Un trago más de gasolina, sólo uno más y tal vez junte lo de este día.
Detrás de la resignación se entrevé duda y temblor, porque inconsciente e instintivamente, los seres humanos le tememos al fuego; no importa qué tanto estrechemos la relación con él cada día que pasa; aun si nos da de comer, nadie confía en algo que no tiene cuerpo y sin embargo puede ser muy dañino.
Pero él lo toma por el mango y simula que juega con él con soltura, cuando por dentro su único pensamiento probablemente sea alguna especie de plegaria para salir ileso.
Una vuelta, dos… las que permita el semáforo. Y encima lidiar con ese pánico escénico, no puede saber quien le mira porque debe tener la mirada muy fija en las llamas que por varios segundos son decisivas. No quiere hacer el ridículo, las flamas no deben tocar por ningún motivo el pavimento.
Es mucha la gente pobre en la calle, por eso el fuego es buena idea, si se pone en riesgo, entonces la gente dirá que es valiente y querrá recompensara su valor. Como todo en la vida, se trata de probabilidades, él apuesta a que no se quema y a que no falla, los automovilistas a que sí.
Y son segundos tensos, de piruetas indecisas, un tanto cortas porque el fuego, como él, también es muy frágil y puede apagarse con un soplo de aire. Dos flamas se alternan y danzan suspendidas, manipuladas por unas manos tiernas y ásperas a la vez, ásperas sin querer.
Pero aun después de tanto ensayo y tanta concentración y tanto esfuerzo, en la última revolución una de ellas cae, le humilla. Y no le queda más que levantarla amorosamente, no así su mirada, pues sabe que lo más probable es que ninguno de entre la pesimista audiencia quiera pagar por un espectáculo fallido.
Luego lo que sigue: resguardarse en la banqueta o en el camellón, deseando tener más suerte en la siguiente luz roja.









una narracion poetica que nos recuerda una de esas cosas a las que muchos queremos ser ciegos, felicidades
gracias!
Me recuerda la rola de Maldita Vecindad la de “EL Circo”… como bien dice Norbert, una de esas situaciones en las que tratamos de endurecer el corazón por un rato. No se, de tantos “actos de semáforo” éste es uno de los que realmente me conmueven… un intento de demostrar que se hace algo por ganar unos pesos.