Una vida basada en una mentira

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T oda historia tiene un principio, ésta comienza hace alrededor de cien años, en el norte de México. Una típica familia “petit burgoise” con pretensiones de riqueza, de esas que abundaban bajo la mirada de Porfirio Díaz.

José y María Guadalupe tuvieron una hija, a ala cual decidieron llamar Azucena. Niña inquieta y traviesa, como era normal para alguien de seis años. Solía salir a correr al jardín, que también era el huerto.

María Guadalupe la regañaba por ensuciar las ropas, pero en sus adentros, sabía que era una niña buena y sana. A Azucena le encantaba juguetear entre las flores, y le fascinaba meterse en el granero a ver las mariposas negras.

José se rompía la espalda trabajando en una oficina de importaciones, y apenas la veía un rato en las noches, cuando llegaba de trabajar. Todos los días merendaban juntos, espumoso chocolate y conchas.

Y entonces la Revolución los agarró. No se supo quien disparó las balas, si los revolucionarios o el ejército, pero lo que fue claro es que los padres de Azucena murieron en un enfrentamiento entre las dos facciones.

Azucena nunca entendió bien qué fue lo que pasó, pero siempre sintió que ella había tenido la culpa, porque ella había sobrevivido y sus padres no.

Azucena tuvo la suerte, buena o mala, de ser recogida por unos tíos. Donde comen siete, comen ocho. Pero Azucena perdió el gusto por corretear en los jardines. Y sus tíos la ponían a hacer quehacer todo el día. A los ocho años, Azucena era mas una sirvienta que una niña de familia, y ella no reclamaba, porque sentía que era un cástigo que ella se merecía.

Y así pasaron varios años, entre experiencias amargas con los tíos y los primos, y el forzado trabajo casero. Azucena nunca se sintió parte de la familia.

Cuando Azucena tenia catorce (lo que en esos años era edad casadera), la comenzó a pretender un amigo de su tío, un señor comerciante que le llevaba veinticinco años, cuya fortuna había sobrevivido los altibajos de la Revolución. Los tíos obviamente apoyaban el prospecto de relación, que sería provechoso para el capital económico de la familia.

Sobrevino la boda, entonces. Azucena no tuvo mucho que decir. La posibilidad de salir de la casa de sus tíos, de dejar de ser la sirvienta, para pasar a ser la esposa de un hombre rico, no sonaba tan mal.

Y al principio fue casi un cuento de hadas. Grandes muebles, buenas comidas, sirvientas, cenas y bailes. Pasó un año donde la vida parecía ser un lecho de rosas.

Pero luego, el espejismo se comenzó a disolver. En breves momentos había atisbos de que algo no estaba bien, de que éste no era un cuento de hadas.

En las fiestas, el señor les dedicaba mucha atención a  otras mujeres, a veces se desaparecía, y ella se sentía mal, desatendida, como que ya no era el centro de todo. Y el señor ya no le ponía la misma atención marital

Sus tíos los visitaban periódicamente, y su tío se ponía a platicar con su esposo, de cuestiones de negocios, mientras que ella tomaba el té con su tía.

En alguno de esos momentos en que ellas se quedaron solas, ahora con un status más de iguales, ella se atrevió a comentarle sus dudas a su tía. La tía, como era común en aquel tiempo, le recomendó que se quedara callada, que siguiera con su vida, y que no cuestionara a su esposo. Y por un tiempo, ella lo hizo. De alguna manera, en el fondo de su corazón sabía que esto era de nuevo un castigo, igual que la muerte de sus padres.

Hasta que comenzaron los ascos, los vómitos y los mareos.

Estaba embarazada.

Su esposo hizo fiesta, como era normal. Pero no dejó de serle infiel. Al contrario, le puso todavía menos atención.

Y así nació Flor. Una hermosa niña, de ojos claros y pelo castaño. Sonriente desde bebé. Su esposo estaba muy orgulloso, y en cuanto la salud se los permitió, la bautizaron, y sus compadres fueron sus tíos.

Azucena se sentía vieja y cansada, a pesar de que apenas pasaba de los veintes, ahora era su hija Flor la que jugueteaba en el jardín, persiguiendo mariposas. Pero lo que más la cansaba era que su esposo cada vez le ponía menos atención, cada vez la visitaba menos. Cada día eran más extraños entre sí. Y cada día el le dedicaba más tiempo a otras mujeres, aun en su misma casa.

Un día, Azucena no aguantó. La situación se había vuelto demasiada descarada, y en las fiestas, todas las mujeres cuchicheaban sobre ella a sus espaldas.

Esa noche, Azucena confrontó a su esposo, en la madrugada, después de una fiesta. Y él, en respuesta, la golpeó.

Pasó una semana recuperándose de la golpiza.

Aguantó unos meses mas, Flor ya tenia cinco años, ya podía caminar y hablar perfectamente, y corría rápidamente a través de los jardines.

Y cuando estuvo suficientemente recuperada, tomó la decisión. Mientras su esposo estaba encerrado en la oficina, planeando la exportación de noseque nuevo producto, empacó lo básico de la niña, y huyó.

Pero algo salió mal, la falta de planeación, la falta de experiencia, la mala suerte: uno de las manos derechas de su esposo la encontró tratando de salir de la ciudad, y la detuvo.

El regreso a la casa fue aún menos agradable.

El esposo la volvió a golpear. Y repitió varias veces durante semanas. Y la separó de la niña, de su Flor.

Un mes después, luego de otra golpiza, su esposo le dijo que había mandado a Flor a un convento, que ella nunca la vería más.

Eventualmente, las golpizas disminuyeron. En las fiestas, él decía que ella estaba enferma, que no podía bajar. Y las infidelidades regresaron.

Él le fue perdiendo interés a Azucena, ya ni siquiera la golpeaba.

Ella tomó una maleta, y volvió a huir. Esta vez sabía mejor que hacer, y estaba ella sola, era más fácil. Y a él ya no le importaba.

Huyo a un pueblo, lejos de la pequeña ciudad donde había vivido su juventud con su fállido esposo. Consiguió un trabajo atendiendo una tendajón.

Y fue ahí, cerca de los treinta, que conoció al hombre de su vida. Era casi de su edad, trabajador, con ganas de progresar, carismático, fuerte. Joven.

Pronto se hicieron novios. Luego ella se mudó a vivir con el. Y por momentos, fue feliz. El si le ponía atención, en todos los sentidos. Y aunque era machista, no la golpeaba.

Eventualmente se embarazó. Y al mismo tiempo, su salud comenzó a fallar. Problemas respiratorios, Asma.

Él fue comprensivo al principio, aceptaba que no podía casarse con ella por la iglesia, pero entre eso, y sus enfermedades, él se fue aislando poco a poco, no le era infiel, no la golpeaba, pero simplemente no hablaba con ella. Tuvieron varios hijos e hijas. Su favorita, su chiqueada, la que siempre le ayudaba, fue Florencia.

A finales de los cuarenta, terminó, en una de sus crisis de respiración, en el hospital. Florencia fue a arreglar cosas de sus papeles, y su esposo estaba trabajando. Así que Azucena se quedó sola en su cama, tratando de respirar mientras de su pecho solo salían rechinidos y crujidos.

- hermana, tranquilícese – sintió que le tomaron de la mano, giró y vio a una monja, que le sonreía mientras trataba de confortarla.

- gracias, madre – le dijo Azucena con dificultades para respirar – rece por mi.

- Flor, Hermana, soy Flor, de la congregación de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús.

Azucena, entre la desesperación y el dolor, sintió algo raro. La monja le parecía familiar. Miró a la monja a los ojos.

La monja estaba rezando un padrenuestro, y se detuvo, sosteniendo la mirada de Azucena.

Los ojos de ambas se llenaron de lágrimas, al reconocerse. Se abrazaron, sin decir palabra.

Florencia se detuvo en el marco de la puerta del cuarto. Dentro de si, ella entendió lo que estaba pasando. Su madre había encontrado a la hija que había perdido años atrás.

Como niña, Florencia fue menos inquieta y juguetona de lo que normalmente uno encuentra. Florencia creció un poco amargada. Las enfermedades y angustias de su madre, el alejamiento de su padre, las excentricidades de sus hermanos.

Aun así, a sus 16 años, Florencia invertía parte de su tiempo en hacer obras buenas. Cuando su madre no estaba con una crisis de asma, y cuando no tenia que ir a sacar a alguno de sus hermanos de la cárcel, se daba tiempo de visitar asilos y hospitales con un grupo de damas que trabajaban con monjas.

Florencia a veces trataba de convencer a su madre de que fueran juntas, pero la angustia y desesperanza que reina en los asilos era mucho para la salud de Azucena. Florencia, por otro lado, sentía que tenía la responsabilidad de que los viejitos estuvieran mejor.

Las monjas con las que realizaban las visitas cambiaban de lugar cada semana, y esta vez a Florencia le tocó ir a un asilo que no conocía antes.

Normalmente llevaban libros, y se sentaban a leerle a los viejitos, o trataban de platicar con ellos. A Florencia le llamó la atención un anciano solitario que estaba sentado en una silla de ruedas, junto al jardín. Parecía abandonado y olvidado ahí.

-¿Puedo acompañarlo? – le preguntó Florencia al anciano. Se veía bastante viejo y acabado, y al acercarse, Azucena se dio cuenta que al viejito le faltaban ambas piernas.

- Fue en la Revolución – dijo el viejito, con un tono amargo – en una balacera – el viejito no levantaba la vista.

- Seguramente fue en un acto heróico – contestó Florencia, mientras se acomodaba para platicar con el, sentada en una repisa en la pared. Su largo vestido revoloteaba con el aire, como una mariposa.

- No peleé en la bola – dijo, con algo de ira – perdí a a mi familia en una balacera, sobreviví de pura chiripa – levantó la visa, y se detuvo. Florencia vio el asombro en los ojos del viejito – te pareces mucho a ella – el viejito dijo, con voz mucho más suave – tienes los mismos ojos de mi hija, pero eso no es posible… ella debería tener ahora… cuarenta y tantos años…

Florencia se detuvo un momento, recordando toda la historia de su madre, y haciendo cuentas… si su madre había encontrado a Flor… ¿Por qué no….?

- Mi madre tiene 43 años, perdió a sus padres en la Revolución… y se llama Azucena.

El viejito abrió los ojos aún más. Estaba tan sorprendido que dejo de respirar por unos momentos.

Un rápido vistazo a las fechas y apellidos: el viejito era el abuelo de Florencia. El padre de Azucena. Cuando Florencia le dijo a Azucena, ella se desmayó, y tuvo otra crisis asmática.

Cuando se recuperó, fue al asilo. Fue difícil reconocerse, ambos estaban envejecidos, ambos habían sido maltratados por la vida. Azucena se quedo parada frente a su padre, mientras el lloraba en silencio. Ninguno de los dos sabía que hacer o decir.

- pa… -la voz de Azucena salió débil, sin aliento – papi – y corrió a abrazarlo. Ella se hincó frente a la silla de ruedas, ambos comenzaron a llorar a grito abierto. Las monjas y Florencia estaban conmovidas también.

- te extrañé mucho, papi- Azucena dijo entre sollozos – a ti y a mami, me hicieron mucha falta. Perdón por haberlos hecho morir, perdón por haberte abandonado.

- No, no, Azucena, – el viejo tenia un poco más de fuerza en su voz, como si hubiera rejuvenecido de pronto – tú no eres mala, tú no eres culpable de nada. Dios nos puso pruebas, Dios nos separó, y ahora nos reúne, apenas a tiempo para poder compartir un rato de vida. Tú eres mi hija, tú eres mi familia. – Sonrió, anegado en lágrimas – y quiero conocer a mis nietos.

Hubo una reunión después, en casa de la familia de Azucena. Flor, la hija perdida, y el padre de Azucena, conocieron a todos sus familiares extraviados. Por un momento, Azucena fue feliz. Se sentía parte de una familia, se reconocía a si misma como un ser humano, que no merecía ser castigada, porque no había sido mala. Solo había tratado de reaccionar ante la vida, ante los retos que había enfrentado. No era mala, y tenía derecho a ser feliz.

Poco tiempo después, el padre de Azucena murió, pero fue una muerte feliz, porque se habían reencontrado.

La salud de Azucena siguió decayendo. Estaba demasiado desgastada por la vida.

Cerca de los cincuenta, sintió que iba a morir. Su esposo, que seguía ahí, simplemente no era tan evidente, consiguió un sacerdote para darle los santos oleos. Era amigo del esposo, y conocía toda la situación de Azucena.

El sacerdote comprendió que Azucena no había sido mala, y que de alguna manera, su matrimonio era nulo, dado que el viejo comerciante no había cumplido con sus deberes cristianos.

Y antes de darle los santos oleos, el sacerdote los casó, frente a toda la familia, incluyendo a Flor y Florencia.

Azucena por fin alcanzó la paz, la felicidad. Reconoció su derecho a ser feliz, a disfrutar de la vida.

Y entonces exhaló su último aliento.

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Filosofo de vocación, trabajo de profesor, rolero de corazón, dedicado a saber 186,633 cosas, la mayoría inútiles y solo 23 que valen para la vida.

10 Responses to “Una vida basada en una mentira” Subscribe

  1. Fafahrd 18 julio, 2010 at 6:42 pm #

    Me encanto!! :D

  2. Joan Vendrell Campmany 19 julio, 2010 at 7:15 am #

    Preciosísimo relato. Me agradó mucho, y en especial, el episodio de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús.

  3. edith 19 julio, 2010 at 8:14 pm #

    Un cuento que aunque basado en otra época, aún es posible que suceda. la historia de Azucena, se repite cada día, hombres que sólo viven para sus pasiones, descuidan la felicidad de su esposa, la maltratan física y psicologicamente y a pesar de que ya estamos en siglo XXI, el hombre actúa como un troglodita, debemos sacar la voz y no permitir nunca más un atropello hacia la mujer, ni siquiera un grito, somos seres inteligentes que amamos y tenemos derechos al trespeto.

  4. Tatiana Tagle 20 julio, 2010 at 2:37 am #

    Norbert, la historia está preciosa y lo que le sigue!
    Nada más me dio un poquito la sensación de leer un resumen de algo más elaborado.

  5. Antonia 20 julio, 2010 at 3:58 am #

    Me emocionó su lectura. Cuento o no, es una situación muy propia del México de nuestros días.

  6. Norbert Schwartz 20 julio, 2010 at 11:44 pm #

    Gracias tanto por los elgios como por las críticas… la verdad es que no he escrito un cuento totalmente ficcional con motivos puramente estéticos desde el tiempo de la Laberinto… es decir entre quince y veinte años… y por eso a ratos me ganó la mente sintética en esta narración.

  7. Tonatiuh Moreno 22 julio, 2010 at 12:42 pm #

    Muy conmovedor. No sé si el final es triste o feliz, pero es muy bonito.

  8. Norbert Schwartz 22 julio, 2010 at 1:22 pm #

    No es el final, esa es la cuestión

  9. Arbolrojo 22 julio, 2010 at 5:25 pm #

    deberias incluir en la segunda parte, la rivalidad entre la flor y la florencia, digo que si algo le se, es que el territorio define la lucha y a los luchadores.

    • Fafahrd 22 julio, 2010 at 5:31 pm #

      Muy Cierto ArbolRojo… ¿Quien más podría pelear en una tina llena de lodo o aceite que unas cuantas chicas en bikini?

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