Nalgas gordas

Sumí la panza hasta quedarme sin un hálito dentro y nada. El pantalón no me cerró. Forcejé un poco más, me negaba a creer que no me entrara el uniforme. Una, dos, tres… de nuevo sacar el aire y apretar el estómago. Nada. Me alcancé a abotonar, pero el cierre no subía ni con pinzas y es que todo lo que comí se me fue a las nalgas, que habían alcanzado tamaños que en años no se veían. Todo por el inche… aquel del que ya ni mi acuerdo porque me juraba que no era yo, que era él, y sí era él, pero sobándole las chichis a la inche Mireya de contabilidad. El muy puñal.

Hay muchas maneras de olvidar un mal amor y sus penas, pero yo escogí la peor, con pan y en Guadalupe-Reyes.

Me recosté en la cama y otra vez, una, dos, tres… pero qué buenos estuvieron los platos de pavo, pierna, romeritos, frijoles, puré, tacos, tortas, chocolate, pasteles, helados y demás comederas de posadas, Navidad, Año Nuevo y entremeses. Una, dos, tres… por fin subió el cierrehijodesuinche… Ni pex, hoy me zampo un pedazo de rosca y ya mañana empiezo la dieta. ¿Qué culpa tengo yo de tener las nalgas gordas?

Decía mi mamá que yo nací de nalgas pero porque las tenía tan gordas que hicieron peso y fue lo primero que salió. No sé si eso sea cierto, lo que sí sé es que ya de chamaca me distinguía por ser de canasto amplio. Cuando entré a la secundaria el tamaño de mis posaderas empezó a llamar la atención y no solamente a mis compañeros de clase, sino también a los maestros. Yo me moría de vergüenza cada que se me quedaban viendo, y le pedía a mi mamá que me hiciera la falda del uniforme más larga y más grande. –Ni que fueras monja, hija- comentó una vez mi tía Amelia. -Acostúmbrate, ya algún día te va a gustar y le vas a sacar provecho.

Pero no me gustó sino mucho después y nunca le saqué provecho. Pasé de la secundaria al bachillerato sintiéndome un fenómeno y la primera vez que un fulano me dio una nalgada en la calle quise que me tragara la tierra. Me maté de hambre e hice ejercicio como loca por años, pero lo único que conseguí fue que medio se disimularan un poco.

Y ahora vuelven a estar enormes, redondas, redondas, casi parece que me metí dos pelotas de basquetbol en los calzones. Pensé en cambiarme, mejor que me llamaran la atención por no llevar el uniforme que llamar la atención por el par de bultos traseros, pero ya era tarde. Me miré en el espejo y suspiré resignada. Ya qué.

Hay novedades en la oficina. Contrataron a alguien de fuera para la dirección. Luzma me lo dijo nomás entrando y tras darme el abrazo de Año Nuevo.

-Ojalá no salga un viejito cabrón raboverde como el otro –dije en voz alta y en cuanto pronuncié la última sílaba me di cuenta de que la había regado. Luzma peló los ojos y volteó a ver al recién llegado, quien, estoy segurísima, ya me estaba viendo las nalgas.

-Buenos días, ¿puedo servirle en algo? –dijo Luzma muy educadamente.

Me volví, solté un bueno días y me fui lo más discretamente posible hacia mi escritorio. Me senté sin levantar la vista. El fulano quería ver al licenciado Corona, el jefe del departamento. Luzma le informó que no había llegado porque los lunes pasaba primero a la planta.

-Dígale, por favor, que vaya a la dirección cuando llegue. Necesito ver unos pendientes con él –indicó a Luzma con voz firme y varonil. Luego se acercó a mi escritorio, se inclinó un poco y me dijo en voz baja, para que nomás lo oyera yo: “viejito, no; cabrón, según se mire, y rabo verde… lo podemos arreglar”. Luego me sonrió, una sonrisa simpática, franca y traviesa que iba de los labios a las comisuras de sus ojos, de ésas que no te dejan duda de que te están invitando a jugar y que te van a prestar todos los juguetes… todos. Tras esto, se fue.

- ¿Qué te dijo? –preguntó Luzma.

- Que dónde estaban los baños –mentí.

Como todos los años, trajeron roscas de reyes a la oficina, pero esta vez no las partimos por separado en cada departamento, sino que llamaron a todo el personal al comedor. –Nos van a presentar al director –me confió Luzma.

Me entretuve en una llamada y para cuando llegué al comedor, ya habían presentado al director y éste se estaba dirigiendo al personal. Me quedé en la entrada sin saber si pasar o esperarme a que terminara de hablar. El me vio y sin dejar su discurso me hizo un gesto para invitarme a entrar.

Era alto, atractivo, no guapo, de manos grandes y expresivas. No sé por qué me fijé en las manos, pero cuando se las estaba observando me acordé del rabo verde e inmediatamente bajé la vista para verle los pies. Calzaba grande. Sin pensar, la subí de nuevo para constatar que efectivamente calzaba grande y me di cuenta que otra vez la había regado: el director me había cachado checándole la entrepierna. Me puse como jitomate y me quedé mirando el piso el resto del discurso. Sólo hasta que sonaron los aplausos me atreví a mirar de nuevo. Cruzamos la mirada y sonrió. Todos los juguetes. Todos. Sonreí a mi vez y llegamos a un arreglo.

Por eso no me extrañó que mientras me comía mi pedazo de rosca, la jefa de personal se me acercara a informarme que tenía que reportarme a la dirección al día siguiente. –Vas a asistir al nuevo director mientras Lolita se va por incapacidad -dijo.

Hay calores a los que el clima no afecta, es por eso que aunque la mañana del martes amaneció fría y no tenía ni un par de medias, me puse la minifalda roja para ir a trabajar.

Llegué a la oficina quince minutos antes de mi hora de entrada y el director ya estaba allí. Dejé mis cosas en el escritorio y toqué la puerta de su oficina.

- Buenos días, señor, soy Martha, me mandaron con usted, de personal.

- Ah, sí. Por favor traiga su libreta para que anote los pendientes que le voy a dar.

Si alguna esperanza tenía de que mi atuendo causara algún impacto, se me esfumó al escribir la lista de pendientes que parecía era el programa de trabajo para todo un año. Inches juguetes que me estaban prestando.

- Y por último –dijo- cuando se haga un café, por favor tráigame uno.

- ¿Cómo le gusta?

- Muy dulce –contestó arrastrando la “u” del muy.

- ¿Cuántas cucharadas de azúcar le pongo?

- ¿Al café? Ah, ninguna. A mí me gusta el café negro.

Me pasé la mañana buscando archivos, haciendo informes, hablando por teléfono a un montón de gente, ¿café?, si quería que se fuera a la máquina de la recepción. En la comida, apenas si pude cruzar dos palabras con Luzma, así de trabajo tenía.

Iban a dar las siete y sólo faltaba un pendiente por concluir de los que me había dado el director en el mañana. En lo que llegaba ese reporte, fui a la cocineta y preparé dos cafés. Toqué a su puerta y sin esperar a que me respondiera entré. Se puso de pie al verme.

- Pero tráigase el suyo, para que me acompañe, ¿no?

De regreso con mi café, él seguía de pie, recargado en el escritorio, soplando el suyo. Me puse a su lado, haciendo lo mismo. Por cinco minutos, ninguno dijo palabra. Sólo dábamos pequeños sorbos.

- Entonces… ¿llegamos a un arreglo? –soltó de repente.

- ¿Tú qué crees? –respondí.

Dejó su taza sobre el escritorio, me quitó la mía y la puso a lado de la primera. Luego se puso frente a mí, me sonrió con su risa franca y traviesa. Posó una de sus manos en mi brazo, la otra en mi cintura y con delicadeza, muy despacio, me puso de espaldas a él, dio un paso atrás y se me quedó viendo las nalgas. Luego puso sus manos sobre ellas y empezó a acariciarlas con movimientos suaves. Acercó su cuerpo al mío sin soltar mis posaderas. Me besó en la nuca y me susurró al oído:

- Tienes las nalgas más gordas y ricas que he visto en mi vida.

Me estremecí. Finalmente iba a sacarles provecho.

Tags:

3 Responses to “Nalgas gordas” Subscribe

  1. Adolfo Tavizon 12 abril, 2011 at 4:07 am #

    aqui primo http://www.extravia.net

  2. Fco Tavizon 12 abril, 2011 at 2:52 am #

    Donde publicas esto primo para leerlo?

Trackbacks/Pingbacks

  1. Bitacoras.com - 13 abril, 2011

    Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Sumí la panza hasta quedarme sin un hálito dentro y nada. El pantalón no me cerró. Forcejé un poco más, me negaba a creer que no me entrara el uniforme. Una, dos, tres… de nuevo sacar el aire y apretar el estómago. N……

Leave a Reply