
Lluvia, por Martín Luna
En las templadas playas del caribe mexicano 10 nudos son suficientes para levantar un papalote de 12 metros y arrastrar a un bodoque de mi peso. Ahí las corrientes de aire son consideradas un aliado, entes pacíficos y refrescantes que sólo de vez en vez salen de sus casillas para convertirse en violentos destructores.
Tenía muy pocas referencias acerca de la importancia del viento en los viajes, pero ciertamente el invierno del 2006 me daría algunas lecciones al respecto.
Me encontraba a la mitad de la primera travesía larga en bicicleta, la meta era cruzar el sureste del país saliendo de Cancún hasta mi ciudad natal, Guadalajara. Sería un viaje de aproximadamente un mes, para el cual hasta ese momento, me sentía preparado.
- Lluvia:
- Bolsas grandes impermeables, calcetines y tenis extras, ropa seca, alforjas impermeables y un traje impermeable… Seguro podría manejar la lluvia.
- Frío:
- Dos chamarras, un suéter, playeras de manga larga y dos cobijas… Seguro podría controlar el frío.
- Calor:
- Shorts amplios y ventilados, camisa de nylon con tecnología “dry suit”, 4 litros diarios de agua y un par de anteojos con filtro UV… El calor no sería problema.
¿Pero y el viento? Nadie dijo que también se consideraba el viento…
Días atrás las lluvias habían inundado literalmente el momento anímico. Todo el equipo de campismo estaba empapado e intentar mantener la ropa seca, para al menos dormir caliente por la noche, era una tarea tan difícil como peligrosa. Por suerte la soledad no fue un problema, los peregrinos me hacían compañía en la carretera. Ya sea en grandes caravanas de ciclistas o en grupos de relevos, esos fervientes parroquianos mantuvieron vivo el proyecto con sus consejos y buen ánimo.
Durante esa racha de monzones pensaba que había lidiado con viento en contra, suponía que ya había sorteado las condiciones más difíciles, pero el viaje aún era joven y no sabía lo que el concepto de “viento en contra” significaba.
Esa mañana salí de Acayucan Veracruz con la firme intención de llegar a Cosamaluapan, dormir ahí e intentar llegar a Córdoba el día siguiente. Estas eran las puertas al altiplano jarocho, en las noticias pronosticaban la entrada del frente frío número 19, pero parecía que la lluvia no daría problemas. Aún así tomé todas las precauciones necesarias.
Los primeros cuatro kilómetros fueron de pura subida hasta llegar a la autopista, donde recorrí los diez kilómetros más largos de mi vida. Justo ahí, sujetando fuertemente la bicicleta entendí por primera vez los factores “viento” y “en contra”. En el paisaje no había nada que frenara un poco el poder de las bocanadas. Corrientes de 35 nudos empujaban la bicicleta hacia atrás y me quemaban el rostro. Al levantar la cabeza sólo vislumbraba subidas y aferraba la meta del día a una sola frase:
…“Si esto es una prueba voy a superarla”…
Ahí se mantuvo durante las siguientes 5 horas. 5 horas en las que al final recorrí sólo 25 kilómetros (consideremos que ese era el tiempo en el que venía recorriendo 100). En mi mente se libraba una batalla:
…“Tengo el espíritu hecho pomada, no hay nadie en la carretera, los grupos de peregrinos pasan ahora en camionetas, parece que soy el único aferrado sobre ruedas… Somos tú y yo maldito viento”…
Una ráfaga fuerte me sacudió y asumí que aceptaba el reto. Correspondí con toda la potencia de las piernas y un grité fuerte, amplio, no dije nada, sólo un grito…¡aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!… Algo me poseía.
…“Somos tú y yo maldito viento”… la bici no avanzaba nada, el viento entumecía hasta el último de mis huesos pero no daba tregua a los pedales.
…“Sigo, sigo, sigo. Soy un guerrero, soy un guerrero, soy un guerrero. Somos tú y yo maldito viento”… llegaron algunas caídas, me levanté de todas, el viento soplaba implacable y el rompevientos que me cubría pareciera ser un paracaídas inflado.
Volví a gritar, pero ahora preguntando como un loco al aire… “…¿qué es lo que te pasa?”… seguí.
…“Somos tú y yo maldito viento”… la cadena no podía menguar más la presión y las subidas eran de poco en poco más amplias.
…“Sigo, sigo, sigo, soy un guerrero”… Miré sobre mi hombro, había pasado media hora desde que el reto había sido lanzado, y avancé… kilómetro y medio… “debe ser una broma”… pensé. Hice las cuentas, efectivamente sólo kilómetro y medio.
…“Ok mal nacido, tú ganas”…
Aceptar una derrota contra la naturaleza fue algo que jamás había experimentado y dejó en mi un sentimiento de total humillación, de insignificancia. Abandoné las dos ruedas ese día para dejar que el dedo gordo nos llevara hasta Orizaba.
Al llegar a Guadalajara un amigo me guardó las notas que hablaban sobre el frente frío número 19 , al parecer había sido un salvaje maleducado por todo el país. Camiones volteados, señales caídas y carreteras cerradas habían sido su cuota, al final esa derrota no fue tan amarga. Pero mientras esa certeza llegaba a mi mente, el día siguiente llegó a la travesía y de nuevo como un loco subí a la rila para hablarle de frente a la nada.
…“hoy nos veremos de nuevo”













Vaya encontronazo con una vieja divinidad. No por nada los humanos comenzamos la carrera a la civilización adorando a las fuerzas naturales (y pidiondoles que no fueran tan gachas).
Y por cierto, qué paso después.
Jajaja sobre todo lo último!
La verdad que de ahí en adelante el viento ya no fue tanto problema. Ya en Orizaba llegaron las montañas y las cumbres de Maltrata. La preocupación era más bien no desfallecer en el intento de subir el pico, je. Aunque una vez subiendo fue cosa de dejar ir la bici y llegar con el “vuelito” hasta Puebla.
Gracias por pasar a comentar, un abrazo!
La naturaleza siempre nos da lecciones de humildad… a mí la última me la dio Eyjafjallajökull… o como se llame
Pero ser un granito de arena tiene sus lados hermosos, somos no obstructivos, no interrumpimos danzas.