L o reconozco, soy un chillón de primera. Veo una película de Pedro Infante y Sara García y sin querer ni poderlo evitar me tiemblan los labios y comienzo a hacer pucheros. Siento como mi pecho sube y baja intermitentemente mientras gordas lágrimas caen de mis ojos. Las desventuras del nieto que pierde a su abuela y aunque sé que no existen los personajes, me hermano con ellos, me emborracho de sus dolores y me estremezco ante las injusticias de sus vidas.
¿Cómo explicarme tanto llanto? Y no hablo del llanto en la pantalla sino del mío propio. ¿Cómo justifico que yo no pueda llorar ante la muerte de un ser querido y, en cambio, me deshaga en mocos y sollozos? En realidad no puedo y creo que no quiero hacerlo.
Creo que el cine de antes, el cine de la época de oro tenía algo que no tiene el cine actual: magia.
No solo se trata de que ahora somos más cínicos y que cualquier hijo de vecino habla de encuadres, iluminación, fotografía, tomas e intensidad dramática. Yo vivo en esta época, yo soy un cínico y sin embargo, lloro.
No se trata sólo de que ahora las actuaciones sean mejores porque son más reales y los personajes menos unidimensionales, los diálogos más sencillos y las caracterizaciones más fieles. Todo eso es verdad. Nada de eso importa realmente. Se supondría que ante tales avances técnicos tendríamos que salir de las salas de cine extasiados, o bien, deprimidos hasta el punto del suicidio y no es así.
Es más. La mayoría de esos actores nunca oyeron hablar de apuntadores, prompters o pantallas. Se aprendían sus diálogos y provenían del teatro donde el contacto del público los forjaba y los deshacía.
Existía también el caso contrario: Pedro Infante, Mauricio Garcés y Jorge Negrete no tenían nada que ver con la actuación cuando tuvieron sus primeros protagónicos. Eran personalidades que destacaban por cierto magnetismo personal que les era propio. Ahora tenemos actores producto de un proceso maquilador, de una cadena de producción actoral y nada más, ó acaso ínfulas de actor y ganas de gozar de la fama. Poco más.
Por eso lloro como un niño cuando muere la Abuela de Luis Antonio en “Vuelven los García” porque no solo estoy ante una historia más grande que la vida misma. Personajes que son unidimensionales en el sentido que los Dioses del Olimpo lo son: arquetípicos. Por eso no dejo de llorar cuando escribo estas líneas, estoy ante la verdadera grandeza.
¿Por qué tendría que dejar de llorar?










Tan grandote y tan chillon =)
Si, hay películas y actuaciones que tocan esas fibras que nos hermanan a la mayoría, que se filtran como la humedad y nos empatan aunque nunca hayamos pasado por las experiencias que vemos o leemos… Las heridas recordadas o no aquellas pequeñas cosas son un disparador que hace que lloremos cuando nadie nos ve, porque si es en un cine que bochorno…
creo que la única película que me a hecho chillar durante horas y sin pena es IA, salí del cine llorando a gritos, me tome un café en el VIPs aun chillando y llegué a casa, dos horas después aun sollozando, ese oso me mató
:´(
Creo que parte de la magia del cine de oro es que se siente la mexicanidad, y por ello nos llega más. Actualmente el cine mexicano quiere ser gringo o de critica social, pero olvidando ese algo que nos distingue.
Y tienes razón con lo del carisma de esos actores. Entonces contrataban a los de talento, ahora agarran a cualquiera y quieren que lo “compremos” a base de mercadotecnia.
La Época de Oro del cine mexicano sin duda tiene magia. Cierto es, también, que hoy se usa un lenguaje diferente en el cine, sin embargo, lo que incita al llanto esa esa parte de realidad que quedó atrapada en esas cintas.
En su momento, se trató de la realidad próxima que dolía y que se retrataba en las canas de Doña Sara, los bigotes de Negrete o el clásico chiflidito romántico de Pedro Infante.
Hoy, se trata de esa misma realidad no vivída pero que cala porque nos
regala una nostalgia que casi se toca.
Yo tampoco puedo evitar llorar con esas películas y no creo que alguien deba negarse al alivio de derramar una que otra lagrimita frente a la pantalla.