La esposa del hombre más viril del mundo

Espartaco, la película.

A mis estudiantes del norte de Jalisco,
del sur de Zacatecas y de la Sierra Huichola.
Infatigables, en su mayoría.

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El niño vende periódicos con su hermanita. Los dos pequeños llaman la atención porque siempre andan juntos, él tiene ocho años y ella seis. El chico coge a la hermana de la mano cuando cruzan las avenidas del barrio de Brooklyn, sitio plagado de migrantes: hervidero de variadísimas razas, mentalidades, costumbres, etnias e ideologías, así como de pandilleros y delincuentes de los que tienen que cuidarse a cada paso y en cada esquina, como en una jungla citadina, para sobrevivir y llevar el pan a su mesa. Es el Nueva York de los veintes. Los vecinos los conocen, los cuidan, los protegen, les compran a ellos específicamente el periódico, aunque no hay mucho dinero en ningún lugar para darse el lujo de leer las noticias.

Se ven obligados a trabajar desde pequeños porque su padre, un judío ucraniano emigrado a los Estados Unidos, quedó en paro cuando la fábrica donde trabajaba entró en huelga. Son los inicios de la depresión en Norte América. Su madre, una judía inglesa también emigrada, apenas se da abasto cuidando a otros tres pequeños y preparando las papas cocidas y el pan de trigo de tercera que apenas pueden adquirir.

Por otro lado, en ciertas clases sociales poco favorecidas de cualquier lugar del mundo, incluyendo los Estados Unidos, la línea divisoria entre infancia, adolescencia y adultez, resulta demasiado borrosa. En muchos casos, la infancia se acaba rápido, casi con la misma velocidad con que llega, pues los chicos tienen que luchar por el bocado que se llevan al estómago cada día. Poco tiempo tienen para jugar. De la adolescencia ni se diga: muchos niños, hijos de obreros y desempleados desde luego, ni siquiera la conocen. Las responsabilidades de la vida adulta los absorben de antemano: se trata de trabajar o morir de hambre. Ser adolescente es un lujo exclusivo de los grupos sociales privilegiados.

Tales vivencias y reflexiones sobre la vida humana, la pobreza y el desarrollo de las personas desposeídas, plagarán sus  recuerdos y poblarán más adelante las novelas que el muchacho, este joven papelero quien deambula junto con su hermana, escriba cuando se convierta en escritor.

Eso es por las mañanas, porque por las tardes el chico asiste a diario a la Biblioteca Pública de Nueva York. Lee imparablemente, el autodidactismo será su única escuela para el resto de su vida.

A los 18 años de edad, en plena depresión gringa, publica su primera novela, sin demasiado éxito. Emprende un recorrido por toda la Norteamérica deprimida viajando de autostop, como dicen los gringos, o pidiendo aventón. Abordando vagones de trenes de carga, comiendo salchichas y frijoles de lata en cualquier hoguera, codeándose y departiendo con vagabundos y viajantes bohemios.

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Cien años antes de nuestra era, en pleno esplendor militar del imperio romano, la situación que enfrentan los niños y jóvenes hijos de esclavos, no es tan diferente.

En una mina de oro del norte de África los niños son obligados a trabajar durante todo el día. Los infantes resultan especialmente útiles a los propietarios romanos, pues dado su tamaño, pueden introducirse en las grietas y orificios del subsuelo en busca de los filones dorados, donde un cuerpo de esclavo adulto no entraría jamás.

Laboran jornadas de 18 horas a diario, sin ningún día de descanso. Únicamente se detienen durante treinta minutos, al medio día, para ingerir un potaje de cereales que les proporcionan los amos como alimento, quienes a ratos escinden sobre ellos sus látigos. Y vaya que saben utilizarlos para acertar en las zonas más sensibles de aquellos jóvenes esclavos que se nieguen a obedecer: desde la ingle hasta la cara y el cuello.

Los cuerpos de los esclavos son sometidos sistemáticamente a un proceso de deshidratación constante. Sólo pueden beber diariamente una taza pequeña de agua, deberán conservarla y cuidarla por sobre todas las cosas, pues no recibirán otra. Sin embargo, en el desierto y con el trabajo físico, el organismo no cesa de transpirar y consumir líquidos; el agua que reciben no es suficiente para recuperarse. De modo que a los cuatro o seis meses los niños y púberes mineros mueren, presas de insoportables dolores en los riñones. Luego sus cuerpos son arrojados a las arenas del desierto, para ser devorados por las aves y los chacales. Pero aquello no es importante, se pueden morir los que sean, pues con las conquistas del imperio romano por sobre los pueblos bárbaros, el mercado de esclavos está infestado de jóvenes candidatos para las minas. La mano de obra es abundante y barata de mantener.

Por las noches, los esclavos son aglutinados en cloacas excavadas en las montañas, las cuales jamás son aseadas. Los forzados defecan y orinan diariamente al ras del suelo y frente a los otros; a la media noche mueren algunos pequeños de fatiga, cuyos cadáveres sólo son colocados por otros esclavos en el fondo de aquellas madrigueras infestas y se quedan ahí descomponiéndose. De modo que el piso de tales prisiones se encuentra alfombrado de desechos putrefactos acumulados a lo largo de años. La finalidad es clara: convencer a los esclavos desde niños que no son seres humanos, que sólo son carne de cañón para enriquecer al imperio. Roma Victori. Viva Roma. Todo por Roma.

Esto es lo que contempla Espartaco, un joven tracio, hijo y nieto de esclavos todos los días. Pero no se resigna a dejar de ser hombre, ni los castigos, ni las jornadas laborales lo convencen jamás de que él no es hombre, como quieren hacérselo creer los romanos. Su abuelo, un esclavo proveniente de una isla griega le enseñó a recitar la Odisea y la Iliada desde niño, también a escribir un poco. Ningún ser que sea capaz de declamar a Homero puede dejar, por ningún motivo, de ser un ser humano, piensa Espartaco.

El resto de los tracios ama el amor a la vida de Espartaco, también lo aman a él. Por las noches en sus celdas el tracio les recita a Homero, y los esclavos, no sólo los griegos sino los egipcios, los judíos, los cartaginenses, los sirios y los africanos, lo escuchan con ojos y bocas abiertas, conmovidos. La gente de su tribu lo busca para hablarle de sus cosas y confiárselas, piden su consejo, lo llaman “padre”, aunque apenas tiene veinticinco años.

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El joven escritor quien viaja de autostop en plena época de depresión gringa se une al Partido Comunista norteamericano, sigue escribiendo y leyendo sin descanso. Muy pronto es inscrito su nombre en una lista negra del FBI, compuesta por individuos considerados como peligrosos para la sociedad por el conservador gobierno de USA. En aquel entonces escribe una de las primeras novelas que lo hará famoso: Mis Gloriosos Hermanos, sobre la defensa organizada por los judíos contra la invasión del imperio griego hacia Tierra Santa. Los temas fundamentales de sus libros son la búsqueda de la justicia, la comprensión de los pobres y los desposeídos, pero principalmente la lucha contra los imperialismos y la reivindicación de los oprimidos. Su nombre es Howard Fast.

En pleno periodo de MacCarthy el escritor Howard Fast es mandado llamar por el FBI, se le acusa de colaborar con un grupo de norteamericanos, quienes organizaron una partida de dólares que fue enviada a un grupo de refugiados republicanos en Francia. Los refugiados huyeron de España evitando la represión de Franco. En Toulouse, con el dinero que reciben de los americanos, los republicanos fundan un hospital para niños, hijos de comunistas y anarquistas españoles.

MacCarthy pretende forzar al escritor a que le proporcione una lista con los nombres de los ciudadanos gringos que colaboraron. Es obvio que los Estados Unidos se convirtieron en aliados, por conveniencia, de Francisco Franco. Fast se niega desde luego a convertirse en soplón, y es enviado a prisión, acusado de actividades de espionaje y conspiración.

En la cárcel comienza a escribir su novela más celebrada: Espartaco, sobre la vida de un esclavo, quien encabeza una rebelión contra el Imperio Romano. Cuando está a punto de terminarla, tras más de un año preso, MacCarthy advierte a todos los editores que no se la publiquen por ningún motivo, bajo amenaza de cárcel. Howard Fast se ve obligado a publicarla por su propia cuenta, financiándola con sus ahorros producto de trabajos manuales en la cárcel y la ayuda de su esposa obrera. En menos de dos años vende más de un millón de copias, sale de la cárcel y logra reeditarla, igualmente de manera independiente.

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Espartaco es comprado por un entrenador de gladiadores, un lanista, y llevado al sur de Italia, a una escuela de gladiadores. Ahí consigue ganar el amor del resto de luchadores. Les recita la Odisea, los escucha, los aconseja, comienza a convencerlos de que también son seres humanos, igual que sus amos. No menos que ellos. Los versos homéricos, su escucha atenta y sus palabras sencillas serán el principal instrumento de rebelión. Un gladiador judío, Yejoshua, quien fue convertido en esclavo tras unirse junto con su padre a una fracasada rebelión en Jerusalén contra los romanos, cuando escucha la historia de Ulises, que perdió al igual que él su patria y luego luchó durante toda su vida por recuperarla, se convierte al instante en seguidor del tracio.

Espartaco toma a una mujer llamada Varinia, una hermosa esclava germana quien fue raptada en los bosques del Norte de Europa dos años atrás. La muchacha tiene 21 años y le es cedida por el lanista romano como concubina. Pero no la hace su esclava sexual como el resto de los hombres. Cuando se la arrojan a su celda, desnuda y llorando, cubre su cuerpo joven con una sábana y la deja tranquila, no tarda en  enamorarse de ella y nombrarla su “esposa”, contra toda la lógica simple y bruta de los gladiadores. Esto confunde por completo a los romanos y prepara al resto de los gladiadores para sublevarse. Comienzan a convencerse de que son hombres, iguales a Espartaco y a los romanos. Mejores que ellos, incluso.

No tarda en organizar la insurrección de los luchadores, quienes asesinan a sus celadores romanos. Los esclavos de las comarcas vecinas comienzan a unírseles. Una legión romana los persigue, pero Espartaco logra flanquearlos con sus hombres, recibiéndolos a pedradas y luego arrojándose sobre ellos hasta darles muerte. Multitudes de esclavos continúan uniéndose al ejército del tracio. Los gladiadores los entrenan y arman con los utensilios bélicos robados a los legionarios asesinados. Espartaco es elegido como líder del ejército de esclavos, su única ley es repartir el botín por igual entre todos y respetar a la mujer del otro.

Es designado un cónsul desde Roma con cuatro legiones para eliminar a los esclavos. Roma aún no sabe del todo a qué se enfrenta. Una noche, mientras los romanos duermen apaciblemente, Espartaco y los suyos caen sobre las legiones, despedazándolas y degollándolas en la oscuridad. Los legionarios mueren, no sólo ensartados por las espadas de los gladiadores y sus seguidores, sino horrorizados al contemplar un ejército de esclavos que se les vienen encima para rebanarles las gargantas. Una fila de mujeres esclavas, armadas con lanzas y lideradas por Varinia flanquea a las legiones empalándolos con sus armas.

Su ejército continúa creciendo, ganando fama, capacidad de agresión y defensa. Cuando pasan por un poblado pobre del sur de Italia, una anciana se acerca con una capa, elaborada con sus propias manos: “¿Quién de ustedes es Espartaco, dónde esta? Dicen que Espartaco es un gigante hermoso que aplasta a los romanos?” Espartaco se ríe a carcajadas, no es alto, ni bello: es de corta estatura y nariz chueca por una vieja fractura. En cuanto averigua quién es Espartaco, la anciana se arroja sobre él y lo abraza, ha tejido la capa durante un año para regalársela al líder del ejército de esclavos.

Ocurren varias batallas más y en cada una los esclavos salen victoriosos. En Roma los senadores se preguntan cómo es que Espartaco logra destruir a sus ejércitos, si entrenar y armar a una legión entera les toma a ellos cinco años por lo menos. Roma nunca estuvo ante tanto peligro, ni siquiera con la invasión de Aníbal y sus cartaginenses a través de los Alpes.

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Diez años después de publicada, cuando el escritor ha sido liberado de la cárcel, un ejemplar de la novela de Howard Fast cae en manos del actor Kirk Douglas, quien se fascina y conmueve con el libro al instante. De inmediato se la entrega al legendario director de cine Stanley Kubrick. El director también la lee, y escucha hablar de la historia de su autor, identificándose con él, entonces se convence de convertirla en guión cinematográfico y llevarla a la pantalla.

Los seguidores de MacCarthy y secretarios del FBI jamás se imaginaron que el libro que escribía aquel escritor judío de origen obrero, encarcelado por ellos, haría ganar cuatro óscares a la película de título homónimo: Espartaco.

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Todavía en la época de MacCarthy, Howard Fast se ve obligado a publicar bajo un seudónimo una serie de novelas policíacas que se vuelven bastante populares en los Estados Unidos. En los años setentas emigra a California con su familia y trabaja como guionista de cine y televisión. Logrando cada vez mayor reconocimiento a partir del éxito de Espartaco.

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Existe una postura física en la práctica del yoga que consiste en extender los brazos en sentido horizontal y abrirlos todo lo posible, de modo que el esternón, estructura ósea que unifica a las costillas, emerja cada vez más de entre ellas. Al realizar dicha postura, el practicante de yoga literalmente emula una crucifixión. Según los yoghis, dicha postura del crucificado hace surgir la personalidad profunda, subyugada ante las falsas creencias de sí mismo que le han inculcado al iniciado.

De esa manera, crucificados, murieron la mayoría de los seguidores de Espartaco, incluyendo los gladiadores que sobrevivieron a la mayoría de las batallas y probablemente él mismo. El escritor Howard Fast cuenta que las cruces con sus cuerpos sacrificados abarcaban kilómetros y kilómetros y no terminaban. Miles de rebeldes murieron con su líder de tal forma.

Por su parte, tras derrotarlos, los legionarios romanos se disputaban a Varinia, la mujer del tracio. Querían quedarse con ella. El comandante que derrotó a los esclavos. quien se llamaba Craso, los hizo apartar y envió a la chica, encinta, a Roma como su principal trofeo de guerra. Pero los senadores romanos también querían tener entre sus esclavas, como una preciada posesión, a la mujer del hombre que casi destruye el imperio. Un importante senador llamado Graco ofreció la mitad de su fortuna por ella.

¿Porqué importantes personajes de la aristocracia y el ejército romano querrían poseer a una sencilla esclava gala, quien además se encontraba embarazada?

A medida que el yogui aprende a extraer su esternón extendiendo sus brazos como un crucificado, va haciéndose crecientemente más viril. Los senadores y militares romanos de alto rango vendían sus propias vidas y su dignidad a cambio de favores y un lugar en el senado. Ofrecían, literalmente, el manso culo al César, como dice un poema de José Emilio Pacheco a cambio de un lugar junto al emperador. Conforme un hombre cede espacios de sí mismo, o los pierde, a cambio de poder o dinero, se debilita paulatinamente desde el punto de vista de su virilidad. Un experimentado yogui me contó una vez que un hombre quien es doblegado en la institución donde labora, tampoco posee el respeto de su mujer ni de sus hijos. A menudo, los problemas de erección de algunos hombres están relacionados con un quebrantamiento de su personalidad: literalmente han sido subyugados por las instituciones a las que están inscritos, incluyendo su familia, su trabajo y las instituciones religiosas, mismas que del mismo modo contribuyen al control de los seres humanos y a su homologación con el pacífico pero enfermo y frustrado rebaño. Se sabe que algunos grandes dictadores de la historia, amén de los personajes cercanos a ellos y a su poder, padecían severos problemas de erección o mantenían ocultos graves problemas de personalidad homosexual reprimida.

La crucifixión fue un castigo que los romanos adquirieron de sus enemigos los cartaginenses, práctica de origen fenicio utilizada al norte de África con los traidores. Al ser crucificados, Espartaco y sus seguidores paradójicamente derrotaron a Roma, pues ni con la muerte de los esclavos el imperio logró vencer a los insurrectos. Muchísimas generaciones de ejércitos bárbaros, los cuales más tarde derrocarían el poder de Roma siguieron cantando sus recuerdos al gladiador tracio y emulando su fortaleza.

Probablemente Jesús de Nazaret fue también el hombre más viril de su época, su muerte trascendió a sus enemigos de la misma manera que Espartaco, muriendo en la cruz, igual que él.

Para suerte de Varinia, un senador romano enamorado de ella consigue dar toda su fortuna a cambio de la libertad de la chica. La esposa de Espartaco fue liberada en tierras galas, en donde vivió hasta su muerte. La novela de Howard Fast sugiere que tuvo un hijo, también llamado Espartaco, quien guió un ejército de bárbaros germanos contra las legiones romanas. La esposa del hombre más viril de su tiempo escapó al final de las garras de los senadores junto con su hijo.

Al llegar al final de la novela nos preguntamos si acaso, aquellos afeminados corrompidos no envidiaban la virilidad del tracio al pretender comprar y poseer como un objeto a la esposa de Espartaco. ¿Pero, se puede comprar la propia virilidad como una prenda o un caballo? Dicen los Evangelios Apócrifos, por cierto, que Jesús de Nazaret conoció  el amor erótico de bastantes mujeres, gracias a las cuales llegó a convertirse en maestro. ¿No será acaso la erguida postura del crucificado, la de un hombre libre y de poderosas convicciones, inquebrantable, poseedor de un miembro  igualmente sano y erecto hasta el máximo?

Trabajo publicado originalmente en www.avenida24.com y republicado en Extravia con permiso de su autor

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Sobre Carlos Filiberto Cuéllar

Todos los ensayos de Carlos Filiberto Cuéllar
Carlos Filiberto Cuellar. (Guadalajara, México, 1976). Es escritor y psicólogo. Sus novelas: Tristísima (Deauno.com, 2008) e Histérica y Adorada: Cuentos de Psicoanálisis en México (Deauno.com, 2007), además del libro de testimonios: Hombres de a Pie: Dos Chamanes del Occidente Mexicano, pueden ser consultadas en la página electrónica: www.amazon.com Su correo personal es: carneuro@yahoo.com.mx

3 Responses to “La esposa del hombre más viril del mundo” Subscribe

  1. Arbolesrojos 15 febrero, 2010 at 2:32 pm #

    Mc Carthy es uno de mis villanos favoritos y en cada reseña en la que aparece atrae mi atención de inmediato.

    Me pregunto que hubiera sido de Espartaco si sus seguidores se hubieran decidido por escapar con el hacia el norte, a las Galias. ¿habríase convertido en rey, habría muerto en la apacible y dulce oscuridad de una villa en las tierras bárbaras?

    Buena reseña.

  2. Carlos Filiberto 15 febrero, 2010 at 5:42 pm #

    Gracias por leerme. En la película de Kubrick se plantea la posibilidad de haber escapado en barco, pero al Norte de África, según recuerdo porque hace años que la ví. En el libro, en lugar de pretender huir, Espartaco no encuentra otra posibilidad más que la de marchar rumbo a Roma y en un momento dado derrotarla, cosa que no estuvo tan lejana de cualquier manera, pues su ejército de esclavos destruyo a muchas legiones.
    Empero, pienso, si hubiese logrado huir, no habría pasado a la historia como inspirador de todos los revolucionarios del munod.

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  1. Bitacoras.com - 15 febrero, 2010

    Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Espartaco, la película. A mis estudiantes del norte de Jalisco, del sur de Zacatecas y de la Sierra Huichola. Infatigables, en su mayoría. 1 El niño vende periódicos con su hermanita. Los dos pequeños llaman la atención porqu…..

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