Puertos

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N o hay nada como tocar el límite entre la tierra y el agua, ahí donde se funde lo nuevo con lo cotidiano.

Los puertos están como llenos de magia. Y uno flota sobre ese borde como burlándose de una ficticia cuerda floja. Justo en el límite, justo sobre él… no hay lugar más emocionante: sobre un muelle uno siente que puede contemplar el resto del mundo.

Nada más mágico que ver llegar un barco, el transporte por mar es tan ventajoso que aún con el pasar de los siglos no lo sustituimos con nada.

Si en mi siguiente vida se me pregunta dónde quiero nacer, sin duda elegiré un puerto, uno tropical; con mezcla de sabores y razas, lleno de inmigrantes de los lugares más recónditos e inimaginables. Con lluvia y con calor y de vez en cuando frío; con gente sencilla, sincera y sabia.

Ahí el tiempo no corre igual, no le hace las mismas cosquillas a los lugares. En los puertos la gente le impone a la vida su propio ritmo y la hace respetarlo. Y se deleitan con esa comida deliciosa; y caminan con la ligereza de quien baila a un ritmo suelto; y el sol brilla calentando paternalmente lo que toca, no hiriéndolo.

Se funde el pasado con el presente, y todo es historia: un malecón iluminado por la luna; un cargamento llegando de África; y si uno entorna bien los ojos puede ver  bajar de un barco muy grande y un tanto antiguo a los que salieron de su país de origen huyendo de la guerra aquella, como una ilusión fantasmagórica.

De entre todos los puertos del mundo existe uno sólo al que estoy de cierta forma enraizada, es el puerto de Tampico. Ese lugar suena a canción lenta, a poema sin rima, a una percusión lejana con un ritmo extraordinariamente armonioso que se filtra por los poros de la piel y viaja por la sangre de las venas para finalmente acoplarse al ritmo de los latidos del corazón y así ser parte de su gente.

Ahí huele a extraordinario, a bendición, a edificios con cimientos de palma que siguen intactos después de cien años; huele también a ruinas de lo que alguna vez fue lujoso; y a niños pequeños jugando con piedras en medio de una libertad absoluta.

Andar por esas calles es como andar en  casa, con un amigo en cada extraño y una puerta abierta en cada conocido.

Y esa brisa… pulcra brisa que murmura las historias más hermosas y más terribles para luego quedarse sutilmente estampada sobre la piel. Ahí el mar es un testigo inmortal que cuenta en cada ola las maravillas eternas que ha visto a través de los siglos; y entiendo perfectamente que aunque lo empapen de petróleo sigua siendo noble, porque si yo fuera ese mar le pediría a Dios que nunca me quitara el don de mover mis corrientes, para así seguir dando vida al paisaje de ese magnánimo fragmentito de Atlántico.

Y en cada puerto que no es él, sueño que lo escucho y que lo respiro; y en cada puerto que no es él evoco esa canción lenta que me llama a volver algún día.

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Alcancé a nacer en los ochenta, a las tres horas de nacida agarré con las dos manos una mamila y me la bebí hasta la última gota, gané mi primer concurso de declamación a los 3 años; aprendí a jugar ajedrez a los 5 y a disparar un revólver a los 13. Fui invitada a colaborar en una tesis doctoral a los 18 y a los 20 decidí empezar a publicar mis escritos. ¿Un lado? La izquierda. ¿Un transporte? Jetski. ¿Miedo? Nunca a lo que debería. Estudio Arquitectura y soy muy teórica. Pienso que cuando uno se mira en un espejo se ve exactamente al revés de como es.

6 Responses to “Puertos” Subscribe

  1. Fafahrd 6 abril, 2010 at 12:16 pm #

    :) Definitivamente tienes una cualidad muuuy especial para absorber los lugares, es curioso leerte, pues describes un sitio donde uno estuvo y haces que uno sienta que simplemente soñço que estuvo ahí, jejejeje.

  2. Miriam Villanueva 6 abril, 2010 at 12:59 pm #

    jaja Gracias!! :D

  3. Rafael Vargas 8 abril, 2010 at 4:22 pm #

    Me gusto.

    No solo por que concuerdo con lo que escribes, sino por que me gusto tu manera de ponerlo.

    En lo personal me gustaría un puerto mediterráneo para navegar donde lo hizo Ulises.

  4. Tatiana Tagle 9 abril, 2010 at 3:13 am #

    “En los puertos la gente le impone a la vida su propio ritmo y la hace respetarlo.”

    Como los africanos de Marsella, que dicen “los franceses tienen los relojes, nosotros tenemos el tiempo”.

  5. Miriam Villanueva 9 abril, 2010 at 4:05 am #

    wow esta padrisimo eso, no sabia sobre ese dicho. :D

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