En el corral de los Téibols
Abracé a mi chica, estaba sentado entre ella y uno que me contó que tenía Sida. Me evadí viendo a la gente en el bar, música a todo volúmen, chavos que simulaban tener sandías bajo los brazos y muchas chicas. Dos de ellas bailaban sobre una barra con un contoneo muy familiar que no ubiqué, eran guapas y voluptuosas. Las observé hasta que una sinapsis dió un codazo a la neurona adecuada y me iluminé: “¡Son teiboleras!”
Hace un par de años, creo, que no voy a un bule, y en los últimos diez años he ido tres veces, quizá. Si ya no asisto no es por que ser más “sano”, “noble” o “mocho”, soy tan depravado como cualquiera, sino por la desilusión que ya me representan ésos antros.
Como adolescente los téibols tienen una atracción hipnótica, despiertan el morbo de lo prohibido, disparan la imaginación pensando en que ocurre tras esas puertas y bueno, a ésa edad el líbido se despierta hasta con un documental de puercoespines.
De hecho es un acontecimiento social ir al primer bule, dejen que las quinceañeras tengan su pastel, los hombres tienen su “sexy” –a fin de cuentas todos terminan embarrados, supongo-, y dependiendo de si imprudentemente llevan tarjeta de crédito, quizá más.
Sí, en su momento fui a bastantes bules, podía dar una clasificación de casi toda la zona roja de la ciudad. Era habitual ir en viernes, con un par de amigos que habíamos decidido que si íbamos a ir a un bar a ver chavas, mejor ir a donde no nos baterían y además nos bailarían desnudas –no creíamos que pudieramos ligar-.
Recuerdo las primeras veces, lleno de nervio y todo paranoico de éstar en un antro de perdición. Esperaba sentir a mi alma marchitarse en pecado… no sentí nada y la verdad al primer baile que ví ya no importó el asunto. Entonces todo era fascinación, los bailes, las acrobacias macabras en los postes, los sexys, la sola idea de que cualquier chica estaba “disponible” –tarifa mediante-.
Pero todo por servir se acaba. Pronto dejaron de interesarme los sexys, los regalaba a los amigos y me di cuenta de cuán cara era la chela. Tampoco me latía invitar una copa de 200 pesos a chicas con las que no tenía de que hablar. Iba, pero a observar lo que ocurría a mi alrededor.
Observando noté a los clientes que iban solos y charlaban con alguna bailarina como si fuera su Dulcinea; otros iban en plan de potentados, aventando lana a las chicas en su mesa, riendo en cacareos estruendosos. Unos guardaban solemne silencio mientras veían a las mujeres bailar, algunos tan idos en sus mentes que ya ni las veían.
Me di cuenta que todos estábamos ahí tapando carencias, buscando quien nos escuchara, o nos hiciera sentir poderosos y deseados -por una corta lana, claro-. Otros sólo buscaban un sitio donde estar y unos más, no necesariamente la mayoría, realmente tomaban el sitio como un bar con show donde divertirse con los amigos.
Entonces miré a las chicas. Los bules suelen tener un escenario principal y unos cuantos más secundarios. En el principal las chicas se avientan sus rutinas de striptease, encanto, seducción… y ridículos en muchos casos; en los secundarios bailan con un suave bamboleo de baile de la prepa esperando cliente –como las chicas que mencioné al principio-.
Las teiboleras tienen categorías, tal como si fueran modelos. Están las que ya son “estrellas”, las más guapas y con mejor baile y que suelen ser el gran momento del show; siguen las muy guapas pero que no bailan y las no tan guapas pero que sí bailan, más o menos al parejo. La carne de cañón son las “normales”, que son mayoría, y nunca faltan unas cuantas que nunca abandonan los sitios más oscuros del local.
Viéndolas eran guapas, observándolas me topé con sus miradas. Las noté idas, vacías en muchos casos. Busqué el “detrás de cámaras”, esos instantes en que creen que no son observadas y vi cansancio, fastidio, rutina. No era una visión de la esclava sexual resignada a su condición, más bien el mismo entusiasmo de la mujer que acomoda la mercancía en los estantes del supermercado.
Miré detrás de las candilejas y me sentí contagiado de su banalidad, fue cuando dejé de ir a bules. Desde entonces lo reservé para las salidas en grupo, aquellas en las que fuera con amigos a divertirme como en cualquier otro sitio, no a engañarme a mi mismo en un corral de espejismos.
Ha funcionado.




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Los bules siempre dan para mil anécdotas, usualmente de fiesta, sin embargo hace años conocí un chavo que trabajó en el Candys en sus inicios. Me dijo que algunas de las chicas ni siquiera sabían firmar sus recibos, apenas sabían leer. Las habían reclutado en pueblos de Jalisco con la promesa de hacerlas actrices u otras ondas y habían terminado de teiboleras, quizá de ahí la mirada vacía.
Esplendida exposición, yo he ido en todos los caso que presentas, pero el principal es para ir a divertirse, como en cualquier antro.
Cuando llevas chicas es mejor.
eso es como llevar cocos a colima pero lol
:S super fuerte, me encantoo.
Gracias!!!
Fafahrd, no todo lo que brilla es oro… pero si brilla lo que deseamos que brille.
Alograg, cierto… yo también ido en esos planes… excepto el de potentado. Incluso con chicas, de una amiga me preguntaron que cuánto por ella.
Y no Adolfo, le da un giro distinto a las cosas, dependiendo la persoladiad de la chica con que vayas -siempre que no te de baje con las chavas-.
Miriam, gracias!!! ¿On ta lo fuerte?
Jajajajaja!!! Adon, deja de usar mi PC, aunque sea del Ocho!!!