C oloco trampas en todos los rincones, debajo de los sillones, dentro de los closets, debajo de las camas, detrás del refrigerador, esta vez no se le irían vivas, pensándolo bien habían corrido con suerte las desgraciadas, tuvieron varios meses de gloria siendo las reinas de la casa.
-¿Cómo diablos no me di cuenta?- se preguntaba a diario, -tener que descubrirlas por sus asquerosas cacas- se repetía mientras limpiaba y revisaba sus zapatos. -¿habrán entrado por la puerta principal cual descaradas señoronas? ¿O tal vez por ese pedazo dañado del guardapolvos?- se rompía la cabeza pensando a cada rato. Sea como fuere eso ya no importaba, sino el encargarse de ellas lo más pronto posible.
El solo hecho de imaginarlas entre sus cosas le erizaba la piel de todo el cuerpo, mordiendo la ropa, orinando y dejando sus asquerosas pestilencias en cualquier recoveco, incluso sentirlas merodeando en la cama como aquella noche en la que tuvo ese encuentro desagradable mientras veía tranquilamente la tele, sentir algo en el colchón, el corazón acelerado, solo para encender la luz y ver a sus adversarias frente a frente, encuentro que sirvió como declaratoria de una guerra sin tregua, momento en el que se juro que después de esa semana no pasaban, habían firmado su sentencia de muerte ese par de miserables ratas.
Tenia que planear bien la batalla, crear una estrategia que no fallase, -no es posible que un par de estúpidos roedores me puedan ganar- pensó, mientras buscaba en la tienda las trampas y el veneno que usaría para lograr el cometido.
No le gustaba que los demás supieran por lo que estaba pasando, pues no lo verían o entenderían de la manera en que ella lo hacía: “una trifulca ahora con tintes personales”. Y es que realidad cualquier ser humano se reiría a carcajadas, ¿Quién tomaría como personal el eliminar dos ratas?
Nunca fue ni la más bonita, la más alegre o incluso la más brillante, siempre se considero una persona promedio, más no del bonche. Le gustaba el orden en sus cosas, era a su manera de ver algo de admirarse en un mundo tan desorganizado y cambiante, su casa era su santuario y esas asquerosas visitas lo habían profanado, razón suficiente para no dar alto hasta derrotar a sus peludos adversarios.
Las noches eran un bendito infierno, tratar de descansar sabiendo que merodeaban por ahí la volvían loca, cualquier mínimo ruidito era motivo de pasar la noche en vela cual madre primeriza con el llanto de su retoño.
Después de varias noches en vela y los nervios de punta la batalla final llego, y no era momento de sucumbir. Los ojos arenosos no dejaban ver bien, y los ánimos caldeados pensar con claridad. Al abrir el cajón de su mesa de noche las vio, repugnante par jugando entre sus libros y cosas, – de esta noche no pasan- des dijo tajante, parecía que estaban entusiasmadas a seguirle el juego, inmóviles se quedaron esperando a ver quien daba el primer paso.
No era fácil la situación, sigilosamente y sin bajarles la mirada cerro la puerta de la habitación, con marcha calmada tomo de una bolsa cercana a ella unas cuantas trampas de esas que tiene pegamento para atrapar a la presa y las coloco a lo largo de la puerta, no tendirán mucha opción, esa noche o salían muertas o moría en el intento.
Saco con especial cuidado el segundo cajón de la mesita de noche, no podía dejarles opciones de escondite. Ya habiendo preparado el terreno tomo una escoba que tenia lista desde hace varios días por si acaso la necesitara, el momento había llegado serian escobazos o quedar pegadas, no había muchas opciones para ese par.
Con el pie movía el cajón en el que se resguardaban, tenia que animarlas a salir de alguna manera, fueron horas intensas esperando la respuesta a la ofensiva, con el palo de la escoba revolvía las cosas del cajón para sacarlas, el segundero del reloj caminaba pero no había mucho progreso y el cansancio acumulado mezclado con la tensión la estaban llevando al borde, lo único que quería era dormir un poco pero no podía dar su brazo a torcer, no ahora estando tan cerca de su cometido.
Había llegado el momento de rendirse cuando por fin salieron de aquella vieja mesita de noche, exaltada empezó a dar de escobazos en el piso, no podía perder, nada más no podía, las adversarias al ver tal reacción corrieron instintivamente hace la puerta, pegadas quedaron en las trampas a merced de ella.
Incrédula y llena de satisfacción sonrió, tomo las trampas las hecho en varias bolsas y las tiró a la basura.
No podría controlar su peso, su trabajo o el ritmo de la vida pero eso si, lo cual le dio una enorme tranquilidad, sentía un extraño equilibrio y nada la podía afectar, bueno, al menos hasta ese momento.










Una de las lecturas interesantes de la semana, para varía de
Jung y sus discípulos, fue sobre como en el enamoramiento “proyectamos” sobre el otro una serie de estados internos o estructuras, arquetipos, y que representan muchas veces el deseo de ser escuchados y atentidos por papa/mama, y que con el paso del tiempo, vamos encontrando a la persona real que hay detras de eso. Allí, creo, es donde comienza el amor, el de adeveras, el de la voluntad decidida, pero, ese, tiene que reflexionar si hay las condiciones básicas que necesita la persona para desarrollarse, o hya qye cambiar de pareja.
Arbolrojo, ¿este comentario no seria para ” Hablemos de Relaciones”? por que no le encuentro mucho sentido como obseracion o comentario a este cuento.. =)
es una especie de apostilla o de sincronicidad sin mucho chiste. El asunto con el cuento, es que por momentos, parece una reflexión profunda del camino de la vida y los extravios que a veces nos asaltan.