Guerreros Azteco-Tibetanos

1.
El adivino portaba unas sandalias de hule que sorprendían por su sencillez, demasiado gastadas por el uso. Se apreciaba, debido a lo delgado de sus suelas, que el personaje cubría grandes distancias caminando diariamente. Y que no tenía ningún interés en cambiarlas o comprarse mejores zapatos. Llevaba una camisa blanca de algodón con cuello en V, adelgazada de tantas puestas y lavadas.

En la Plaza Central de Coyoacán, el pitonizo cruzaba sus piernas mostrando sus piés desnudos y los cayos en sus dedos y talones. Ostentaba un colorido letrero dibujado por él mismo: LECTURA DE MANO Y TAROT. Intentando atraer a los numerosos turistas capitalinos que concurrían desde el Centro de la Ciudad de México, o a los gringos y a los europeos. Para convertirlos en sus consultantes o clientes. Con ello se ganaba el pan, aunque también era director de teatro y buen lector.

Nos acercamos a él y nos dijo que era un danzante, heredero de una antigua tradición azteca. Se llamaba Tenoch. También estudió teatro en el departamento de letras y arte dramático de la UNAM. Cuando tenía 13 años y cursaba la secundaria vivió el movimiento estudiantil de 1968 y aún lo recordaba muy vívidamente: uno de sus compañeros de clase, quien pertenecía al grupo de los militantes nunca regresó.

Cobraba 50 pesos por sus servicios adivinatorios, por una lectura de mano o una tirada de Tarot.  Le pedimos que nos leyese la suerte.

Con manos cálidas, amables y humedecidas, envolvió nuestra diestra. Se notaba a leguas que era una persona en extremo sensible pero también nerviosa. Comenzó su trabajo. Nos auguró que tendríamos hijos, que nuestro amor era fuerte y del bueno. Que en breve nos veríamos obligados a asumir decisiones radicales, mismas que cambiarían para siempre el rumbo de nuestras vidas. Descubrió, sin que yo le revelase previamente detalle alguno, que yo era desde años atrás un seguidor ferviente del Cuarto Camino, fundado por Gurdjieff.

Al despedirnos nos dió su bendición. Nosotros le devolvimos las cantidades que pudimos de buenas vibras y sus 100 pesos de honorarios.

2.
Luego en el Zócalo de la Ciudad de México, en su costado donde incestan amorosos y conflictuados, el Templo Mayor y la Catedral Metropolitana, apretujándose y haciéndose mosca uno al otro, el azteca y la española. Los danzantes, quienes al mismo tiempo son bailarines y consumados artesanos, con su baile alaban al Sol, a la Luna, a la Lluvia, a la Virgen de Guadalupe, a Quetzalcoatl, a Tonantzin. También a Buda y a Jesús.

Un tambor azteca retumba hasta el subsuelo del Zócalo. Sacude los pasadisos secretos que hay ocultos bajo la Catedral, los cimientos del Templo Mayor, las cloacas con la mierda indígena, española, judía, mestiza, libanesa, francesa y china que desagua en el pestífero lago de Xochimilco.

Los penachos y los taparrabos girando bajo el sol cancerígeno de un horno de microhondas gigante alimentado con rayos ultravioleta.

El suelo de cantera y hormigón hirviendo bajo nuestras plantas, bajo las pisadas desnudas y curtidas de los danzantes.

Los artesanos vendiendo  pulseras de cuero e hilo, anillos de plata, sandalias ligeras de gamusa, bolsas tejidas, morrales cortados y cocidos a mano pelona. Por 250 pesos me ofrecen un hermoso portafolio de baqueta oscura, donde caben a la perfección  los dos libros y las cinco plumas que siempre me gusta cargar. Ofresco 200 pesos ahí mismo. El artesano accede con amabilidad. Sonríe sin ninguna malicia, contándome que también fabrica guaraches y maletas de cuero con sus propias manos. Tiene una esposa y dos hijos. Ninguno de aquellos artistas recibe un salario fijo ni posee seguro social. No les importa, de hecho. Viven del producto de sus manos y de sus bailes. Son por completo autosuficientes. No viven de ningún modo bajo la cruel filosofía del dinero por el dinero. Están fuera de toda lógica utilitaria.

3.
En Coyoacán, Tenoch nos explica que ahora trabaja en una obra de teatro donde se mezclan elementos de la mitología azteca con metáforas del budismo tibetano.

Antonio Velasco Piña, el autor de las novelas: Regina y Tlacaelel, lo asesora. Regina era la mujer quien unificaría las realidades del movimiento estudiantil de 1968 con las antiguas profecías aztecas y tibetanas. Cuando niña, Regina fué llevada por sus padres hasta el Tibet para ser ungida por los monjes de manto amarillo. Moriría ya hecha una adolescente en la Plaza de las Tres Culturas en Tlaltelolco, a manos de los esbirros del gobierno.

4.
Comemos tacos de suadero cerca de la Alameda Central, casi con esquina en la Torre Latinoamericana. Teminamos con unas escamochas que contienen todas las frutas de la imaginación y jugo de naranja.

Esa tarde nos sentamos en el suelo, bajo el monumento dedicado a los estudiantes caídos en el 68 mexicano.

En la Plaza de las Tres Culturas los escasos turistas no parecen recordar la masacre ocurrida aquí hace décadas. La gente acude principalmente para visitar las ruinas de una construcción precolombina descubierta recientemente a un costado. Parecen ser los vestigios de un centro ceremonial azteca.  También visitan el Templo de Tlaltelolco.

Hay un grafiti trazado en la barda de uno de los multifamiliares, mostrando a un simiesco Díaz Ordaz: el malévolo mandril quien gobernara México durante el 1968.

En el mismo Templo de Tlaltelolco donde los clérigos católicos se encerraron por dentro a piedra y cal, negándose a escuchar los alaridos y las súplicas, por más que los estudiantes les imploraban que les permitiesen refugiarse, antes que los Paramilitares, cómplices de aquellos curas, les diesen muerte.

En el Tlaltelolco, en la Plaza de las Tres Culturas donde parecen culminar, o comenzar a fluir, los tiempos aztecas, las quejas de los estudiantiles mestizos y las profecías de los monjes tibetanos.

5.
Tenoch recoge sus 100 pesos  y los oculta nervioso en la bolsa de su pantalón. Luego nos ofrece amable su mano humedecida, despidéndonos. Por un lado indica no sentirse molesto o incómodo al tenernos junto a él, haciéndole cientos de preguntas. Pero por otro, sentimos como que ya es hora de irnos, porque al adivino le espantamos la clientela.

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Sobre Carlos Filiberto Cuéllar

Todos los ensayos de Carlos Filiberto Cuéllar
Carlos Filiberto Cuellar. (Guadalajara, México, 1976). Es escritor y psicólogo. Sus novelas: Tristísima (Deauno.com, 2008) e Histérica y Adorada: Cuentos de Psicoanálisis en México (Deauno.com, 2007), además del libro de testimonios: Hombres de a Pie: Dos Chamanes del Occidente Mexicano, pueden ser consultadas en la página electrónica: www.amazon.com Su correo personal es: carneuro@yahoo.com.mx

2 Responses to “Guerreros Azteco-Tibetanos” Subscribe

  1. Rafael Vargas 8 abril, 2010 at 4:20 pm #

    Muchos datos interesantes, pero no vi a donde llevaban, me perdiste men.

  2. Carlos Filiberto 13 abril, 2010 at 10:32 am #

    Pos ante todo gracias por leerme. No pretendía ni yo mismo llegar a ningún lado. Viajaba por el DF perdido junto con mi esposa. Perdidos de antemano, puesto que sólo queríamos experimentar y vivenciar aquella ciudad. Si te perdí también, lolamento, ojalá el laberinto haya estado interesante… Ojalá puedas salir de él…

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