Sexualidad líquida contemporánea

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C omo he mencionado en otros de mis textos, las cuestiones de sexualidad y estudios de género están en lo que yo llamaría la “frontera externa” de la filosofía, yuxtaponiéndose con los terrenos de la psicología y la sociología, entre varios otros. Al igual que en los estudios de las ciencias cognitivas (sobre la consciencia) creo que los filósofos pueden aportar un poco con su visión horizontal y transdisciplinaria, que los científicos sociales más especializados a veces pierden de vista.

El meollo de los estudios de género, pues, es la cuestión de la sexualidad. No recuerdo si tome por presupuesto este punto en mis otros ensayos al respecto, así que comenzaré por las definiciones básicas. ¿Qué es la sexualidad?

La distinción entre este término y otros similares, se trabajó sobre todo en la última mitad del siglo XX.

 

Por sexo entenderemos la diferenciación de características biológicas que resultan en una especialización funcional. O sea, sexo se refiere a lo puramente biológico.

Sexualidad se refiere a la capacidad de tener experiencias y respuestas eróticas, que también implica la manera en que un humano se siente atraído a otro humano.

Orientación sexual describe un patrón consistente de atracción sexual.

Identidad de género es la manera en la que un individuo se identifica a si mismo dentro de una categoría de género.

Género es un conjunto de características usadas para distinguir entre hombre y mujer, el concepto incluye tanto los roles sociales sexuales hasta los aspectos biológicos.

Un montonal de palabras, ¿no?

La sutileza y yuxtaposición de todos estos conceptos nos habla de lo complicado que es el tema del sexo, y de lo mucho que se lo han complicado los estudiosos del tema.

A riesgo de sobresimplificar, yo distinguiría tres aspectos:

Biológico lo que le dio la naturaleza y la genética, pene o vagina.

Psicológico la manera en que se identifica a si mismo.

Sociológico las conductas sociales que son identificadas dentro del papel/rol de un sexo.

Antes de seguir avanzando en este pantanal, creo pertinente aclarar desde que perspectiva estoy escribiendo esto. La sexualidad, como mencionaba antes, se puede ver desde muchas perspectivas: biológica, antropológica, psicológica, sociológica, filosófica, ética, moral, religiosa, y probablemente etcétera, etcétera .

Obviamente, es difícil escribir sobre cuestiones de sexualidad sin que el personal punto de vista influya en lo que uno reflexiona. Y menos, cuando uno es filósofo. Pero creo importante tratar de escribir sobre este tema (y sobre todos los temas sobre los que hago reflexión filosófica) con una perspectiva lo más neutral posible. Es decir, mi posición religiosa y moral al respecto quedará totalmente afuera de mis textos (y si no, lo aclararé) y trataré de escribir como científico, con una perspectiva objetiva y neutral, sin emitir juicios de valor. Como ya he dicho en otros textos, mi papel como filósofo y como ético es darte a ti lector elementos para que tú puedas emitir tus propios juicios, no quiero venderte ideas ni adoctrinarte con mis juicios.

Ahora, ¿Por qué escribo sobre este tema? Además del interés científico que me despierta, es un tema que genera inquietud en mi entorno de trabajo.

Yo he dado clases desde 1992 en prepa (probablemente desde el 89 en artes marciales, pero ese es otro cuento). Y he podido observar como las sexualidades típicas de los adolescentes han ido evolucionando. La postmodernidad ha hecho este fenómeno aun más radical y claro. Y dado que la preparatoria donde doy clases es de ideología católica, las nuevas sexualidades causan inquietud y resquemor.

En ese sentido, el entender, al menos, las ideas que están detrás de estas nuevas sexualidades puede ayudar a establecer algún nivel de dialogo.

Normalmente, al hablar se orientaciones sexuales, se habla de heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad y asexualidad. El otro día, hablaba con una compañera maestra sobre los griegos, y le decía que decir que los antiguos griegos eran bisexuales u homosexuales no describía claramente sus prácticas. Y entonces, dije que los griegos eran griegosexuales, dado que sus prácticas sociosexuales eran muy específicas a su entorno histórico, social e incluso al de la ciudad-estado en la que vivieran.

En los noventas, se hablaba de los hombres “metrosexuales”, que más que tener que ver con la manera de ejercer sus relaciones sexuales, tenía que ver con las características sociales que identificaban dentro del rol social masculino. Un hombre metrosexual no era el típico macho rudo con barba y olor a sudor, sino que era un hombre que cuidaba mucho de su apariencia, al punto de ponerse mascarillas y maquillarse para verse bien.

Por lo tanto, creo que se vuelve necesario acuñar nuevos términos para describir modelos históricos específicos de sexualidad.

Así, después de este largo periplo introductorio, llegamos al meollo del problema: la manera de entender y vivir la sexualidad en los jóvenes actuales.

A primera vista, los jóvenes de hoy parecen… indecisos. La bisexualidad se define como la conducta sexual que incluye atracción tanto a hombres como a mujeres. Aunque a primera vista, podríamos describir la conducta de muchos jóvenes actuales como bisexual, no estoy seguro de que sea exactamente lo mismo. Creo que bisexual no describe claramente la sexualidad actual.

Una ventaja que me permite mi trabajo, y trabajar específicamente en la institución en la que trabajo, es que me permite esta en un diálogo abierto con los alumnos, así que este tema lo he platicado con ellos (llamémosle entrevista informal).

Una de las características particulares de la sexualidad de los jóvenes actuales, es que el sexo parece ser menos importante. En cierto sentido, además de ser bisexuales, son asexuales (la identidad asexual se dio en la generación X, derivada de ese desinterés y abulia generalizados). Si sienten una forma de atracción erótica, pero las características sexualizadas del erotismo tienen menos peso en sus juicios. Muchos de ellos incluso favorecen la belleza andrógina.

Admito que a primera vista, parece como si fuera un fenómeno de abulia ni-ni (ni estudia ni trabaja, generación caracterizada por una indiferencia apática casi nihilista); a momentos suena como una falta de compromiso, como si tuvieran miedo de decidirse a decir que son homosexuales, heterosexuales o bisexuales. Pero un cuestionamiento y observación más profunda indica que la cosa no va por ahí.

Estos jóvenes entran en relaciones románticas fuertes, pasionales (emotivamente, en sentido aristotélico), y no tienen miedo a esforzarse o sacrificarse por una relación.

De nuevo, parece que más bien, no les interesa tanto el aspecto sexual, o la definición del aspecto sexual. Parece que lo más importante se da a nivel emotivo/”espiritual”.

Puede ser que parezca un argumento recurrente en mis textos, pero a mi perspectiva, esta manera de ver/vivir la sexualidad es producto del paradigma postmoderno en nuestras vidas. Estos jóvenes han crecido en entornos postmodernos, con una fuerte desintegración social, en familias casi siempre disfuncionales, de una o de otra manera. En general, con poca presencia de la religión en su vida (o al menos, de una religión sólida y coherente).

Será interesante ver como estos jóvenes desarrollan su categoría de familia en el futuro. Así como en mi generación, son pocos los matrimonios que persisten, y muchos los divorcios, la manera de llevar la relación de pareja y la familia también parece sujeta a cierta forma de evolución y determinación socio-histórica.

Aquí es donde tendría que dar un término para designar a esta forma de ver la sexualidad. La verdad es que llevo varios meses haciendo esta investigación, y dándole vueltas en mi cabeza a ese nombre. Tal vez el término debería tener que ver con el nombre de la generación, pero decir “ninisexual” no me suena bien ni me suena adecuado. “Licuisexual”, haciendo referencia a la liquidez postmoderna, suena tonto y lejos de exacto. Tal vez “abstractosexual”, aunque eso suena más a una filia que un filósofo podría desarrollar.

Al final, creo que es más importante entender las ideas que ponerles etiquetas.

 

Filosofo de vocación, trabajo de profesor, rolero de corazón, dedicado a saber 186,633 cosas, la mayoría inútiles y solo 23 que valen para la vida.

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  1. Bitacoras.com - 12 febrero, 2012

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