TRIBULACIONES DEL PEQUEÑO EDIPO

1. PEQUEÑAS TRIBULACIONES 1

Llamo a su casa por teléfono. Hace mucho tiempo no lo buscaba con sus padres, donde siempre vuelve de sus lejanos viajes. Pero ayer alguien me dijo que tenía un mes en México.

En el extranjero se viste con traje de hombre independiente, de basta visión. Estudia dos doctorados al mismo tiempo: uno en matemáticas y otro en psicometría de los animales. Bebe botellas enteras de whisky y vodka en bares solitarios, se atreve a gritar de repente a alguna polaca de la mesa de al lado cuando se le han subido un poco las copas. En cuanto ella voltea, se encoge y se hace el disimulado, apurando el trago, pese a su úlcera esofágica de hace siglos.

Luego no puede mantenerse demasiado tiempo alejado de aquella casa en la que dió los primeros pasos torpes en zapatos ortopedicos.

Todavía me sé de memoria el número y mis dedos lo marcan en automático.
Me contesta su madre. Voz apagada, de aparente fragilidad y sumisión, producida por un ángel del inframundo. Muerto en vida desde décadas atrás. La asexualidad es la nota distintiva en sus sonidos más personales: “Soy inofensiva…” Parece gritar aquella voz que no atina a ser de mujer ni hombre, en cada sílaba, antes de decirme que sí se encuentra su hijo. Que en   un momento me atenderá. Pero yo la conozco también desde hace décadas y sé que es su madre. Hace mucho que aprendí a desconfiar de aquellos que desde el inicio se anuncian como inofensivos.

“Te he dicho repetidas veces que nunca digas que sí me encuentro en casa antes de pasarme una llamada….!!! Pregunta primero quién llama antes de pasármelo!!!”

Escucho al pequeño Edipo hablarle a su madre. Se dirige con ella cual si fuera su subordinada.

Ella le pide disculpas en varias ocasiones, Edipo continúa llamándole la atención y dictándole prescripciones acerca de la poca gente, las muy escasas amistades, que aún lo buscamos de vez en vez. A quienes Edipo evita por sobre todas las cosas, bajo el efecto de alguna vergüenza dolorosa y escondida por la que ya no desea ser visto por sus conocidos jamás.

Edipo alza la voz una vez más a su madre, vocifera desesperado y de pronto se corta la llamada para siempre. Alguien colgó, probablemente el propio Edipo, desde el otro lado.

No podré averiguar, de ningún modo, que media hora más tarde su madre invertirá los papeles. La madre conoce, como aquellos faquires poderosos, el don del canto hipnótico para dominar a las cobras. Como víbora vencida, una y otra vez, retornará Edipo al cesto donde lo guarda su madre. “Aunque te alejes, nunca podrás escapar de mí!!!” Parece decirle. Es el precio de la rebeldía sin objeto. De la cotidiana insurrección fallida. Hace veinte años que la relación con su novia se marchitó. El pene de Edipo simplemente no atinaba a responderle.

Ni su madre ni yo lo sabremos tampoco, de ningún modo, que no hace ni un mes, le desfloró el ano un enorme mulato venezolano. Lo contrato en un bar de Houston creyendo, o queriendo creer que era una chica. Cuando el pene de Edipo no logró comportarse como de costumbre: a la “altura”, el mulato extrajo una poderosa anaconda de sus calzoncillos: “No te preocupes papá, yo te puedo dar placeres…”.

Tras quience minutos, Edipo retornará cabizbajo al cesto de su habitación. En una hora su madre lo llamará para cenar y él apenas podrá sentarse sobre su trasero aún adolorido.

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About Carlos Filiberto Cuéllar

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Carlos Filiberto Cuellar. (Guadalajara, México, 1976). Es escritor y psicólogo. Sus novelas: Tristísima (Deauno.com, 2008) e Histérica y Adorada: Cuentos de Psicoanálisis en México (Deauno.com, 2007), además del libro de testimonios: Hombres de a Pie: Dos Chamanes del Occidente Mexicano, pueden ser consultadas en la página electrónica: www.amazon.com Su correo personal es: carneuro@yahoo.com.mx

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  1. Bitacoras.com - 30 octubre, 2010

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