EL SANADOR ANDRÓGINO

¿Qué es un chamán?

Un libre orquestador de su mundo interior. Sabe que su imaginación es energía en acción. Ha explorado sus cielos e infiernos, ha conocido la totalidad del tiempo y del espacio, ha desarrollado el pensamiento extrauniversal, sabe trabajar para que la dimensión del universo se exprese a través de él. Trabaja con la sincronicidad, lo que otros llaman milagros.
(CRISTOBAL JODOROWSKY –Entrevista: Plano Creativo.com Marzo 2010)

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El hermano mayor corrió hacia el río, tropezándose impotente y desesperado. En su inconsciencia, al borde del llanto, arrojó, errático y sin conocer la razón de su acto, la manta de gamuza con la que intentó detener la hemorragia densa y color tinto en la ingle perforada de su hermano más joven.

En segundos le pasaron por la mente todas las imágenes de su historia al lado Thónolan, su hermano pequeño.

Ahora Thónolan ya tenía 19 años y de ningún modo era el niño a quien sus padres le encargaban  mientras iban de cacería o a recolectar arándanos salvajes. La posibilidad de perderlo heló por completo su cuerpo y sus emociones, paralizándolo de pánico.

Jondalar enseñó al más joven a afilar estacas sobre una fogata, tallándoles la punta con un pedernal cuando la madera de pino o cedro cedía ante el fuego. Dando forma a mortales lanzas, que luego clavarían en el cuerpo de una presa, o ensartarían a un enemigo de lado a lado defendiendo su caverna. Entonces el más joven tenía seis y Jóndalar ya alcanzaba los diez de edad. También le enseñó cómo colocar trampas para liebres y marmotas, a espiar los nidos de lagartijas y ratas de campo. A destazar y limpiar los peces y animales pequeños que capturaban para arrojarlos sobre las brazas después de salarlos. Preparaban su comida, se alimentaban y cuidaban el uno al otro mientras sus padres se ausentaban en busca de provisiones para almacenarlas y enfrentar el invierno glaciar.

En aquella época la gente vivía el verano y la primavera, casi exclusivamente como preparación para el invierno. Siempre preocupados y precaviéndose de la estación helada.

Así adquirieron los dos muchachos la capacidad de valerse por sí mismos, ayudándose y estando siempre juntos. Desde que naciera Thonolan andarían el uno con el otro.

Era la Europa de la Edad de Hielo. Surcada por mamuts, rinocerontes prehistórico, tigres dientes de sable y leones cavernarios.

Jóndalar se derrumbó, presa de un llanto infantil. En la tienda de campaña cerca del Río, su hermano perdía grandes cantidades de sangre. Observó cómo la corriente arrastró la manta entintada que sirviera a Thónolan de compresa, llevándosela hasta desaparecer.

Se levantó y deambuló alrededor del campamento. Recogió hojas de sauce, que su clan utilizaba para tratar los dolores de cabeza.

No estaba seguro que mejorarían a su hermano, pero eran lo único que tenía a la mano.

Preparó el té y se lo dio en un cuenco de calabaza a Thónolan. El herido penas pudo dar unos sorbos.

Se lamentó haberlo dejado solo mientras iba al río para lancear un enorme esturión, ahumarlo y disfrutar su carne salada. No pudo dar caza al pez y sólo consiguió empapar sus ropas. No imaginó, mientras intentó arponear al pez gigante persiguiéndolo por el lindero del río, que el impulsivo Thónolan intentaría confrontarse él solo con un rinoceronte lanudo.

Tampoco era la primera vez que el hermano más joven se arrojaba de frente a un depredador o ante cualquier animal peligroso sin considerar los riesgos.

El rinoceronte de dos metros de altura lo embistió, ensartándolo con su único cuerno por la ingle, pisoteándolo en varias ocasiones. Casi jugando con el pequeño cuerpo de su víctima.

Jóndalar regresó al campamento y advirtió que su hermano estaba cada vez más caliente, la herida crecientemente purpúrea y apestosa.

El aroma de la hemorragia infectada, abierta hasta alcanzar el tamaño de una palma, ubicada muy cerca de los testículos, lo mareó por su consistencia a la vez dulce y putrefacta. Carne humana muerta y descompuesta.

Cuando salió al río para devolver el estómago, presa de náuseas por la atmósfera putrefacta, escuchó voces dirigiéndose a él. Sus plegarias fueron escuchadas, alguien acudía a su llamado de auxilio.

Levantó la cara y advirtió una figura alta, con el cabello blanco y muy largo. De pié sobre la proa de un bote de madera, guiado por un grupo de seis remeros, quienes parecían respetar y venerar a aquel individuo de silueta muy alta, vestido con una manto grisáceo.

La nave se aproximaba surcando el Río a contracorriente, poniendo a prueba la fortaleza y habilidades de sus pilotos. La figura enorme de cabellos prolongados parecía guiar a los remeros con su sola mirada y los movimientos suaves de sus manos.

Era un hombre santo, de aquellos que consagraban su vida desde edad temprana para servir a la Gran Diosa, a la Madre.

Pasaban hasta diez años recluidos en cavernas solitarias, sin hablar con nadie, alimentados con las pequeñas raciones de frutas y guisados que la gente de sus pueblos depositaba en la entrada como ofrendas para los servidores de la Madre. Aguardando a que la Diosa Omnímoda les otorgase habilidades, conocimientos y poderes para curar, mirar a través del tiempo y el espacio, guiar a su pueblo, marcar las fechas para ritos religiosos, limpiar el alma, recuperar el espíritu extraviado de sus consultantes y ensoñar.

Al mirar al Shamud en acción, desinfectando y limpiando la herida, luego acomodando los músculos desgarrados y zurciendo la herida con tendones de alce, Jóndalar se sintió intrigado. A la distancia, en el bote, se le figuro que el curandero era una mujer, muy alta y de rasgos faciales férreos, aguerridos y a la vez hermosos. Pero lo escuchó hablar y su voz resultó demasiado masculina, profunda y baja, como la de un guerrero del Mundo de los Espíritus.

El Shamud adivinó las interrogantes que se hacía el cazador acerca de sus preferencias sexuales. Casi jugó con la cordura y los prejuicios del joven iluso e inexperto cuando le insinuó, sensual a pesar de sus entrados sesenta años: “Te gustaría probar mis encantos, Jóndalar…. He estado con muchos jóvenes y les he brindado placer en demasía…”Y Jóndalar transpiró helado ante la dificultad de establecer el sexo del brujo. Asustado ante sus insinuaciones, cayéndose de espaldas al encontrarse ante un ser tan ambiguo como intrigante y sabio. De voz cavernosa y rostro femenino.

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Al escribir la segunda parte de su saga: Los Hijos de la Tierra, Jean M. Auel supo señalar con genialidad y al parecer, conocimiento de causa, el carácter sexual ambiguo de algunos brujos y curanderos.

En un determinado momento de su formación chamánica, médica y espiritual, algunos aspirantes a curanderos y brujos encuentran, en medio de sus duras pruebas emocionales, al punto de la locura, de la muerte y el desfallecimiento definitivo de su alma, el apoyo y la alianza de una mujer del Mundo de los Espíritus. Misma que los guiará, infundirá ánimos, iluminará y enseñará a lo largo del resto de su vida. Ayudándolo a curar a otros, impartiendo compasión, salud y orientación espiritual a sus consultantes.

En términos psicológicos modernos podría entenderse esto como la capacidad del médico brujo de desarrollar su lado femenino hasta la máxima capacidad.

El despertar de su hemisferio derecho, vedado para los varones quienes recibieron una educación tradicionalmente machista y trunca.

Durante los primeros días de la gestación de los mamíferos, incluyendo desde luego al hombre, el embrión al interior del útero materno no se diferencía aún entre lo masculino y lo femenino, es un andrógino.

Su sistema nervioso tampoco elige o es instaurado en él un género culturalmente prefijado. Con el cual estará condenado a identificarse para el resto de sus días. Obligándose a comportarse siempre como niño o como niña, según lo que le toque en suerte, o lo que elijan por él.

En el libro “El Valle de los Caballos”, Auel sugiere que el Shamud, en un momento de su vida fue un varón, o lo que biológicamente se entiende por un macho.

Durante su formación ingirió un hongo alucinógeno, brindado por una sacerdotisa de la Gran Diosa Madre al interior de una cueva sagrada. Mismo que lo convirtió a la vez en hombre y mujer.

La ingesta de plantas psicoactivas es requisito imprescindible en bastantes tradiciones espirituales desde la Edad de Piedra.

Según Carl Gustav Jung, el Inconsciente posee carácter femenino. Al ingerir Plantas de Poder, nuevas dimensiones del sistema nervioso y del cuerpo del iniciado son despertadas. Incluyendo las partes femeninas previamente no activadas. Se le abren las puertas al Inconsciente, en términos psicoanalíticos.

No es necesaria la droga para el despertar de lo femenino, existen numerosos ritos para acceder al Inconsciente o al Mundo de los Espíritus, como quiera que se le desee llamar. Ayunos, silencios asumidos durante años de aislamiento, meditaciones, ashanas, cánticos rituales, etc. El arte en su totalidad depende de las dimensiones psicológicas y corporales femeninas del artista. Sea este macho o hembra.

El aspirante a curandero (acaso el artista) tendrá que volverse amigo de su inconsciente de manera obligada o morirá en el intento. Quizá se vuelva loco en el camino. Deberá convertirse en mujer en cierto modo, si biológicamente era un macho. Integrarse a sí misma aún más si se trataba de una hembra para poder recibir los dones de la Gran Madre. O los dones de las artes. Lo cual, no necesariamente, aunque de ningún modo es censurado si ocurriese, implica la apertura hacia experiencias homosexuales. E incluso la elección definitiva por una preferencia homoerótica. No importa ya.

Al final, en el origen Dios no tiene de ningún modo sexo determinado. O más aún, en los inicios de la humanidad, Dios era Mujer. Era la Gran Diosa Madre Tierra.

3

Jondalar venció sus miedos. No accedió a las insinuaciones sexuales del Shamud, ni se fue a la cama con él, pero mantuvo largas conversaciones con el brujo (¿Acaso bruja? O…, no es importante) durante semanas. Mientras esperaba por la recuperación de su hermano, quien sanaba bajo los cuidados del Shamud.

El joven cazador se encontraba imposibilitado de encontrar el amor de una buena mujer. Fracasaba de un intento de seducción a otro, torpe e insensible con las chicas. Tras el contacto con el Shamud y escuchar sus enseñanzas durante un par de meses, no tardaría en unir su destino con el de una bella curandera a quien conocería medio año más tarde.

Y de aquel rinoceronte que embistiera a Thónolan casi matándolo, los hermanos acabarían encontrando su rastro y luego lo lancearían con una afilada asta, introducida con destreza en cada uno de sus ojos, atravesándole los sesos hasta matarlo.

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Carlos Filiberto Cuellar. (Guadalajara, México, 1976). Es escritor y psicólogo. Sus novelas: Tristísima (Deauno.com, 2008) e Histérica y Adorada: Cuentos de Psicoanálisis en México (Deauno.com, 2007), además del libro de testimonios: Hombres de a Pie: Dos Chamanes del Occidente Mexicano, pueden ser consultadas en la página electrónica: www.amazon.com Su correo personal es: carneuro@yahoo.com.mx

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