C arlos Domingo mandó a la caballería esconderse en los linderos del valle de Monte Escobedo. Fuera de la vista del enemigo.
Por su parte, Juan Pablo había diseñado unos cañones construidos con grandes tubos de bronce, antes utilizados para transportar agua potable. Aquellos cilindros enormes eran rellenados con pólvora, clavos, tornillos, arena, piedras de hormiguero y cualquier fragmento metálico que pudiese introducirse por sus bocas.
Posteriormente el pastor los hacía detonar con la ayuda de una mecha fabricada con hilachos y resina cruda de pino. Una vez encendido su rudimentario dispositivo activador, aquellos dragones de bronce vomitaban una pesadilla de fuego, piedras, arena y metales derretidos. Que se impregnaban e incrustaban en los cuerpos del enemigo, amedrentándolos, quemándolos e hiriéndolos sin remedio hasta sembrar el caos en sus filas.
Juan Pablo se ocultó junto con otros 150 jinetes en los linderos del valle, donde comenzaban los robledales y bosques de pinos gigantes de la Sierra de Monte Escobedo.
A unos cuantos kilómetros de una comunidad conocida como el Mortero, del estado de Zacatecas, en la frontera con Jalisco. Bajo aquellas coníferas inmensas y raras, sobrevivientes de la Edad de Hielo, Juan Pablo y sus jinetes se resguardaron llevándose doce cañones de bronce.
Desmontaron sus animales, manteniéndolos muy cerca de las tropas para poder utilizarlos en cualquier momento y cubriéndose con ramas.
Al fondo del valle, Carlos Domingo y 400 miembros de su infantería se alinearon ordenadamente, preparándose para hacer frente al ejército federal.
Alguien dio el aviso en el campamento de las tropas gubernamentales donde pernoctaban tranquilamente las fuerzas de Obregón y varios centenares de mercenarios agraristas pagados con tierras y dinero.
El huichol y sus cristeros los esperaban para entablar batalla. Juntos, los hombres del gobierno y sus aliados sumaban 800 efectivos contra los cuales se enfrentarían poco menos de seiscientos cristeros, no del todo bien armados. Por lo menos no igual de bien armados que los soldados profesionales, financiados y equipados con dinero de la nación.
Muchos de los guerrilleros de Carlos Domingo eran indígenas tepehuanos y huicholes quienes aún vestían taparrabos y andaban descalzos. Armados con arcos y flechas, lanzas y cuchillos de montaña. Sus torsos desnudos constituían un blanco fácil para los modernos rifles de los federales. Empero, una vez enzarzados en la lucha cuerpo a cuerpo con el enemigo, los habitantes de la sierra eran diez veces más letales que un soldado raso, mal pagado y poco curtido en la vida de la montaña.
FIRE, FIRE, FIRE
Los federales se adentraron en el valle con lentitud y vacilantes. No les faltaban pocas razones para temer encontrarse próximos a una trampa.
Un comandante de los gubernamentales, de enorme cráneo triangular y rapado el casco por completo, olisqueó la atmósfera, temeroso de una emboscada.
Al frente se encontraban formados en perfecto orden los hombres de Carlos Domingo aguardando por el enfrentamiento.
El centauro apareció al frente de sus filas. Ataviado en su calzón de manta blanco y con un abrigo de lana diseñado expresamente para él por una anciana tepehuana. Portando un enorme y elegante sombrero de manufactura huichola, con centenares de colguijes pendiendo de sus alas, su tamaño y envergadura indicaban su elevado rango espiritual entre los brujos indígenas. Los ancianos de las comunidades de la sierra se lo entregaron para que lo protegiera durante la batalla.
La gente de sus filas lucía sus calzoncillos blancos también de manta, guerreros adornados con plumas, penachos y pintura ritual. Armados con prolongadas lanzas de más de dos metros, macizos arcos de cornamenta de venado y agudas saetas de mezquite. Fusiles y antiguos mosquetes de un solo tiro, listos para dispararse sobre el enemigo.
El ejército federal se les aproximo en silencio y a paso lento. Cuando pasaron junto a las arboladas donde Juan Pablo y su caballería se encontraban ocultos, se escucharon varios estruendos.
Las doce bocas de los cañones escupieron su aliento de lumbre, metal y roca sobre los vulnerables flancos del ejército de Obregón,
Los fragmentos al rojo vivo, la arena y rocas derretidos se incrustaron en sus cuerpos, encendiendo sus ropas, perforando sus carnes y haciendo cundir el pánico entre las filas de los gubernamentales.
Los cañones atronaron tres veces más, hiriendo al enemigo, achicharrándolo y rompiendo sus filas.
De entre los árboles emergió la caballería cristera, encabezada por Juan. Los jinetes dispararon sus fusiles sobre los agraristas, los empalaron con sus lanzas o blandieron un filoso machete por sobre las cabezas rapadas de los soldados enemigos, abriéndoles el cráneo como cocos fracturados.
Al fondo del valle, la infantería cristera aún no se movía ni chocaba con los federales.
El castrado de Carlos Domingo relinchó, elevándose sobre sus dos patas traseras, aspirando el aroma del inicio de la batalla, contagiado por la adrenalina, el olor de la sangre y la pólvora que ya cundía y se propagaba en todo el terreno.
El anciano levantó el brazo en señal de fuerza. Sus hombres, mestizos e indígenas, lanzaron un feroz grito de apoyo a su líder que rebotó haciendo eco en las montañas cercanas. El centauro miró al cielo con sus profundos ojos grises, se encomendó a sus dioses antiguos y extrajo su sable del cinturón. Entonces dio la señal de ataque.
La infantería cristera se precipitó sobre las unidades del gobierno, que, desorientadas por los ataques laterales y el fuego de los cañones, los recibió en desorden. Se escucharon bastantes disparos en ambos bandos, pero la mayor parte de la lucha ocurrió cuerpo a cuerpo.
Desde el flanco del ejército enemigo, Juan Pablo propiciaba incesantes y mortíferos golpes con ayuda de sus hombres. Un indígena de origen náhuatl: Martín Pescador, había sido asignado por Carlos Domingo como su guardaespaldas personal. Desde su cabalgadura el indio no dejada de disparar una flecha tras otra y no se le despegaba al joven pastorcillo. Debía protegerlo por sobre todas las cosas y responder con su vida por la de Juan.
La caballería siguió girando, atacando, regresando y volviendo a golpear a los agraristas, avanzando, penetrando sus costados y aplastándolos cada vez más. Por su parte, las unidades federales perdían gradualmente la formación que les quedaba, cayendo en el desorden total, el pánico y la desesperanza, preludio de la muerte y la derrota.
Juan Pablo utilizaba un prolongado sable español bastante filoso para abrirse pasa por entre las angustiadas cabezas de los agraristas, abriéndoles el cráneo o decapitándolos. A su lado, Martín Fierro no cesaba de disparar sus saetas a diestra y siniestra.
Alguien derribó a la yegua de Juan, en realidad la bala iba dirigida a su pecho pero erró el blanco, haciendo saltar los sesos ensangrentados de su montura. El pastor rodó hasta el suelo, lastimándose el cuerpo. El comandante de los federales se disponía a atravesarlo con su bayoneta cuando lo detuvo una flecha del arquero indígena. Veinte soldados del gobierno se precipitaron sobre el líder de la caballería cristera. Juan derribó a tres de ellos con su espada. Los demás se le vinieron encima. Martín Fierro disparó cinco flechas más, cegando cinco vidas de aquellos soldados pelones. Se arrojó sobre ellos desde su caballo tordillo pura sangre, con su enorme cuchillo curvo desenvainado. Degolló de un golpe a un oficial del gobierno. Luego cayeron más y más federales sobre ellos hasta que todo se volvió una masa confusa de carne, sangre y hombres sin sentido.
Desde el frente del valle, Carlos Domingo iba reduciendo las filas de los federales, pisando con sus cascos y sus hombres encima de los enemigos muertos. Capturando prisioneros o rematando con el tiro de gracia. El anciano estaba feliz, preso de un frenesí por el triunfo de la batalla que contagiaba a sus tropas y se extendía entre los hombres, infundiéndoles un ánimo creciente hacia el fin de la lucha.
Cuando uno de sus oficiales tepehuanos, un indígena de considerable estatura, oscura piel y facciones aguerridas, armado con una poderosa lanza, le avisó que ganaban la batalla, aún no se imaginaba la suerte que habían corrido el joven pastorcillo y su guardaespaldas al caer heroicamente en medio del combate.









