Mircea Eliade: el invulnerable

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El yogui vuelve a sí,
toma posesión de sí mismo,
por así decirlo, se rodea de “defensas”
cada vez más potentes
para protegerse de una invasión exterior;
resumiendo: se vuelve invulnerable.
(MIRCEA ELIADE –Técnicas de Yoga)

1

Un muy numeroso público de jóvenes hippies, interesados en el orientalismo y todas las corrientes de la Nueva Era. Aprendices de místicos, magos y demás, se congrega en el auditorio de la Universidad de Chicago. Llaman la atención por sus atuendos multicolores: abrigos viejos adquiridos en tiendas de viejo, sandalias de cuero o yute, gastadas chaquetas del Ejército de Salvación.

No falta algún que otro yogui de cabello rubio portando un turbante que no se lo quita ni para ir al baño. Las melenas prolongadas, grasosas y desarregladas por supuesto; los lentes redondos al estilo John Lennon; el olor a tabaco, las charlas despreocupadas y ruidosas. No es improbable que una buena cantidad de ellos sean usuarios de la marihuana y otros tipos de estimulantes, así como de la música de Jimi Hendrix y Eric Burdon. Más bien es casi seguro que lo sean todos ellos. También de las formas occidentalizadas de yoga y meditación trascendental, de un cristianismo juvenil que transformó a Jesús de Nazaret en un revolucionario barbado y de cabellos largos: el arquetipo del joven rebelde, atractivo, inquebrantable y de fuertes convicciones.

Muchos de estos muchachos hippiosos logran combinar de singular manera una ostentosa ideología de izquierdas, amén de un poderoso activismo político, con filosofías hinduistas, budistas, taoístas y otras formas de pensamiento extraídas del cristianismo primitivo, anterior a la fundación de la Iglesia Católica. Con la cual de hecho, no simpatizan en lo absoluto. La mayoría de ellos ya leyó el primer libro del antropólogo Carlos Castaneda: Las Enseñanzas de Don Juan, que acaba de ser publicado hace menos de un año. Todo es posible, son los finales de la década de los sesenta.

El conferencista aparece tras larga espera. Es un nuevo profesor, recién desempacado desde Rumania. Es alto, delgado, de diminutos anteojos con armazón dorado, bigote pequeño y hombros ligeramente caídos. Demasiado serio, comienza a hablar en un cuidado inglés de acento proveniente de Europa Oriental. Nada que ver con el histriónico y ecléctico público que abarrota el auditorio para escucharle.

El hombre se adapta a los jóvenes rápidamente, aprende a comunicarse con ellos de forma directa. Su público le responde apasionado y fervoroso; no le quitan los ojos de encima, ni respiran siquiera.

El tema central de la charla versa sobre las religiones primitivas de la Edad de Bronce, época remota cuando los dioses no eran masculinos sino femeninos. Y la Diosa Madre era la reina magnánima, quien concedía a granel los poderes de la tierra: curando, bendiciendo, brindando alimento, seguridad, fertilidad, amor y protección a sus adeptos. Cuando los antiguos realizaban magia antes de cazar un animal, dibujándolo sobre cueros de otro animal previamente sacrificado, antes también de decidirse a sembrar sus vegetales en la estación lluviosa.

El rumano es experto en historia de las religiones de todo el mundo. Prácticamente no existe secta, grupo iniciático, culto místico o forma de religiosidad en la tierra, que no haya pasado bajo la mirada de sus lentes analíticos: desde las religiones primitivas de la Edad de Piedra, pasando por el hinduismo, los orígenes del cristianismo, etc. Incluyendo todo tipo de sectas y grupos heréticos de cualquier época.

Al final de la conferencia su mensaje ha sido comprendido por completo. O eso parece. Hace muchos años que en las universidades europeas nadie le prestaba tanto interés a los temas de la historia de la religión, el orientalismo y el misticismo primitivos. El hombre está muy satisfecho. Es la mejor bienvenida que le pueden brindar los Estados Unidos tras llegar de Europa para quedarse como profesor permanente.

2

Mircea Eliade señala en su libro, La Prueba del Laberinto, que cuando recién llegó a los Estados Unidos, a menudo se le acercaban los jóvenes para pedirle consejo, orientación psicológica y espiritual. Esto jamás le ocurrió antes y lo desconcertaba sobremanera. Pues de ningún modo se consideraba un guía espiritual o un iluminado, sino un científico, incluso se definía como ateo.

Lo único que solía decirles a aquellos jóvenes “buscadores” era que él realizaba investigación científica sobre la historia de las religiones. Esperando que los datos arrojados por sus trabajos y libros pudiesen brindar algún conocimiento a los especialistas y a los neófitos sobre los orígenes de la espiritualidad en el mundo. Y que esto obviamente podría, en un momento dado, servir para que los seres humanos llegasen a profundizar mucho más en sí mismos y en sus raíces.

Pero de ningún modo se consideraba psicólogo, gurú o iluminado. Aunque los gurús, los místicos y chamanes fueron sus sujetos de estudio a lo largo de su vida.

3

A finales de la primera guerra mundial un joven rumano recién graduado en historia, tras realizar una profunda investigación sobre historia del arte sacro en Italia, decide irse a vivir a la India. Es el mismo quien años más tarde, en los sesentas, dictará conferencias en los Estados Unidos.

A este joven le interesa el arte religioso del renacimiento italiano porque tiene la sospecha de que tras el cristianismo moderno se esconden, muy ocultos por las prescripciones ecuménicas de las instituciones religiosas oficiales, una serie de fundamentos esotéricos, provenientes de movimientos espirituales herejes demasiado antiguos. Los cuales fueron bien asimilados y camuflados por el cristianismo actual. Que el cristianismo contemporáneo hunde sus raíces en formas de pensamiento esotérico y mágico, provenientes de movimientos heréticos tan antiguos como la Noche de los Tiempos.

Incluso sostiene la hipótesis, bastante atacada por sus conservadores profesores en Rumania, de que San Pablo, el último evangelista, fue iniciado en una secta de adoradores de Orfeo poco antes de convertirse en cristiano. Según Mircea Eliade, sus Cartas y su Apocalipsis se encontrarían plagados de alegorías, metáforas y mensajes de origen ocultista, mágico y hereje. Sólo accesibles para el iniciado quien fuese capaz de captar su mensaje.

Al final eso es el esoterismo: la transmisión de enseñanzas por medio de símbolos. ¿Qué no?

Al llegar a la India lo primero que hace es aprender sánscrito con un diccionario y varios libros. En ocasiones asiste con un médico hindú que le brinda alguna orientación en gramática y entabla conversación en la nueva lengua. Pero principalmente, es él mismo su propio maestro.

Y el resto del tiempo lo dedica a practicar yoga. De inicio le cuesta mucho trabajo realizar las ashanas, o posturas yógicas, contorsionando todo su cuerpo. Mismas que tienen la finalidad de liberar los músculos y detener el flujo de la mente. Tales posturas corporales deben llegar a convertir al iniciado en lo más parecido a un vegetal. Más sin embargo, y Eliade lo descubrirá más tarde, el pretender convertirse en parte del reino de las plantas no representa un retroceso en la tradición yogui, sino un avance en la evolución hacia el espíritu. Cuando el practicante domina en lo absoluto sus funciones vegetativas: respiración, digestión, sexualidad, sueño. Lo cual representaría un paso hacia el dominio de sí mismo y hacia el autocontrol absoluto.

Tres años en Calcuta practicando yoga, adquiriendo la disciplina del vegetarianismo y el arte del enlentecimiento de la respiración, es suficiente. Marcha luego rumbo al Tíbet para aprender las formas de meditación derivadas de la fusión y homologación entre budismo e hinduismo.

Transcurren otros dos años viviendo en Oriente. Pero su familia está preocupada por él, su padre en Rumania se negará a renovarle el pasaporte. Teme que su hijo se convierta en un monje misántropo y decida permanecer por el resto de su vida encerrado en alguna capilla o monasterio en las montañas.

El joven historiador se ve obligado a volver. Antes, en aquella estancia en la India se enamoró de la bella hija de un brahman, un amor prohibido que le marcará para el resto de su vida. Del cual emergerá más tarde la historia de una novela escrita durante su madurez.

4

Según nos cuenta Mircea Eliade en su libro Técnicas de Yoga, el punto medular del yoga, además de las ashanas o posturas físicas adoptadas por los iniciados, es la respiración.

La mayoría de los individuos quienes no hemos recibido un entrenamiento yógico, a excepción de algunos deportistas y cantantes profesionales, respiramos de forma errónea, utilizando exclusivamente el tórax: entre la base del cuello y el diafragma. Si se observa con cuidado a una persona ansiosa, alterada, agitada o deprimida, se notará que es el tórax el que se eleva al respirar, dando como resultado una agitación generalizada de sus órganos y estados de ánimo.

Quien todo el tiempo respira de tal manera, puede suponer que vive estresado o deprimido, y que su respiración tiene mucho que ver en sus estados de ánimo perjudiciales.

Contrariamente, al iniciado del yoga se le induce a respirar con el diafragma: músculo flexible ubicado justo debajo del tórax y por encima del abdomen. Respiración que de hecho ocurre de manera natural en la mayoría de las personas cuando nos encontramos en la fase de sueño profundo. Siempre y cuando no se sufriese algún tipo de alteración del sueño, física o emocional. Entonces es posible observar mientras alguien duerme, cómo se eleva y se hunde rítmicamente su diafragma mientras descansa. En los animales este tipo de respiración se produce de manera bastante espontánea y natural mientras duermen o se encuentran recostados, siempre y cuando sepamos observarlos con detenimiento.

La cuestión es que el yogui debe ser capaz de controlar sus inhalaciones y exhalaciones a la par que inflama o distiende su diafragma. Al inicio cuesta bastante trabajo regular la respiración y volverla profunda y constante durante todo el día. A muchos sujetos que acaban de ser inducidos en la respiración profunda suele dolerles la espalda o producírseles punzadas en los costados por falta de costumbre, o debido a los malos hábitos y a no respirar usualmente con la totalidad de los pulmones. Hay incluso quien se marea o padece vértigos en los primeros intentos.

Pero una vez dominada, la respiración profunda yógica proporciona beneficios inmediatos en la mejora de los estados de ánimo, la digestión, la presión arterial, el sistema inmune, la vida sexual, etc.

5

Sorprenden a un psicólogo como yo, las consideraciones de Mircea Eliade acerca de la actitud del psicoanálisis hacia el inconsciente.

La finalidad del psicoanálisis, en la mayoría de sus corrientes desde Freud, es volver consciente aquello que era inconsciente; en pocas palabras, conocer al inconsciente. Se habla sin embargo, en la tradición psicoanalítica clásica que persiste hasta nuestros días, de un “conocimiento” racional del inconsciente, a pesar de todo. Un conocimiento verbal, conceptual.

Por su parte y para sorpresa nuestra, según Eliade, el yoga plantea que no sólo es posible “conocer” intelectualmente al inconsciente, sino que es menester del yogui llegar a dominarlo y posesionarse de él. Lo que conllevaría obtener el título de dueño absoluto de sí mismo.

Los ejercicios yógicos tienen, por consiguiente, la finalidad de penetrar en las funciones “automáticas” o vegetativas del organismo del practicante. Se llega a tener un control sobre el propio apetito, sobre la respiración, sobre las funciones digestivas, sobre las pulsaciones del corazón y las funciones sexuales. Pero no hablamos de un “control” en el sentido occidental del término. Más bien de un “control sin pretender controlar”.

No por nada, muchos yogis llegan a convertirse en grandes amantes, logrando mantener la erección de su miembro durante toda la noche sin eyacular ni una sola gota de semen. Produciendo enorme placer a sus amantes hasta el grado de enloquecerlos. Sin perder la energía sexual en lo absoluto, fruto de su vida disciplinada, la alimentación equilibrada y el fortalecimiento del cuerpo.

Llegando al final a experimentar aquellos legendarios orgasmos espirituales de los que hablan los antiguos. Mismos que se generan, según dicen aquellos sabios milenarios de oriente, sin eyacular milímetro alguno de simiente y sin importar tampoco la longevidad del amante.

El yogi va aprendiendo a enlentecer su respiración paulatinamente, hasta que sus estados de ánimo dejan de perturbarlo como lo hacen en la mayoría de nosotros.

Aprende a entrar en trances meditativos nada más por la inducción de su respiración profunda en casi cualquier lugar, a pesar de encontrarse rodeado de ruido y estímulos externos.

Fascina la idea de que el yogi logra llegar a respirar profundamente durante la mayor parte del tiempo: dormido o despierto. Pretendiendo, en la vigilia y durante el día, emular la respiración del sueño profundo. El objetivo es conectar la noche con el día, unificar la vigilia y el sueño; “volver” a fusionar la consciencia con el inconsciente.

Conforme se practican las ashanas, la meditación y la respiración profunda, el iniciado va requiriendo menor cantidad de horas de sueño. Y cuando “duerme”, deja de ser una víctima pasiva de las circunstancias oníricas de sus sueños o pesadillas. Volviéndose un participante activo de los mismos, sin temer para nada a sus demonios internos, sino contrariamente, integrándolos como parte imprescindible de su vida.

Conforme la fusión entre vigilia y sueño, consciencia e inconsciente se va dando, el yogui, según cuentan los textos hindúes traducidos por Eliade, va adquiriendo un control sobre sí mismo desconocido por completo por los profanos. Convirtiéndose sin quererlo, en mago, en alguien a quien el mundo externo es incapaz de hacer daño alguno. En invulnerable.

El yogui “renuncia” al mundo externo, a sus exigencias, necesidades y apetitos; renuncia al dinero, a los apegos de la carne y a la riqueza. Pero al “renunciar”, paradójicamente, adquiere un poder sobre aquello a lo que ha renunciado, llegando un punto en que justo lo que necesita, le es dado por Dios, o “concedido”, o quizá “atraído” por él mismo al no necesitarlo ni estar ganoso de aquello. “Todo se os dará por añadidura”. Al igual que dirían también algunos sabios romanos unos siglos después: abstinendo obtinere: obtener absteniéndose.

Algo rarísimo en nuestras actuales culturas, y extraño para nosotros, quienes solemos permanecer atrapados y “apegados” al flujo de la vida corriente, deseando y anhelando placer y objetos sin cesar. Entendiendo vanamente que nuestra tranquilidad y estabilidad emocional depende del deseo, el poder, el éxito y la posesión de objetos y personas.

7

Después de volver a Rumania, Mircea Eliade se dedica a impartir conferencias sobre yoga, hinduismo y budismo. En aquellas épocas en Europa éstos eran temas novedosos y atractivos. Pero no durará mucho tiempo, tras contraer nupcias con Christinel, una hermosa rumana de ascendencia noble, quien permanecerá por el resto de su vida junto al él, marchará a París para cumplir funciones como secretario del cónsul de su país. Aprovechará entonces para estudiar su doctorado en Francia.

Sus años europeos fuera de Rumania estarán caracterizados por la lectura de miles de libros, y la escritura de algunas decenas de ellos. Se convertirá en un investigador imparable, lector y escritor sistemático y disciplinado. Fruto de ello surgirán sus textos: El Chamanismo y las Técnicas Arcaicas del Éxtasis, Así como los tres gruesos volúmenes de Historia de las Ideas y las Creencias Religiosas. También, en el poco tiempo que encuentra libre, se dedicará a la creación literaria. En aquella época ganará un concurso de novela con una obra suya. Eliade es una combinación extraña entre científico y artista, igual que su ídolo: Goethe.

Sin embargo, su temperamento melancólico lo acosará desde que salió de la India. Una depresión incisiva lo perseguirá durante décadas. A lo largo de años cree padecer algún tipo de cáncer mortal que podría matarlo, culminando su vida y su obra. A pesar de todo ello, las respiraciones yóguicas aprendidas de sus gurús en la India serán quienes le ayuden a recuperar la calma y salir a flote.

Vivirá hasta los 86 años, pese a sus transitorios estados depresivos y a su hipocondría.

8

La última prueba de iniciación para el yogui, tras años de practicar ashanas y ejercitar la meditación y todas las variedades de respiración, es bastante dura.

Primero se le pide al iniciado salir desnudo en pleno invierno y recostarse a flor de piel sobre la nieve o el suelo congelado. Es cubierto por sabanas mojadas posteriormente, deberá entonces respirar profundo y relajarse, pese al suplicio. Tendrá qué vencer el miedo a morir de frío, el dolor y la quemazón causada por el hielo y la humedad. Deberá entrar en un trance, al grado de ser capaz de producir un fuerte calor corporal con su propia piel, y secar una sábana empapada tras otra que le sean colocadas, tan solo con su cuerpo en medio de la nieve.

Está documentado, y Mircea Eliade lo presenció con sus propios ojos, que aquellas sábanas, llegan en verdad a ser secadas por completo, tan sólo por el calor emanado de los cuerpos de los diestros yoguis.

Otra prueba final, según documenta el historiador rumano en sus Diarios y en su texto sobre Técnicas de Yoga, aunque menos común desde luego, consiste en encerrar al joven iniciado en un sarcófago junto a un cadáver. Luego es enterrado vivo varios metros bajo tierra. Deberá sobrellevar la pestilencia de la carne en descomposición, los gases y fluidos emanados por el cuerpo muerto, el miedo a morir asfixiado o intoxicado, la pérdida de sus fuerzas vitales o la posibilidad de morir de inanición. Empero, previamente aprendió a ayunar, a meditar, a esperar, a no perder la paciencia.

La vida humana, según Mircea Eliade, es una sucesión de pruebas espirituales y muertes simbólicas, también de renacimientos. El “renacido” o “resucitado”, sin embargo, cuando consigue salir avante, ya es otro, completamente distinto al que era antes de iniciarse en los ritos y pruebas yóguicas.

No por nada también, tras las pruebas libradas, suele cambiar su nombre, abandonar su hogar, comenzará a hablar en otra lengua, a caminar, pensar, respirar, amar, sentir y soñar de forma distinta a los demás. Estará en la posibilidad de adquirir poderes sobrehumanos, a los cuales, sin embargo, según las prescripciones de su disciplina, deberá también ser capaz de renunciar.

A través de la renunciación, los hombres, los dioses y los demonios se vuelven más poderosos, llegando a poner en peligro el equilibrio del universo. Reza en varias ocasiones el investigador rumano a lo largo de toda su obra.

Tras siete días de sepulcro, el joven yogui es desenterrado y extraído de aquella tumba. Habrá muerto simbólicamente y luego resucitado. Jamás volverá a ser el mismo. Será entonces capaz de todo, dueño absoluto de sí mismo. Estará en posesión total de su conciencia y de su inconsciente. Será indestructible, invulnerable.

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Carlos Filiberto Cuellar. (Guadalajara, México, 1976). Es escritor y psicólogo. Sus novelas: Tristísima (Deauno.com, 2008) e Histérica y Adorada: Cuentos de Psicoanálisis en México (Deauno.com, 2007), además del libro de testimonios: Hombres de a Pie: Dos Chamanes del Occidente Mexicano, pueden ser consultadas en la página electrónica: www.amazon.com Su correo personal es: carneuro@yahoo.com.mx

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