El Sabor de la Pitaya

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Pitaya, pitajaya, pitaha, ¿cuántas voces tiene la boca del pueblo? Esta fruta, nacida de una cactácea enamorada del suelo reseco de sitio al que el español le cambio nombres: Zacoalco, Techaluta(1), las tierras que bordena las costas de la laguna seca de Sayula.

Escondidas entre los rayos incesantes de abril, mayo y unos pocos días de junio, nace y se come justo antes de las lluvias, pues las aguas celestes agrian y matan.

En las zonas productoras, los huertos se rodena de bardas o se vigilan arma en mano, los campos en el temporal, pues cada planta se convierte en un árbol de oro, cada brazo puede producir cientos de frutillas en la temporada. Y la lucha no solamente es contra los aprovechados y arrimados, también hay que juir a los pájaros y ardillas, que saben atinarle a las más dulces.

De entre los cuentos y consejas que se contaban en mi casa, sobretodo al caer la luz -eléctrica-, junto a muertos aparecidos, a mujeres raptadas o chistes de pueblo, también había algunas sobre las dulces pitayas.

Una, la de mi comadre Pati, que asustaba cuando pequeña a un hermano menor, diciéndole que eran gusanos, y que si los comía, podrían anidarle en la “panza” y sálirsele por la boca.

Otra era la de una mujer, casi pobre, que tuvo que rentar la casa, única propiedad que le dejara su marido al morir. Pero eso sí, le advirtió a los inquilinos, que el pitayo del patio “era suyo y todo lo que del saliera, manque se caiga al terregal”, y la mujer, que ayudaba a unas parientas de Guadalajara, volvía en los tiempos de calores, a rejuntar lo suyo cada semana.

Fruta exótica, desconocida en casi cualquier parte del mundo, sorprende a cualquiera por sus colores intensos, como si la mano de un pintor enloquecido, estuviese decidido a romper de tajo, hasta la raíz, lo ocre del suelo en el que nace: morados, blancos, naranja-amarillo y un rojo, al que los lugareños llaman mamey.

Si yo fuera embajador, llevaría la religión de las pitayas, y el “me cuenta las cáscaras”, al mundo. Aunque eso volvería aún más escasa y cara la fruta a sus enamorados y creo que no lo haría, no por lo menos, hasta que le cambien el nombre científico de: Stenocereus stellatus.

Colaboración y edición de textos de JR Cárdenas


  1. Amacueca, Zacoalco, Teocuitatlán, Sayula, Tolimán, Autlán, San Martín, Colotlán, Totatiche, Villa Guerrero, San Cristóbal de la Barranca y Juchitlán. []

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Filosofo de vocación, trabajo de profesor, rolero de corazón, dedicado a saber 186,633 cosas, la mayoría inútiles y solo 23 que valen para la vida.

4 Responses to “El Sabor de la Pitaya” Subscribe

  1. Adolfo Tavizón 15 junio, 2010 at 12:52 am #

    Norbert ¿tu escribiste esto? digo esta divertido, pero…. no, no parece tu estilo

    • Arbolrojo 15 junio, 2010 at 10:23 am #

      Es un reportaje que hicimos a cuatro manos, así que faltaba un poco de texto al final.

      Igual sirve para inspirarte algo sobre el dfectuoso

      • Adolfo Tavizón 15 junio, 2010 at 11:51 am #

        aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhh!!!! ya decía yo, y es que mi amigo Norbert es muy alemán, hasta en su forma de comer pitayas, si sonaba mas a tu estilo que al de el

        • Arbolrojo 15 junio, 2010 at 4:40 pm #

          espero que las afiladas hojas te siente como para hacer un té escrito.

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