Jane tenía todo: belleza, dinero conexiones aristocráticas y, como se revela en sus cartas, poesía y diarios íntimos, una mente muy original, quizá lo único que le hizo falta fue la hipocresía y moralina con que las clases altas ocultan su propias faltas.
Intrépida viajera que, finalmente, descubrió que la felicidad en el desierto de Siria, donde se casó con un jeque y dividió su tiempo entre el oasis de Damasco y la dura vida de los nómadas.
Ella era una mujer notable.
Su vida fue una que ella deseaba.
Odette Lind 1999
(Prima de Jane Digb)
Creció en un ambiente refinado. Además de francés, alemán e italiano, conocía las lenguas clásicas: latín y griego.
Más tarde, debido a su cosmopolita vida y pulsión amorosa, llegó a dominar nueve idiomas incluido el árabe, que leía y escribía a la perfección.
Tenía un talento especial para el dibujo, la acuarela y la música, era buena pianista y tocaba la guitarra y el laúd, le encantaban las artes y especialmente la historia antigua y contemporánea.
Y nunca se amoldó a las convenciones de su época. Guapa, culta, deportista, segura de sí misma, había sido educada en un agradable ambiente, tanto material como cultural, y quizá rodeada de cariño y libertad inusual para las hembras de alcurnia; todo para que pudiera llegar a ser una gran dama de la alta sociedad inglesa del Siglo XIX(1), lo que posiblemente le atraía poco.
Nadie, sin embargo, le explicó que debía disimular su forma de ser, reprimir sus pasiones en una sociedad victoriana, hipócrita y con doble moral enorme: un mundo que predicaba las virtudes de la vida familiar pero la infidelidad estaba a la orden del día y en el que el interés, el egoísmo y el dinero eran casi la única razón de ser. Una sociedad que satanizaba el sexo pero que había convertido a los barrios bajos de Londres en el motel más grande del mundo.
Viajo en las peores condiciones (no había otra manera) en barcos a veces de carga, piraguas, camellos, a pie, con porteadores. Dormía al raso, manejaban machetes y escopetas como el mejor, enfrentó bandidos, saqueadores, tribus desconocidas, pero no prescindían de sus corsés, enaguas, sombreros, faldas hasta los pies, camisas abrochadas hasta la barbilla, y en cuanto tenían cuatro paredes y un techo, decoraban sus casas como un auténtico cottage británico.
Por supuesto viajaba con su juego de té, vajilla, cubertería, sábanas de hilo, camisolas para dormir, etc. A diferencia de los hombres solían ir solas, sin protección ni escolta alguna.
Tenían tiempo para disfrutar de las pequeñas cosas, del paisaje, de la vida cotidiana, se involucraban con los lugareños y amaban profundamente lo desconocido, lleno de peligros y dificultades.
VIDA AMOROSA y PROMISCUIDAD
Su romance con un príncipe austriaco y el divorcio de su primer marido en 1830, Lord Ellenborough, causó sensación, y desde ese momento hasta su muerte 1891, su nombre era rara vez dejaba los periódicos, ella apareció siempre como parte de un cuento de hadas escándaloso.
Elizabeth Jane Digby, Lady Ellenborough (03 de abril 1807- 11 de agosto 1881) fue una aristócrata Inglés que vivió una vida ruidosa de la aventura romántica.
Cuatro maridos y muchos amantes, entre ellos el Rey Ludwig I de Baviera, apodado el loco(2), el estadista Félix Schwarzenberg, y un general bandolero albanes. Murió en Damasco, Siria, como la esposa del jeque Medjuel El Mezrab, 20 años menor que ella.
LA HISTORIA PASO A PASO
Jane Digby nació en Forston House, cerca de Minterne Magna, Dorset el 3 de abril de 1807, hija del almirante Henry Digby y Lady Jane Elizabeth, una reconocida belleza.
El padre de Jane fundó la fortuna familiar al apoderarse de la nave del tesoro español, Santa Brigada en 1799. Como capitán del HMS Africa participó bajo el mando del Almirante Nelson en la Batalla de Trafalgar. Los Churchill (Wiston y su prole) son algo así como tatara-tatara-sobrinos de Jane Digby.
Matrimonios y escándalo
Debido a sus numerosas relaciones amorosas, fue casada con Edward Ley, segundo barón Ellenborough (más tarde conde de Ellenborough) en 1824, y quien se convirtió en Gobernador General de la India. Uno de los huesos más importantes del dinosaurio político que era el gobierno imperial británico.
En el momento de su matrimonio, Jane fue descrita como alta, con una figura perfecta, de un hermoso rostro, enmarcado en cabello color oro pálido y con ojos azul oscuro espacio, largas pestañas oscuras, y una tez rosa silvestre.
Tuvieron un hijo, Arthur Dudley, quien murió en la infancia.
Después de uno asuntos de alcoba con su primo, George Anson (que Jane pensaba que era el padre biológico de su hijo) y Félix Schwarzenberg, un estadista austríaco, se divorció de Lord Ellenborough en 1830 gracias a una ley del Parlamento.
Ella se fue a París con su amante, allá, Jane tuvo dos hijos una hija, Matilde “Didi” (nacida antes del divorcio, en 1829 y criada por la hermana de Félix), y un hijo, Félix (nacido en diciembre de 1830) que murió sólo unos pocos semanas después de su nacimiento.
Después se mudó a Munich y se convirtió en la amante de Luis I de Baviera, pero tuvo un hijo, Heribert, con el Barón Karl von Baviera Venningen, quien se casó en una relación basada en la conveniencia en 1832.
Heribert nació el 27 de enero 1833 en Palermo, Sicilia, donde Jane residió un tiempo con su esposo.
Pronto encontró un nuevo amor: el griego Spiridon Theotokis Contar. Como en una mala novela, Venningen enteró y retó a Theotoky a un duelo.
Después Jane se separó del Barón y se casó con Theotoky y ambos se trasladaron a Grecia. El Rey de Grecia, Otto (hijo de Luis I de Baviera, otro de sus amantes), se convirtió en uno más de los admiradores de su belleza y en participe de sus noches.
El matrimonio terminó en divorcio de Theotoky después de la caída que resultaría fatal para su hijo de 6 años de edad, Leónidas.
Luego vino un romance con un general de Albania, a la que tuvo en calidad de “reina” de su ejército bandolero, vivendo en cuevas y disfrutando de paseos a caballos y la caza en las montañas. Lo dejó cuando le fue infiel.
SIRIA
En abril de 1853, lady Jane Digby abandonó Europa rumbo a Oriente Medio, ignoraba que aquel viaje cambiaría para siempre su destino.
Lady Jane, como otras aristócratas inglesas del XIX, sintió la llamada de Oriente tras la lectura de Las Mil y una Noches, los sensuales relatos de la princesa Sherezade, que describían un mundo misterioso y mágico de hárenes, bázares, caravanas y nómadas beduinos.
A comienzos del siglo XIX, viajar más allá de El Cairo o Estambul era una peligrosa aventura, y más para una dama cristiana como ella.
Encontraría el verdadero amor en un noble beduino del desierto. Abdul Medjuel, un culto y refinado jefe árabe de la tribu de los Mezrab, sería su cuarto y último esposo. Con él compartiría veinticinco años de feliz matrimonio y se adaptaría sin problemas a la dura vida beduina.
Abdul Medjuel el-Mezrab, hermano menor del jefe de esta tribu de beduinos con fama de caballerosos, acompañó a lady Jane a visitar la ciudad de Palmira, en el corazón del desierto sirio, un viaje muy peligroso en aquel tiempo.
Medjuel era un jeque de la sección de la Mezrab Sba’a, un conocido subtribu de los grandes.
A pesar de que tenía veinte años mayor que ella, los dos se casaron bajo la ley musulmana y tomó el nombre de Jane Digby Elizabeth El Mezrab. La ceremonia ocurrió en Medjuel en la ciudad siria de Homs, según el rito musulmán, y fue oficiado por un funcionario turco.
Su matrimonio fue feliz y se prolongó hasta su muerte, 28 años más tarde. Jane aprobó vestido de árabe y aprendió árabe, además de los otros ocho idiomas en los que ella hablaba con fluidez. La mitad de cada año se la paso al estilo nómada, viviendo en tiendas de pelo de cabra en el desierto, mientras que el resto del año vivían en la villa palaciego que construyó en Damasco.
En esa ciudad, donde vivía la mitad del año se hizo amiga de Richard Burton y de Abd al-Kader al-Jazairi, un prominente líder exiliado de la revolución argelina.
Desde el primer momento se adaptó a la dura vida beduina, vestía con largas túnicas, se tiñó el cabello de color azabache y se dejó dos largas trenzas que le llegaban hasta la cintura, se pintaba los ojos de «kohl», fumaba en narguile y montaba a lomos de camello con gran destreza. Poco a poco se fue ganando el respeto de los miembros de la tribu de su marido, quienes la llamaban afectuosamente Umm al-Laban, o «madre de leche», por el color blanco de su piel.
Cuando, en el verano de 1881, lady Jane Digby murió a causa de la peste, los Mezrab, vestidos con sus vaporosas túnicas blancas, le dieron el último adiós en el cementerio protestante de Damasco como si se tratara de una auténtica Reina del desierto, la reencarnación de su admirada Zenobia, la reina de Palmira, y quien conquistó un gran reino que incluía Egipto, y que perdiera ante los romanos.














