En un mundo donde la tecnología llega a niveles inimaginables y las ciencias avanzan cada vez más rápido, sigue habiendo lugar para las religiones, la adivinación, la fantasía y muchas otras diferentes formas del misticismo que se toman como guías vitales. Es tanta la relevancia de estos últimos que los principios morales de una gran parte los grupos sociales se basan en ellos. Pero ¿qué pasaría si no fuera así? Si no tuviera validez nada que no estuviera comprobado por las ciencias. ¿Cómo sería la vida de una sociedad puramente positivista?
Primero lo primero: ¿Qué es positivismo?
Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española que el Positivismo es el “Sistema filosófico que admite únicamente el método experimental y rechaza toda noción a priori y todo concepto universal o absoluto”.
O sea que rechaza todo lo teológico y lo metafísico, aceptando sólo lo que se obtiene de los datos de la experiencia y, aun más allá, de las matemáticas y la lógica.
Según Auguste Comte, el creador de dicho sistema de pensamiento, existen tres estados en el desarrollo de la humanidad: Teológico, Metafísico y Positivo.
El primero adjudica los fenómenos a entes superiores o dioses. En el segundo el hombre deja atrás las divinidades y se explica los sucesos en función de fuerzas abstractas. Mientras que en el tercero describe los fenómenos que lo rodean, pero no busca sus causas, sino que organiza los conocimientos.
Comte divide el conocimiento en seis ciencias puras: matemáticas, astronomía, física, química, biología y, sobre todas ellas, la sociología.
¿Qué pasaría si nuestra sociedad se rigiera únicamente con base en estas ciencias?
Partiendo del rechazo de lo teológico nuestra única creencia sería la ciencia y no Cristo, Mahoma y Ganesh. No habría duda entre Eva y Big Bang. Seguramente no se llamaría Pablo el que nació en 29 de junio, sino Christos, en honor al nacimiento del matemático griego Christos Papakyriakopoulus. Y el que nació el 5 de febrero podría llamarse Klaus, en vez de Felipe, pues en esa fecha Klaus von Klitzing descubrió el efecto Hall.
Ciencia o divinidad, el bien se hace, por y a pesar de las religiones, aunque muchos de los actos de bondad se hacen por miedo al pecado o porque lo dice una deidad superior. Aunque los conceptos de “bien” y “mal” son culturales, por lo tanto varían según la sociedad. Entonces, en una vida basada en las ciencias, se daría menor o ninguna importancia a lo emocional, lo que causaría que la escala de valores morales, e incluso éticos, fuera modificada. Pues el conocimiento sería la cúspide de una pirámide axiológica positivista y los sentimientos serían tomados sólo como reacciones fisiológicas a alguna situación.
La muerte podría llegar a ser vista como el cumplimiento de un ciclo. No habría necesidad de un matrimonio, pues la sexualidad sería vista únicamente como un medio de perpetuación de la especie. La familia como tal no existiría: los vínculos entre padres e hijos serían una espera para que el producto tuviera capacidad de mantenerse por sí solo. Aunque esto no elimina la liberación de endorfinas que representan el amor de la madre al hijo.
Aquí sería importante profundizar en dos puntos:
a) Sexualidad: Nos encontramos ante un instinto propio del ser humano, pero, en una sociedad como la descrita, debería estar bajo el control de la razón. Las prácticas sexuales estarían destinadas sólo para la reproducción, aunque eso no elimina la opción de la búsqueda de placer. A partir de la suposición de que todo está controlado por la mente, las acciones se toman con cuidado, por lo tanto se reducirían en gran medida los embarazos no deseados, lo cual no significa que desaparecerían. Esto me lleva al siguiente punto.
b) Muerte necesaria: El aborto, por practicidad y para evitar o controlar la sobrepoblación, sería una medida legal. Por practicidad: las razones serían múltiples (“económicamente no puedo mantener a un hijo”, “mi ritmo de vida no me permite criar a un hijo”…) y con la disminución de las cargas emocionales y de la falta de una religión que presente un punto en contra, entonces sería una decisión mucho más sencilla. Estos razonamientos no significan que no haya protección de la vida, pues volvemos al hecho de que es una cuestión de preservación de la especie.
Por otro lado, la eutanasia sería la aceleración del proceso de cumplimiento del ciclo vital si hay sufrimiento en la persona que está muriendo, sin llevar el peso de la moral, pues no lo estás matando, sino ayudando a morir. Remarcando que la compasión, así como el miedo o el asco, es un sentimiento que le es propio al hombre.
Para una sociedad positivista, como ya se ha repetido en varias ocasiones, lo primordial es la ciencia y el conocimiento, por lo tanto se debe enfatizar en la transmisión de dichos conocimientos.
En la educación habría cambios en lo que refiere a los temas a ser tratados, pero la forma de enseñanza no cambiaría muy drásticamente. Lo más básico que habría que aprenderse sería el lenguaje y las formas de transmisión de información (aprender a hablar o escribir), pues tales conocimientos son básicos para el objetico del positivismo: sistematizar y comprender el mundo. Y lo siguiente sería inculcar las bases de las seis ciencias puras, adentrándose cada vez más en ellas.
La base de esta educación positiva sería la investigación, por lo tanto el método educativo debería reafirmar constantemente dicha habilidad y girar en torno a ella.
Para mantener un importante medio de vinculación interpersonal, dado que la sociología estudia la interacción de las personas en grupos, sería importante conservar las escuelas tal y como las conocemos, además de que de esta manera se uniformaría el conocimiento, logrando así un control del nivel de la educación.
Y entonces viene la pregunta ¿Qué es más importante, la ciencia pura o la integración de otras cosas en la sociedad?
Esta sociedad positivista extrema sería, hasta cierto punto, mecánica y fría, trabajaríamos casi como máquinas. Aunque sí existirían los sentimientos, pero sólo se reaccionaría ante lo comprobable y medible, mediante la razón.
Habría ventajas, como un probable control poblacional, mejoras en la educación, mayores avances en la tecnología o aumento en la calidad de vida; pero se dejarían fuera varios rasgos apreciables en los humanos, como la capacidad de relacionarse con otros mediante los sentimientos o la necesidad de encontrarse a sí mismo. Estos últimos se logran, entre otros, mediante lo teológico y lo metafísico.
A pesar de que nuestra sociedad no es perfecta y está llena de problemas, hay razones para que sea de esta manera: El ser humano no puede mantenerse en los extremos. Nunca es completamente malo o bueno, nunca es completamente racional o emocional. Nunca es uno o el otro, sino que su comportamiento oscila entre un lado de la balanza y el otro. Lo ideal es vivir en el equilibro entre metafísica y ciencia, y no que haya uno que sea dominante. Así es más probable que pueda desarrollarse de una forma más balanceada y, teniendo ambas opciones, poder saciar su sed de conocimiento y de encontrarse a sí mismo.
Ana Lucía Jacobus
El autor: Ana Lucía