir a bailar- le dijo mientras la hacía sentarse.- Además ni me voy a tardar regreso como a las dos de la mañana- la abuelita lo miró con los ojos muy abiertos y las cejas enarcadas detrás de los gruesos cristales de sus anteojos.- Mira Miguelito déjame te cuento algo ¿sí? Siéntate aquí junto a mi.- Doña Cuca (que así se llamaba la abuela) apagó la tele y tomó las manos de Luis obligándolo a sentarse.
Hace muchos años cuando era joven se organizaban unos pachangones de Santo Padre mío, aquí en Tepic. Había grupos que se llamaban “sonoras” y venían desde la capital a tocar canciones de danzón y otros bailes más decadentes, yo iba con mis papás a todos los bailes que podía. Era un trompo pa´eso de mover el esqueleto y tenia muchísimos pretendientes. Tu abuelo estaba bien guapote y yo lo traía de un ala pero cuando iba con mis papás pues no podía verlo porque no sabían que éramos novios. Así que en los bailes yo me daba gusto bailando con muchos muchachos.
Un día que se iba a dar uno de esos bailes mi mamá me dijo que le daba mala espina que fuéramos, que mejor nos quedáramos en la casa pero en ese entonces no ir a los bailes era lo peor que le podía pasar a una muchachita como yo. Le rogué, me le tiré al suelo y cuando llegó mi papá le dije que me había portado bien y que me merecía ir al baile como me habían prometido.
Mi papá era un señor de esos de bigote encerado y trajes muy finos. Decía que había sido compinche de juegos de Amado Nervo cuando los dos estaban chamacos. Era un señor leído y escribido como decían antes y por sobre todo, era un hombre de palabra. Le dijo a mi mamá que él había empeñado su palabra y que la niña (o sea yo) había cumplido con todas las condiciones que me habían exigido.
Mi mamá empezó a decirle que le daba mala espina salir ese día y hasta lo intentó chantajear pa´ que nos quedáramos pero mi papá no se dobló. Así que con todo y las quejas de mi mamá nos arreglamos y salimos pa´ la plaza. ¡Estaba todo tan chulo! Con papel picado colgado de las casas y la música se oía desde varias cuadras antes de llegar.
Cuando llegué le pedí permiso a mi papá de irme con mis amigas y me fui corriendo a esperar que algún muchacho me sacara a bailar. En ese entonces Tepic tenía renombre y venia gente de fuera a contratar mariaches y músicos. Así que en esos bailes no era raro ver a gente desconocida fascinada por las muchachas e incluso se sabía de dos o tres ocasiones en que se las robaban y luego regresaban a casarse con ellas. Mi papá estaba muy atento a quien me sacaba a bailar y si no le gustaba el muchacho o no lo conocía me echaba unos ojotes pa´que no bailara con él.
Se dieron las diez de la noche y el grupo musical había dejado de tocar poco antes, ya todos se empezaban a retirar cuando un señor altote y guapote de barba y bigote de catrín se acerco a la orquesta y les dio un fajote de billetes para que siguieran tocando. Todo el mundo vitoreó al señor y la banda tocó como si apenas empezara. Las parejitas se empezaron a formar y hasta mis papás bailaban bien pegaditos. Mi novio se había ido como a las nueve porque entraba a trabajar muy temprano y yo ya estaba cansada asi que cuando me pedían bailar les decía amablemente que no y me dedique a ver a todo el mundo bailar.
La orquesta tocaba cada vez más rápido y más fogoso, el ritmo hacia que todos estuvieran bien pegaditos ¡y se echaban unos ojos! Yo me levante cuando vi a mi madre, tu bisabuela, apergolada de mi papá (si, si, yo también hice las mismas caras que tú estás haciendo ahorita Migue). Pero cuando me dirigí derechito para separarlos, el mismo catrín del billete me tomó de la cintura y me empezó a bailar. Me veía con unos ojos negros, negros y sonreía con su cara bien pegada a la mia, nariz con nariz.
Lo primero que pensé fue: si se entera mi Ruperto ¡Me mata! Y también se carga al catrín este. Y ya después de eso la mera verdad no pude pensar. Me tenía agarrada tan fuerte que yo sentí que se me subía el calor a la cara y luego sentí que se me doblaban las piernas. La música seguía sonando y todos bailaban sin poder parar el catrín comenzó a lanzar carcajadas y cuando me iba a besar sonaron las campanas de la iglesia.
Al tañer de las campanas la música paró y la gente cayó al suelo agotada. El catrín lanzó un grito que pareció un ladrido y probablemente lo fue porque me soltó y comenzó a correr hacia la catedral primero como hombre y de repente a cuatro patas. Cuando llego a las puertas de catedral lanzo un aullido que nos heló la sangre y subió por una de las paredes hasta desaparecer de vista en el techo.
Todos nos miramos atónitos, sin dar crédito a lo que habíamos visto. Mi papá levantó a mi mamá y cuando pasaron junto a mi me jaló del brazo y no paramos hasta llegar a la casa, donde nos pusimos a rezar el rosario varias veces y mi papá nunca volvió a llevarle la contra a mi mamá. Al día siguiente todos actuaban como si nada hubiera pasado. Pero el pueblo entero sabía que habíamos visto al diablo.
Te digo todo esto, Migue, porque hoy también tengo el mismo presentimiento que mi mamá hace tantos años. También en tiempos de tu mamá pasó lo mismo en una dichosa “disco” que se llamaba “El Barba Roja”. En esa ocasión también me dio mala espina y tu mamá como buena hija que es me obedeció y no salió. Creo que hasta se llevó a una muchacha y todo. Así que hazme caso y no salgas hoy, ¿sí?”
Luis la abrazó para tranquilizarla pues la pobre viejecita temblaba de nervios al recordar todo aquello. Se veía que le afectaba mucho y que creía cada palabra. Había llevado una clase de psicología en la prepa y sabía que a eso que su abuelita le había pasado se le llamaba histeria colectiva. Para dejarla descansar le dijo que solo iba a ir a casa de unos amigos a echarse unos botes y regresaba como a las doce. Su abuelita lo felicitó por ser tan buen niño y lo santiguó tres veces dándole su bendición. Él le besó la mano, después la frente y salió antes de que su abuelita lo pudiera entretener con algún otro recuerdo, producto de la falta de televisión cuando estaba joven.
Mandó mensajitos por el celular a sus amigos mientras se subía al taxi. Se entretuvo jugando Tetris y cuando el taxi lo dejó en la puerta levanto la vista extrañado. Estaba solo. No había nadie frente al antro y cuando se acerco solo vio un letrero que ponía: cerrado por remodelación.
-¡Con una chingada! ¿Porque nadie me avisó?- Acercó su cara a las jambas de la puerta y por un resquicio vio montones de arena y andamios. Pateó las puertas mientras “se encabronaba” (no hacia berrinche, los hombres no hacen berrinches, se encabronan). Una voz a su lado lo sobresaltó.- A mi tampoco nadie me avisó. Alguien la va a pasar muy mal esta noche- dijo en un tono bajo y amenazador, con coraje contenido.
Luis volteó para ver a su interlocutor misterioso. Era un tipo de un metro con ochenta centímetros por lo menos. Treinta y tantos años, bronceado, con el cabello negro, ondulado y ligeramente largo. Vestía una camisa finísima de lino negro ligeramente abierta. Sus zapatos eran puntiagudos y perfectamente boleados. Todo en el gritaba: dinero. Por un momento Luis pensó que era un narco pero se veía demasiado elegante. No, tal vez político o empresario de fuera.
-¿Sabes? Es curioso como las cosas no siempre pasan como uno las planea. Ya ves, hoy venia a bailar después de mucho tiempo de no hacerlo y me encuentro con el lugar de moda cerrado. Como anhelo los días en que lo único que podía detener un baile era un terremoto. Pero parece que la noche me trajo una agradable sorpresa.- le dijo a Luis en un tono bastante más amable, mientras sacudía bolitas de pelusa imaginarias de su camisa.- Los tiempos han cambiado. Recuerdo cuando el danzón era un baile casi obsceno y la lambada era el baile prohibido, ambos ahora tan pasados de moda y aburridos como la matatena o las canicas. No, mi querido Luis, en estos tiempos el baile se hace separado pero lo obsceno viene después.- soltó una carcajada profunda y sardónica.- ¡En fin! Me siento con ganas de hacer travesuras hoy, hazle caso a tu abuela y quédate con ella porque hoy tengo ganas de divertirme. ¡Ah! Dale un beso a tu madre de mi parte, dile que por los viejos tiempos. ¡Era una diosa bailando! No la juzgues tan duramente a la pobre.-
Le puso la mano sobre la cabeza a Luis y le revolvió el cabello con un gesto paternal. Le guiñó un ojo y le dio la espalda mientras se alejaba para cruzar la calle y perderse entre la gente que entraba en ese momento a uno de los bares de la zona.
Luis se quedó parado frente al antro durante cinco minutos tratando de entender que había pasado. Paró un taxi y le dio la dirección del trabajo de su mamá. Estaba seguro de que hace 19 años él si se llevó a una muchacha del BarbaRoja. Su mamá tenía que responder a muchas preguntas.










Love it..
si es cierto ke se aparecio el diablo horrible
dice celso que le da un churro de mota al diablo para que se ponga al 100% jejeje