Los 8 que sobrevivieron a 2 bombas atómicas

¿Suerte o destino? ¿Morir puede ser mejor a continuar vivo?

Caso 163.641,

Enemon Kawaguki era un ingeniero en Mitsubishi durante la Segunda Guerra Mundial, en una fábrica en Hiroshima, dedicada a la industria bélica, un blanco militar que fue atacado varias veces. Kawaguki no se quejaba, los bombardeos eran peligrosos, pero se repetía a sí mismo que más peligroso era estar fuera de Japón peleando en el ejército o la marina. Por aquella época contaba con 40 años y era un hombre enérgico y deportista. La mañana del 6 de Agosto de 1945, alrededor de las 8 de la mañana, estaba en su despacho.

Un B-29 se acercó a la ciudad, las sirenas de alerta no habían sonado, tal vez fuera un avión de reconocimiento o de propaganda,. Después de las oleadas de aviones que dejaban caer “alfombras” de bombas, uno en solitario no era nada. Sonaron las alarmas cuando ya casi estaba sobre la ciudad. Los obreros de la fábrica se dirigieron a los refugios y él se demoró un instante antes de seguirles.

Un intenso resplandor y quedó inconsciente. El calor, de quizá 3.000 C°, convirtió instantáneamente en cenizas a miles y una oleada de incendios consumió la ciudad. Otros sobrevivieron unos segundos y murieron al ser golpeados por escombros o sepultados por edificios al caer. Pero el peor regalo fue la radiación y las quemaduras, la mitad de las víctimas morirían hasta diez años después.

Muchos se tiraron a ríos cercanos. Murieron más de 200.000 personas, la mitad de la población de la ciudad, y desaparecieron unos 60.000 edificios.

Al despertar Enemon, estaba desnudo (su ropa había ardido).

La fábrica estaba desierta y ardía. Kawaguki estaba 5 kilómetros del punto cero. Tenía dos heridas, una en la cabeza, debida a un hierro, y otra en la espalda, por una teja. Aturdido se alejó de la fábrica y del centro de Hiroshima desde el cual soplaba un aire desagradable.

Corrió hacia el mar y luego hacia el río que rodeaba la fábrica. Estuvo bastante tiempo en el agua y subió a una colina desde donde pudo ver la desolación provocada. Se quedó dormido.

Despertó por la tarde. Las heridas y las quemaduras le dolían. Camino hacia la periferia de la ciudad, siguiendo las vías del tren encontró un vagón. Ya había anochecido y tenía frío, así que entró en el vagón, se acurrucó en el interior y volvió a dormirse.

Despertó dos días después, sin recordar nada, estaba a bordo de un tren y médicos y enfermeras habían atendido sus heridas. El tren avanzaba y avanzaba y parecía no detenerse nunca. Al final, la mañana del 9, el tren se detuvo y Kawaguki bajó del vagón por su propio pie junto a otros supervivientes, empezó a caminar hacia el centro de la ciudad.

Parecían una hermosa ciudad, alejada de la guerra y de sus horrores. A los pocos minutos oyó el sonido de un solitario B-29 acercándose desde el mar. Kawaguki se arrojó al piso y se pegó al suelo todo lo que pudo. Los otros caminantes que pasaban por su lado le miraban sorprendidos creyendo que se había vuelto loco. Estaban a unos 4 kilómetros del punto cero de Nagasaki. Otra vez el resplandor, el calor y la destrucción. Esta vez no perdió el conocimiento, pudo ver el hongo nuclear y cómo estalla en llamas todo a su alrededor.

El ingeniero nunca se recuperó de experiencia atómica. Tras curarse de las heridas de la segunda explosión se dedicó a vagar sin rumbo. Incapaz de concentrarse, vigilaba temeroso el cielo por si volvía a ver un avión solitario.

Después de 12 años, en 1957, Kawaguki murió en un hospital de Nagasaki. Finalmente no fue capaz de soportar la radiación recibida. Fue archivado como el caso clínico 163.641, el que sobrevivió a dos bombas atómicas.

Los Ocho afortunados

En Japón se les conoce como los Ocho Afortunados, son las únicas personas que estuvieron tanto en Hiroshima como Nagasaki cuando las bombas atómicas cayeron.

Si bien es muy probable que más personas hayan sobrevivido, de hecho el Museo de la Paz en Hiroshima calcula que pudieran ser unas 160 Nijū Hibakusha (traducción literal: personas doblemente bombardeadas), la falta de registros por parte del gobierno y el caos tras la rendición de Japón hicieron que sólo se confirmaran ocho casos.

El productor de TV Hidetaka Inazuka decidió filmar un documental llamado “Niju Hibaku” -Doble Irradiación- en el cual entrevista al último sobreviviente, Tsutomu Yamaguchi, de 90 años, quien cuenta la historia de Enemon.

Yamaguchi era un ingeniero de Mitsubishi en el puerto de Nagasaki. El destino quiso que el 6 de Agosto cuando fue detonada “Little Boy” de 13 kilotones, él se encontrara en Hiroshima en un viaje de negocios, asegurando el suministro de repuestos al astillero de Nagasaki.

En el momento exacto de la explosión se encontraba a 2 Km. de la zona cero resguardado en una fortificada instalación de la zona industrial de Hiroshima. El calor intenso y los temblores hicieron que sufriera fuertes quemaduras y contusiones por todo su cuerpo.

Solo recuerda ver el deslumbrante brillo y lo difícil de respirar el aire caliente. Tras el caos y el descontrol pasó dos días intentando volver a su ciudad. Al llegar, a pesar de las heridas decidió reportar lo ocurrido a su jefe quien, como toda la población de Japón, ignoraba lo ocurrido gracias a la censura militar, y quien dudo de su cordura, pensaba que no era posible que una sola bomba destruyera toda una ciudad. Quizá cientos de aviones bombardeando.

Como ingeniero Tsutomu sabía que el arma utilizada era de una potencia desconocida y que la guerra estaba perdida. Sus temores se confirmaron ese día: explotó la segunda. Era el 9 de agosto. Yamaguchi se encontraba en las oficinas del astillero a unos 3 Km de la zona cero.

Volvió a sentir el calor de un sol devorador y, según sus palabras, “aterrado pensé que las explosiones me estaban siguiendo a mí”. Cuando salio a las calles llegó a pensar que había llegado el fin del mundo.

Afortunado, Tsutomu, pudo vivir una vida pacífica y formar una familia. Ya jubilado vive en Nagasaki y dedica su tiempo libre a escribir poesías. Aunque el gobierno no quiso reconocer hasta hace poco que él era uno de los sobrevivientes.

Palabras de los Pilotos

“Una luz brillante llenó el avión”, escribió el teniente coronel Paul Tibbets, el piloto del Enola Gay, el B-29 que lanzó la primera bomba atómica.  “Nos volvió a mirar a Hiroshima. La ciudad fue ocultada por aquella nube horrible … hirviendo, la proliferación”. Por un momento, nadie habló. Entonces todo el mundo estaba hablando. “Mira que ¡Mira! Eso! ¡Mira eso!”. -exclamó el copiloto, Robert Lewis, golpeando sobre el hombro de Tibbets. Lewis dijo que podía probar la fisión atómica, que sabía como el plomo. Luego se volvió a escribir en su diario. “Dios mío”, se preguntó, “¿Qué hemos hecho?” [Newsweek, 24 de julio de 1995].

¿Existe el destino?

Es un hecho evidente, a menos que existan los vampiros, los inmortales taoístas o se logre ascender a una realidad divina como en la tradición cristiana y judía (Elías, Enoch, María) o en la tradición budista que habla del nirvana, todos vamos a morir.

Esa es una de las bases de la vida cultural y social más profundas, mucho de lo que hacemos es para escapar a esa sensación de finitud, de límite, de término.

Las grandes obras de la arquitectura, como las pirámides, las catedrales, los templos, representan la búsqueda de alguien en quien depositamos los demás nuestro aliento y creemos que a través de él, podremos sobrevivir.

Consagramos piedras para que luchen contra la eternidad, intentando escapar a las bocanadas del padre tiempo.

¿Qué tiene que ver esto con los ocho afortunados? Todo y nada. El destino, si esta predeterminado, los llevó, por medio de casualidades y hechos fortuitos a un lugar y un momento exactos, todo para que vivieran la experiencia de la muerte, la misma y vieja desdentada que nos devora de antaño, pero que ese día se vistió de otros colores, y se presentó armada con cables y fusibles, ovalada, anidando en la panza de un pájaro de metal.

No sé si el destino exista, sé que los seres humanos somos mucho más complejos que una simple suma de genes o accidentes, vivimos una vida que tiene mucho de metáfora, que nuestros actos se deben a viejos patrones olvidados, a carencias de nuestros padres,

Hubo otros bombardeos que produjeron más víctimas que el atómico, uno fue el de  Nanking durante la invasión nipona a China (1937); otro en la Segunda Guerra Mundial, de los aliados a Dressden, Alemania en 1945; y el de la bombas incendiarias que arrasaron Tokio en 1945, que en ese entonces era casi toda una ciudad construida con madera.

Referencias

El impacto de la misma en las mentes humanas, el desplazamiento, fue inmensa.

“A bright light filled the plane,” wrote Lt. Col. Paul Tibbets, the pilot of the Enola Gay, the B-29 that dropped the first atomic bomb. “Una luz brillante llenó el avión”, escribió el teniente coronel Paul Tibbets, el piloto del Enola Gay, el B-29 que lanzó la primera bomba atómica. “We turned back to look at Hiroshima. The city was hidden by that awful cloud … boiling up, mushrooming.” “Nos volvió a mirar a Hiroshima. La ciudad fue ocultada por aquella nube horrible … hirviendo, la proliferación”. For a moment, no one spoke. Por un momento, nadie habló. Then everyone was talking. Entonces todo el mundo estaba hablando. “Look at that! Look at that! Look at that!” “Mira que ¡Mira! Eso! ¡Mira eso!” exclaimed the co-pilot, Robert Lewis, pounding on Tibbets’s shoulder. -exclamó el copiloto, Robert Lewis, golpeando sobre el hombro de Tibbets. Lewis said he could taste atomic fission; it tasted like lead. Lewis dijo que podía probar la fisión atómica, que sabía como el plomo. Then he turned away to write in his journal. Luego se volvió a escribir en su diario. “My God,” he asked himself, “what have we done?” [Newsweek, July 24, 1995] “Dios mío”, se preguntó, “¿Qué hemos hecho?” [Newsweek, 24 de julio de 1995]

Originally posted 2010-03-21 21:51:48. Republished by Blog Post Promoter

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Lector curioso e insaciable, amigo de las bromas y dueño de un humor rampante y ácido. Coleccionista de anécdotas de ingenio y bondad, de crimen y locura, que son el ingrediente para el éxito de toda la comedia humana. En sus ratos libres es editor de extravía, responsable de las moscas a las que llamamos acentos y puntos (y que a veces se merienda), y padre de cinco niños, aunque no todos estén aquí.

9 Responses to “Los 8 que sobrevivieron a 2 bombas atómicas” Subscribe

  1. Fafahrd 22 marzo, 2010 at 12:09 pm #

    Ouch!!! Definitivamente deja pensando ésta historia… estas historias. Un milagro dirían, pero estoy de acuerdo con que es más que una simple serie de casualidades, ya sean “buenas” o “malas”.

  2. Tatiana Tagle 24 marzo, 2010 at 2:39 am #

    Querido arbolito, como bien sabes yo creo en la causalidad, o como se le conoce en el medio en que me muevo, karma. Y ya desde tu artículo de los miembros fantasma quería comentar del karma mental, pero la explicación es taaan maldita sea larga y se presta a tanta malinterpretación que me la reservo en persona y con un café o unas chelas o lo que gustes. :D

  3. Adolfo Tavizón 24 marzo, 2010 at 3:43 pm #

    Si, la vida puede apestar MUCHO con el karma inadecuado…. no me puedo imaginar que hicieron esos 8 pobres individuos para tener que pasar por eso, una de las partes mas aterradoras que describen los sobrevivientes es la lluvia de cenizas humanas uno o dos días después de esas bombas, por algún motivo los sobrevivientes sabían que esa lluvia negra eran cadáveres (y si, agua de lluvia con cenizas humanas).

    Y entiendo esa teoria de que construimos cosas para evitar a la muerte, pero no creo que todo acto humano tenga que tener relación con el miedo a la muerte, se me hace derrotista y mediocre, creo que también se hacen cosas por alcanzar la gloria e incluso por el placer de hacerlas.

  4. Carlos Filiberto 24 marzo, 2010 at 6:38 pm #

    Me agrada la historia del último, quién vivio 90 años. ¿Qué, además del destino y las casualidades le habrá permtido sobrevivir dos bonbazos y terminar pacíficamente su vida, escribiendo poesía? ¿Sería la poesía? ¿Salvará el arte de las catástrofes?

    • Arbolrojo 25 marzo, 2010 at 10:49 am #

      No sé si el arte salve la vida, quizá solo sea así para los afortunados. Lo que si me extraña, y que por pudor e ignorancia, no comenté fue el símbolismo del 8 en oriente, pues es el signo del universo, el número de la realidad última. Algo así como la rosa mística para los caballeros. ¿cambió total, el fin de una era, del poder del militar?

      Quién sabe, en verdad el mundo es un misterio.

  5. Adon Vizcaya 25 marzo, 2010 at 11:45 am #

    Bueno… hay quen se casa más de una vez…

    • Adolfo Tavizón 26 marzo, 2010 at 3:24 pm #

      peor aun, hay quien se hace misogino despues del primer matrimonio, o aun peor se abstiene del sexo…. o aun peor…..

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