Cuenta un viejo griego, un tal Heródoto, al que le atribuyen haber inventado la Historia, que hace mucho tiempo, más para nosotros que para él, que en la ciudad capital de Egipto, bajo el gobierno de Nitocris, una mujer, la vida se hizo peligrosa para los ambiciosos, quienes asesinaron a su esposo, el faraón, o por lo menos eso es lo que los rumores llevaron hasta sus oídos de viuda. Con la habilidad de una hermosa mujer, de una necesitada de apoyo y fuerza, promovió entre los generales y los jefes de los palacios, que asistieran a un banquete, donde ella escogería al sucesor y futuro faraón.
En secreto ordeno a un grupo de sirvientes viejos que prepararan una cámara para el banquete. Muchos de sus esclavos eran ciegos, mudos o locos que apenas la obedecían, nadie sabe como logro que ellos cumplieran la petición y menos como hizo para que guardaran en secreto sus mandatos. Yo creo que fue el extravío de la razón, pues la venganza, aunque divina, no pertenece a los mortales.
Cierto día, cuando todos ya se encontraban en la ciudad, Nitocris mando a sus mensajeros, invitándolos, llamándolos elegido, con música de palabras dulces, y gestos indiscretos.
Pronto la cámara estuvo llena, cada uno de esos hombres, confiados en las vagas palabras, tomaron vino y comieron, esperando a que la señora. A la mitad del banquete, ella entro y marco un silencio. Sonrío a un lado y otro. Señalo un pequeño orificio por el que penetraba la luz de sol. Uno de sus sirvientes lo selló, la piedra estaba labrada con la imagen divina del sol. Con una gran sonrisa, exclamó: Quien logre abrirlo será mi nuevo amo. Dio la vuelta y corrió hasta la puerta, que también fue cerrada por sus viejos.
Todos se miraron. El agua del divino Nilo comenzó a entrar. Y me atrevería a pensar que ella también contenía talismanes.
Así vengó Nitocris a su amado hermano y esposo. Él, el sol reencarnado no había considerado a ninguno digno de servirle y los había dejado ahogarse en su madre, el viejo río.
Dos, Mil años después
Nadie sabe quién o porqué se invento la segunda leyenda de Nitocris, la reina asesina, o la justiciera, según gustes, pues aún un necio la llamó la reina gul, lo hizo un niño perdido y amarrado a las faldas de su madre, uno llamado H.P. Lovecraft.
Cuenta que cuando las tropas del poderoso Imperio Persa conquistaron una vez más al viejo Egipto, y Darío entro a la capital, se encontró con una tumba elevada, en la que reposaban los restos de Nitocris, la mujer faraón. Y bajo ella, una inscripción que decía: “Si algún rey de Babilonia posterior a mí anda escaso de dinero, que abra mi tumba y tome el dinero que quiera; ahora bien, si en realidad no se ve en la escasez, que no la abra bajo ningún concepto, pues no le reportará beneficio”.
Darío, que no entendía de las costumbres ni las tradiciones de esa gente, decidió entrar. Aunque para ello tuviera que pasar bajo el cadáver de la reina y del séquito que la acompaño a ultratumba.
Un guerrero de su guardia lo acompañó llevando una antorcha.
El lugar olía a desierto, a viejo y a leyenda. Tras el portón había un pasillo largo, que descendía y del que apenas podía verse nada.
Darío, con su imprudencia de rey joven, de uno que ha conquistado la fortuna y ha mirado como el azar le sonríe, se emocionó. Más que el oro, deseaba ser un dios para sus nuevos súbditos, y ganar gloria eterna.
Así pues dejo a su guardia detrás y bajo. La escalera de dura piedra terminaba en una gran cámara, tal vez aquella donde ahogara a los malditos. Y vacío del todo, pues ni el polvo había llegado allí, mostraba unas palabras duras: «Si no fueras codicioso y mezquino con el oro, no abrirías los sepulcros de los muertos, pues nada falta al que posee la vida, aprende de mí que he sabido tomarla en justicia».
Darío salió, y sin más ordenó que aquella fuera derruida.




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Que horrible le quedo el titulo al editor, ojala lo arregle.
En proceso, gracias por la observación. Por cierto, muy interesante tu programa de radio. Espero invitarlo al nuestro pronto.
Oye, y vaya que luego pagó cara su osadía Darío, pues acabaría perseguido por el desierto, correteado por las lanzas de las falanges de Alejandro Magno.
Si, aunque ese es otro Darío (me doy cuenta de que no hago le diferencia en el texto), como siempre, a los reyes y gobernantes les da por copiar lo irrepetible, y hubo otros dos daríos más, II y III. Quién sabe, tal vez aquella frase de la Biblia: los pecados de los padres… se cumplió aquí.