C ubría su cuerpo a diario con las mentiras que se inventaba, tan aferrada a sus supuestas verdades que ya parecían parte de su piel, una a una cual accesorios para adornar la personalidad que había creado para sí.
Vivir en una ciudad grande hizo estragos en su manera de pensar, o tal vez el círculo en el que se desenvolvía fue quien puso en ella la presión, presión de vestir bien, de tener ciertos ingresos, de poseer cierto status, ropa de marca, auto del año, buen trabajo, tener que buscar marido, críticar a los que no están a tu altura, demasiado para una niña salida de pueblo. Salía por las noches haciendo siempre el mismo ritual: soltaba su cabellera lacia y larga, maquillaba su rostro, en especial las arrugas que ya se hacían notar, vestía de manera sugestiva, más no vulgar. Llegaba al bar de siempre y pedía un Martini, encendía un cigarro y buscaba a un posible prospecto digno de matrimonio a quien poder atrapar. Había noches buenas, había noches malas, es que cualquier monigote cree que una mujer que pasa los 30 ya esta desesperada, ese no era su caso, o no tanto así como para correr a los brazos del primer pelele que le bajara la luna y las estrellas. Coquetear con uno, batear a 5, platicas huecas, incómodos silencios, traer bien puesta la mascara para no dejar ver más allá de lo que quieres mostrar, es todo un arte el de engañar. Sería el hastió o serían las copas de más pero esa noche peculiar fue, la naturaleza llamaba y después de unos tragos no se puede esperar, entro al baño y ahí fue cuando la vio, -que mujer más patética- pensó, y es que en realidad era todo un caso: ropas ajustadas, escote sin dejar espacio a la imaginación, maquillaje a toneladas, zapatos estilo teibolera. No era muy vieja pero su apariencia dejaba mucho que desear.
Mira perdida, rímel corrido, se veía un poco pasada de alcoholes, -pobre gata, se cree muy sexy con sus labios rojo pitahaya, ¿no tendrá amigas? ¿Quién la dejó salir?- se dijo para si. Cuando ya no aguanto sonoras carcajadas soltó, ese tipo de risa irónica, pesada, saboreó cada momento, reírse del mal ajeno la hizo sentirse bien, bueno, es que podría estar mal, pero definitivamente no tan peor. Paso unos minutos más tragándose a la pobre mujer, alimentando su ego, no cabe duda que el peor enemigo de una mujer es otra.
Satisfecha de su canibalismo cual balde de agua fría al rostro le cayó, la triste realidad insolente la abofeteo, todo ese tiempo criticando sin razón era sólo un espejo, uno en el que se miró, y frente a ella su reflejo en todo su esplendor.
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