Eran finales de los sesenta. En India, el gobierno comenzaba a considerar un problema a los hippies de Goa, aún cuando el hashish fue legal hasta mediados de los setenta.
Por ahí alguien descubrió que en Katmandú por 50 dólares mensuales se tenía casa, comida y diversión y así una ola de vagos psicodélicos emigró al norte. Los principales asentamientos de hippies se dieron específicamente en una calle que sale a Durbar Square1 y todavía lleva el nombre de “freak street”. Hoy simplemente turística, hace cuarenta años tuvo la reputación de ser el lugar donde nada podía causar shock, la gente no se bañaba, se encontraban todo tipo de sustancias, se buscaban encuentros exóticos y algún atajo a la iluminación.
Simultáneamente al norte de los Himalayas, los lamas tibetanos eran testigos de la destrucción que sus monasterios, bibliotecas, templos y stupas sufrían a manos de los comunistas chinos. Muchos escaparon a la India, pero algunos otros emigraron a Nepal, que también tiene una vieja y profunda conexión con el budismo aunque su población sea mayoritariamente hinduísta. Por poner un ejemplo el lugar del nacimiento de Siddhartha Gautama -Lumbini- se encuentra al sur del país.
Ser hippie en los sesenta significaba estar en la búsqueda de un estilo de vida alternativo, cuestionar a tu sociedad y todos sus esquemas heredados. Algunos se limitaban a meterse drogas evitando sistemáticamente cualquier actividad productiva, pero otros buscaban aunténticamente una vida espiritual.
Muchos gurus y charlatanes hicieron su agosto con la ingenuidad y fantasías de estas pobres mentecillas, pero también hubo encuentros muy interesantes.
Fue en Swayambhu, al oeste de Kathmandu, donde los daneses Hannah y Ole Nydahl conocieron a S.S. el 16º Karmapa, cabeza de un linaje de budismo tibetano2, quien los transformó de los narcotraficantes que eran, en realizados maestros, (con los debidos años de estudio y meditación de por medio, claro está).
En una colina con vistas a Bouddhanath, al noreste de la ciudad, una princesa rusa compró un terreno y lo regaló a su maestro, Lama Yeshe, para que empezaran Kopan, el primer centro para budistas occidentales. Los otros tibetanos se reían de Lama Yeshe cuando éste se hacía un sandwich y le preguntaban si ahora que era rico iba a dejar de invertir en comida. Con su escaso inglés tradujo los textos para principiantes e instruyó a los hippies interesados para que volvieran al redil en asuntos tales como el sexo libre. “Todo acto tiene que estar motivado por una mente altruista, se debe poner la felicidad de los demás por sobre el alivio físico que se pueda conseguir”. Algunos hippies incluso terminaron ordenándose como monjes.
Lo dijo la monja inglesa Tenzin Palmo (que no era hippie) en Guadalajara. “Los budistas indios estaban renuentes de enseñar el Dharma a los tibetanos, los contemplaban como un pueblo bárbaro sin ninguna sensibilidad espiritual. Cuando las invasiones musulmanas en el norte de la India pusieron en entredicho la supervivencia de la tradición, vieron en los tibetanos a su último recurso. Ahora que los chinos controlan Tibet, los tibetanos nos ven a nosotros, occidentales, como bárbaros sin sensibilidad alguna para la vida espiritual, pero nuestro interés es su último recurso”.
Como no sé nada de antropología ni de sociología (¡ayuda, humanistas!), no sé si esto contaría como un proceso de transculturación, ya que afecta a un sector diminuto de las poblaciones occidentales. A parte habrá que ver si la verdadera tradición sobrevive a los turistas espirituales de las sociedades de este lado del mundo. Pero seguro se preguntarán, “si de todos modos el budismo está vivo en países como Tailandia, Sri Lanka y Myanmar, ¿por qué la necesidad de conservar el budismo tibetano?”. Lo que pasa es que el budismo se desarrolló en tres grandes ramas de acuerdo a las necesidades y capacidades de distintos estudiantes y la rama más sofisticada, la más compleja, rica y demandante, es la que transmitió India a Tibet. Es el famoso, mítico e incomprendido Tantra.
Por lo pronto lo que empezó en Kopan hoy es una gran asociación que se llama FPMT3 y el controvertido Lama Ole fundó una red de centros llamada Camino del Diamante. Actualmente ambas escuelas atienden a decenas de miles de estudiantes occidentales y por supuesto, no son las únicas que existen. Pero el tiempo dirá qué tan trascendentes fueron estos encuentros en Katmandú.
Notas
1. La plaza principal.
2. Su Santidad es en realidad un título occidental que se ha venido utilizando para las cabezas de los distintos linajes o escuelas de budismo tibetano, como S.S. Dalai Lama para los Gelugs, S.S. Karmapa para los Kagyus y S.S. Sakya Trizin para los Sakyas. Algunos títulos comunes en la tradición son Tulku, para maestros reencarnados, Rinpoche que significa “precioso” y se utiliza para maestros con realizaciones, Geshe y Khenpo que es como tener un doctorado en flosofía y Lama, que se utiliza simplemente como maestro.
3. Por sus siglas en inglés Foundation for the preservation of the Mahayana tradition, Fundación para la preservación de la tradición Mahayana.











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